¿Cuáles son las grandes líneas que sobresalen en el relato de estos tiempos de la humanidad? ¿Cuál es la narrativa sobresaliente e influyente que construye estados de humor sólido y constante, que definen luego nuestras conductas?
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El libro “Sobre el croquis de paisaje urbano”, del arquitecto uruguayo Hugo Gilmet, me ayuda a identificar esos grandes trazos, los que sobresalen e identifican el “objeto” a estudio o que se expone. El vocablo “croquis” proviene del francés y significa “indicar sólo a grandes rasgos la primera idea de un cuadro o dibujo”. Lo interesante en el estudio de Gilmet es que, además de subrayarse lo más importante, está la línea fina en la perspectiva, de elementos que están en un segundo o tercer plano. Existen pero no gravitan en el dibujo, aunque, combinados, equilibran la “narrativa gráfica” percibida.
Entonces, a partir de Gilmet, ¿cuáles son los elementos los trazos gruesos que gravitan en la “narrativa pública”?
Cartografía del odio
Una observación rápida de lo que nos queda tras consumir información medios tradicionales y redes nos permite concluir que la violencia digital, la barbarie verbal y la desmesura son elementos de destaque. La explicación es sencilla: el odio es una emoción fácil de expresar, no hay mediación racional posible. La respuesta emocional de repulsa contiene rechazo y hasta la intención de eliminación del otro. La crisis de modelos de convivencia, la percepción generalizada de que no hay respuestas adecuadas a nuestras demandas, provoca frustraciones y a ellas las intento combatir poniendo la responsabilidad y el odio en el afuera.
Rotas las riendas de la convivencia, aparecen las redes que nos brindan visibilidad para que mostremos todo nuestro rechazo. El combo perfecto para que el odio sobresalga y se expanda, alimentando el nuestro y refutando odio con odio.
El tema es motivo de estudio desde hace tiempo en las ciencias sociales. Un ejemplo: el Consejo de Europa (Resolución de 20 de octubre de 1997 ) define el discurso de odio como “todas aquellas expresiones que propagan, incitan, promocionan o justifican el odio racial, la xenofobia, el antisemitismo u otras formas de odio basadas en la intolerancia; incluyendo la intolerancia expresada por el nacionalismo agresivo, el etnocentrismo o la discriminación y hostilidad hacia las minorías, los migrantes y las personas de origen inmigrante”.
En términos políticos, reconocidos asesores de la derecha global Steve Bannon, por ejemplo lo pusieron como eje de acción política, ayudados de las fake news.
Entonces, la idea es incendiar la pradera y sacar provecho de ello. No importa el daño social ocasionado. Lo relevante es construir una nueva tribu global que galvanice en base a valores de exclusión, eliminación y rechazo. “Muerte a la armonía y a la razón”, parecen gritar.
Y en ese marco de irritación que contamina gobiernos se observa que ni la ONU ni el papa Francisco pueden orientar acciones que atenúen o eliminen acciones violentas. Los llamados a la tolerancia y a la paz se caen como un piano. Medio Oriente sigue siendo un polvorín, Rusia y Ucrania siguen en la suya y las pateras siguen atravesando el Mediterráneo con millones de inmigrantes africanos pobrísimos. (La llegada de estos inmigrantes, a su vez, alimenta el odio xenófobo, más allá de que dos hijos de africanos hayan sido protagonistas destacados del triunfo de la selección española en la reciente copa europea. La multiculturalidad triunfó, pero no importa).
Pablo Stefanoni escribió un interesante libro llamado “¿La rebeldía se volvió de derecha?”. El gran paraguas de esas alternativas es el antiprogresismo y su discurso violento que seduce a millones de jóvenes y varones, según estudio; combina nacionalismo con xenofobia, racismo y misoginia. (En otro fenómeno a analizar, esos varones parecen reaccionar incluso a la agenda feminista; se sienten como cuestionados, rodeados, sin el poder de antes, desorientados. Se les califica de los “virgos”).
