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Columnas de opinión | campaña | Lula |

Falsas dicotomías

Lo digital y lo presencial en la campaña de Lula

El llamativo despliegue de la campaña de Lula en el mundo virtual enfrentó la dictadura del algoritmo manipulado, entre otras, por la empresa Meta de Mark Zuckerberg; y supo derrotar a la maquinaria de fabricación de noticias falsas

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Aún está todo muy fresco y lo emocionante de la remontada es probable que nuble la mirada. En plena efervescencia victoriosa es difícil sacar conclusiones. Por eso hay que tener cuidado de no crear, y creerse, una mitología propia de lo que se desea que sea, cuando lo imprescindible es abrir los ojos, observar desde distintas perspectivas, ampliar la escucha y disponerse a pensar y cambiar paradigmas.

Pero eso exige intuición, a condición de agregarle estudio y análisis antes que repetir leyendas sobre tal o cual método, tal o cual acción o formas de lucha que, antes que estar separadas por una muralla, están imbricadas y pueden ser complementarias más que antinómicas. Propiciar esa complementariedad, más allá de contradicciones, es tal vez la única exigencia real que las vuelve potentes y efectivas.

Campaña híbrida

El llamativo despliegue de la campaña de Lula en el mundo virtual enfrentó la dictadura del algoritmo manipulado, entre otras, por la empresa Meta de Mark Zuckerberg; y supo derrotar a la maquinaria de fabricación de noticias falsas y su viralización en redes, aunque también son un producto que circula con la complicidad de conglomerados de la corporación mediática.

Miquel Pellicer, en su artículo titulado Anatomía de la victoria digital de Lula, publicado en la revista Jotdown, de España, afirma que el sorprendente triunfo electoral no fue solo el desenlace de un programa de gobierno convincente, sino la demostración de cómo una movilización popular híbrida, armada con ironía, inteligencia artificial y canales ciudadanos descentralizados, logró desbordar el cerco técnico de las grandes corporaciones de Silicon Valley, para devolver la política a la calle. "De la misma forma que vivimos en tiempos de guerras híbridas, las campañas electorales se tornaron HÍBRIDAS. Una campaña electoral híbrida es aquella que borra la frontera entre el mundo analógico y el digital, coordinando ambos espacios como un único campo de batalla sincronizado. Al igual que en la doctrina militar de las guerras híbridas (donde no se combate solo con tanques convencionales, sino combinando tropas de tierra con ciberguerra, desinformación, presiones económicas y propaganda psicológica), una campaña política híbrida no separa el mitin en la plaza de la guerra algorítmica en las pantallas".

Pellicer rescata cómo nació el "Lulaverso" que dinamitó el control que los partidos suelen establecer sobre su marketing electoral y dice que "el equipo de campaña hizo algo insólito en una organización tradicional: abrió las puertas de la despensa. Subió a la red carpetas enteras con fotos, audios sin editar, cortes de vídeo y tipografías para que cualquiera pudiera hacer con ellos lo que le diera la gana, sin pedir permiso ni pasar por el filtro de ningún censor de partido".

Así, infiere que esa fue la clave para que el relato perdiera su olor a mitin partidario cerrado y circularan contenidos frescos. "Al soltar las riendas, la campaña no solo multiplicó su alcance por mil, sino que consiguió colarse en los teléfonos de esa inmensa mayoría de votantes que apaga la tele cada vez que habla un político".

Este enfoque expone que ese desenfado semiótico transformó a Lula en un símbolo con capacidad irónica, en contraste con la imágen de falso jinete apocalíptico de Flávio Bolsonaro. Lula expresó la alegría que enfrentó el rencor y la restauración conservadora y le sumó lo que Pellicer considera el "Janonismo Cultural", la fuerza de choque del diputado André Janones, el creador del Ejército de Lula, quien comprendió que en la guerra mediática asimétrica era un suicidio táctico limitarse a poner la otra mejilla o esperar a que la alegría lo resolviera todo. "Esa combinación entre la calidez pop de Lula y la agresividad táctica de Janones encontró su motor definitivo en la mensajería instantánea. Ese" Ejército de Lula" en WhatsApp llegó a coordinar a cerca de diez millones de usuarios en tres semanas, una cifra descomunal que, más allá de no equivaler punto por punto a votantes individuales, funcionó como una auténtica infantería digital", afirma.

Tras analizar los aportes de una inteligencia artificial que abarató la producción audiovisual, Pellicer reivindica las metodologías de ese hackeo cívico que enfrentó las trabas y ocultamientos digitados por Meta. Pero, además, celebra lo que denomina como una suerte de "guerrilla" que rompió el cerco algorítmico, para concluir que "Lula triunfó no porque lograra programar milimétricamente el comportamiento de los votantes, sino porque comprendió que en el ecosistema digital contemporáneo no gana quien más dinero gasta ni quien más controla la narrativa, sino quien tiene la flexibilidad suficiente para escuchar el pulso de la calle digital y proporcionar a sus seguidores los instrumentos necesarios para que ellos mismos se conviertan en los portavoces de la causa".