Trump, el odio y el espectáculo
El fenómeno del odio funciona muy bien en la era del espectáculo y, vaya cosa, el odio entretiene. Incendiemos la pradera. Donald Trump que viene del mundo del espectáculo es un enorme articulador de odios diversos. Un claro nacionalista y proteccionista a diferencia de Javier Milei, Trump dio representatividad a los frustrados y desocupados estadounidenses y les dio armas dialécticas. “Odien como yo, los acompaño y los defiendo”, parece enarbolar.
Obviamente genera adhesiones y rechazos, la mayoría violentos. Recuérdese cuando perdió con Joe Biden. Se instaló en un hotel cercano al Congreso y desde allí guió a sus “tropas” contra el Capitolio. Irrumpieron, rompieron, ocuparon, todo en nombre de la libertad. Aún convive con juicios por los hechos señalados. ¿Cómo creció esa horda? Porque hubo una persona que los interpretó y se convirtió en el “padre” de las masas desorientadas. (¿Puede haber una guerra civil en EEUU? Un estudio difundido el lunes 15 de julio, dice que más de un 40 % de los estadounidenses creen que es posible en los próximos 10 años).
Pasa lo mismo con Jair Bolsonaro. Un discurso con similares características que Trump el mismo asesor, Bannon, sumado a un provocador desde las redes, como el argentino Fernando Cerimedo se instaló para combatir a Lula. Cuando gana Lula, las “tropas” de Bolsonaro tropas civiles y militares cometieron todo tipo de actos violentos y fueron los “trumpistas” del Capitolio por varios días.
En ambos casos, las redes ardieron, fomentando una suerte de intento de “golpe de Estado”. Semanas antes de las elecciones, Bolsonaro sufrió un atentado y se salvó por poco. La pradera incendiada.
La peripecia argentina
En la convulsionada Argentina del primer Perón, Evita fue eje de una fuerte campaña orquestada por la oligarquía criolla. Desde “Viva el cáncer” escritos en los muros, a la “yegua y ladrona”. Así se construía una narrativa violenta contra el peronismo y Evita. Contra Perón no fue diferente. Ya derrocado por la Revolución Libertadora, la derecha militar y civil comenzó a tejer un relato de que Perón era homosexual y ladrón. Y la respuesta de los “cabecitas negras” desde las tribunas futboleras, unos actos permitidos, se cantó: “Puto y ladrón, queremos a Perón”. Imagínense lo que hubieran sido las redes en ese tiempo. La pradera incendiada, como la regada prolijamente que desembocó en la sangrienta dictadura instalada en 1976.
Pero hay algo más contemporáneo que se relaciona estrictamente con aquellos días peronistas de los años 50. A Cristina Fernández de Kirchner también le dicen “yegua y ladrona”. Ella misma, en un discurso, se asume “yegua”. Todos los juicios que protagoniza justificados o no, todas las campañas en su contra van creando dos “tribus” que confrontan en la esfera pública, desde los muros a las redes y los discursos.
Ese discurso del odio permea y atrae. Se buscan para vivir; es como una forma de pertenecer a algo; “son” algo en tanto existe un “otro”. Encuentran en las redes a sus pares con los mismos sufrimientos y frustraciones. Son los pobres que no encuentran representación porque el peronismo los dejó de lado o porque el individualismo les capturó el individuo del bien común. Ya no me importa la comunidad o el bien social. “Así llegué hasta acá, sin horizonte ni perspectiva. La vida me ofrece una bicicleta y una caja de ‘Pedidos Ya’”, dicen.
Odian. Y lo mejor y lo más fácil es odiar a una persona que representa mi frustración. Odiemos a la “yegua”.
Así aparece un joven con un revólver que no logra matar a Cristina Kirchner por poco. Fernando Sabag Montiel autor de la operación frustrada dijo recientemente que "la quería matar por muchas cosas, porque es una ladrona, asesina y porque llevó a la Argentina a la inflación. Me sentí humillado de ser una persona con un buen pasar económico a ser un vendedor de copitos", declaró, e hizo varias referencias a sus frustraciones personales, como no poder solucionar problemas con su auto. "La doctora Kirchner es corrupta, roba y hace daño a la sociedad”, sintetizó luego. Lo mejor era una bala, que retumbaría en la pradera incendiada.
La cortina musical de la época sigue sonando; es la banda sonora de estos días que ambienta el desequilibrio social.