Pellicer finaliza reflexionando que la "épica victoria de Luiz Inácio Lula da Silva quedará registrada en los manuales de ciencia política como la demostración palmaria de que la hegemonía digital de las fuerzas reaccionarias no es un destino inevitable".

Y ante semejante experiencia, pasa el mensaje para otras izquierdas que enfrentan desafíos también colosales (como España hoy ante las elecciones presidenciales con el ascenso del PP y Vox y la fragmentación de la izquierda) pero que vale para nuestros países latinoamericanos, por mencionar una realidad más cercana que ha sido tomada por asalto por la ola reaccionaria de la ultraderecha y su modus operandi.

Y no estará mal aprender por estos lares sin caer en la tentación de la copia fácil o en la venta de humo marketinero al uso de tantas cumbres de comunicación política en la que suelen predominar todo tipo de gurúes que se presentan como fabricantes de presidentes o creadores de candidaturas.

Lo mismo para quienes llamen a sumergirse en lo digital como solución mágica hipertecnológica a cualquier campaña, divorciándose de dar la batalla cultural o electoral día a día en todos los ámbitos. O para decirlo como el poeta Nazim Hikmet: "Desde el canto de cuna de las madres hasta el informativo de las radios, vencer a la mentira en todo el mundo, en nuestro corazón, en el libro, en la calle. ¡Qué fantástico gozo el de entender qué es lo que se va, qué lo que viene!". Eso sí, a condición de entender que no hay certeza sobre el giro de la rueda de la historia ni hay caminos unidireccionales que lleven a un destino predeterminado.

Arriba quienes luchan todas las luchas

La comprensión de este universo digital no debe hacernos caer en una nueva absolutización. Por el contrario, exige sumar nuevas capacidades a la par de que debemos construir flexibilidades. No en el sentido de la genuflexión que rebaja causas, objetivos y políticas de izquierda para diluirlas en el maremagnum de la "gestión", sino una flexibilidad capaz de no quebrarse en sus movimientos y hacerse fuerte no solo por resistir sino por pasar a la ofensiva mediante la acumulación de fuerzas.

De lo que se trata es de concebir y disputar sentido pero también tonificar músculo orgánico en todos los terrenos y utilizar todas las formas que permitan desarrollar el máximo potencial, en vez de contraponerlas de manera dogmática o infantil.

Es muy poco probable que la victoria de Lula pueda ser atribuida a una sola explicación o a un solo factor que impactó en el comportamiento del electorado. Lo más probable es que existan varios factores y fenómenos que en forma concatenada y simultánea, más allá de sus reales pesos específicos, coadyuvaron para tan colosal triunfo.

En ese sentido, lo digital no fue en desmedro de lo presencial y allí estuvieron las manifestaciones multitudinarias que coparon las calles poniendo el cuerpo junto a las ideas, a la vista también de quienes no estaban allí pero pudieron sentirlas gracias a la propagación con las nuevas tecnologías. Bien utilizado, lo presencial se potencia con lo digital y viceversa.

Pero lo mismo hay que decir sobre la creciente importancia del voto femenino abonado por los feminismos (en plural) y su diversificado tejido que transversaliza y permea a todos los demás sujetos sociales con los que las mujeres interactúan en la vida cotidiana. Aunque muchos o pocos no lo reconozcan, pasaron de ser aquella vieja rémora que expresaba el atraso de la influencia patriarcal, para ser hoy una vanguardia que disputa nuevos sentidos y aporta conocimiento situado al cambio paradigmático que nos sacude a todos y a todo.

Y lo mismo vale para los núcleos de trabajadores organizados, antiguo origen del PT y del propio Lula, porque "Ellos no usan smoking", mantienen tradiciones obreras e incluso son capaces de transmitir enseñanzas a las nuevas generaciones de trabajadores precarizados que el capitalismo posindustrial produce a destajo, porque las bases sociales de la izquierda suelen ser un abajo que se mueve más que el arriba nervioso, pero también más que aletargadas alturas partidarias.

Y por cierto, también para eso tan complejo que se denomina voto religioso y es bastante más rico en matices que esa cómoda tipificación bajo la grifa del neopentecostalismo conservador. No porque no exista y sin dudas sea un actor poderoso y peligroso en su rol restaurador. Subestimarlo sería un error, pero allí también hay variaciones de religiosidad que rozan la política y se deben estudiar más y mejor para no caer en simplificaciones reductoras de una realidad heterogénea que exige rigor analítico, cercanía territorial y personal, y mirada sin prejuicios, si es que se quiere en verdad comprender fenómenos y transformarlos.

Lenin dejó una frase legendaria que decía: "Hay que soñar, pero a condición de creer seriamente en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestras observaciones con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía". Por eso no suele haber nada más conservador, en el campo popular, que la absolutización de una forma de lucha, a menudo, elevando a doctrina lo que tan solo es un método.

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