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Cultura y espectáculos Oriundo | Centro Cultural Mandrágora | cultura

Iván Krisman y Walo Crespo

De Horacio Quiroga a Oriundo. Crónica sobre la oscuridad uruguaya (ni Celta ni de EEUU)

La oscuridad Oriunda de Montevideo - la propuesta de Oriundo en Centro Cultural Mandrágora donde el horror y la belleza son motores inseparables

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Caras y Caretas Diario

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Había algo en esa noche del 31 de octubre —esa fecha que algunos insisten en llamar "Halloween" y que yo prefiero nombrar como noche celta (porque bueno, es su origen) — que exigía pausa, respiración honda. Por eso esta crónica tardó más de lo previsto: no por procrastinar, sino porque lo vivido necesitaba reposar, dejar marca, encontrar un lenguaje que no traicionara su intensidad. La cita era para ver a Heladanegra y Oriundo de Uruguay y Motormutante de Argentina en el Centro Cultural Mandrágora en Ciudad Vieja.

Fue una experiencia elegida, buscada, autoconvocada. Y lo que se convoca, a veces pide silencio antes de pedir escritura.

En el camino desde Goes hacia allí, presencié una suerte de festival diverso, heterogéneo, con niños disfrazados en el transporte público; personas de mi generación buscando de esa noche algo con cierto espíritu que podría ser parte de la letra "Los Piratas" de los Auténticos Decadentes (no hablo de género, hablo de estado de ánimo) y también pasé por un bingo.

Todo con personas disfrazadas tratando de exorcizar el miedo, burlarse del mismo, buscar una excusa para hablar con otros o simplemente, salir.

Eso si lo veo de forma superficial, pero en ese mismo trayecto, y habiendo escuchado las bandas que iba a ver en vivo por primera vez - aunque en el caso de Oriundo conocía profundamente su disco tanto que el algoritmo de Spotify lo había colocado en mi resumen anual como el disco que más había escuchado en 2024 - pensaba en todo menos en una fecha parodia y en la íntima relación que existe históricamente en Uruguay con los relatos más oscuros, con nuestra naturaleza melancólica, en las obras de nuestros artistas más citados, en la tristeza inmensa del poema "Ya No" de Idea Vilariño; en el mundo onírico de Felisberto Hernández; en la letra de la canción "El niño enfermo" interpretada por Los Olimareños y que fue escrita por el poeta Ruben Lena pero la música fue compuesta por Victor Lima - quien a su vez - vivió en la casa de enfrente a la de Horacio Quiroga, y justamente, al pensar en Quiroga, resulta imposible no pensar en algunas de sus piezas como "La gallina degollada" o "El almohadón de plumas".

Nos horrorizamos con incorporar "Halloween" y connotaciones de índole comercial pero nos quedamos en la superficie y no nos hemos mirado al espejo...o no soportamos el reflejo.

Uruguay y el espejo oscuro

Mientras caminaba para ver el festival que integrarían las bandas Heladanegra, Oriundo y los vecinos argentinos Motormutante, mientras subía las escaleras de Mandrágora, pensaba también en algo más íntimo: la oscuridad uruguaya.

No lo dije en voz alta, pero de todos los que nombré, pensé en Horacio Quiroga.

En cómo su obra nos revela una sombra que preferimos negar.

En cómo encarna una parte del país que teme mirarse al espejo y encontrarse con su propia selva interior.

Quiroga es nuestro recordatorio permanente de que la oscuridad no es extranjera, es nuestra.

No estamos "importando" nada.

Heladanegra: las máscaras que no ocultan

Mandrágora, en Ciudad Vieja, parecía más oscura que nunca; o quizá era que Uruguay siempre tuvo esa penumbra constitutiva que tanto negamos. Allí abrió Heladanegra, con su rock alternativo envuelto en máscaras que, paradójicamente, revelaban más de lo que escondían.

Pensé: ¿qué significa cubrirse la cara cuando se está mostrando el alma?

La respuesta estaba en la atmósfera. En ese clima denso, performático, donde el cuerpo deja de ser un límite y pasa a ser un canal. Recomiendo —y vuelvo a recomendar— verlos en vivo, sentir ese teatro de sombras donde cada golpe de batería parece un recordatorio de que lo oculto es, también, una forma de verdad.

Oriundo: origen del grito interno

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El segundo acto fue Oriundo, la dupla constituida por Iván Krisman - que como leyeron en una entrevista previa que le realicé para este mismo medio - también integra Eté y Los Problems, Piotto Folk Experiment, miembro clave de la icónica Hermana Menor, ex integrante de la Teja Pride, en impasse (creo) con Iván y los Terribles (acotación: de deber de casa deben escuchar el disco La Colección Infinita) y otro monstruo de nuestra música como es Walo Crespo que es parte de la historia musical de este país con Motosierra. Por eso, algunos de los asistentes, los llamaban con humor, Oriundo: la banda de " rock senior".

Me reí por dentro porque yo tengo 47 y si me hubiera encontrado el Gerontocida, capaz me habría querido robar la jubilación o ahogarme en alguna fuente que por allí hubiera... no, esa noche no, era noche de brujas así que había cero peligro.

Ellos estaban en la entrada con una máquina de escribir sin papel: icono de lo inútil burocrático, digno de Gasalla y de Cantinflas, de todos los tickets olvidados en oficinas públicas. Era una escena que parecía un guiño al absurdo cotidiano.

Una alerta: lo que se escribiría esa noche no entraría en formularios.

En escena, una pantalla proyectaba un filme que creí alemán, hasta que me corrigieron: era el documental danés “Häxan” (1922), de Christensen, prohibido en su época por mezclar sexualidad, brujería y horror.

Una película que, como tantas expresiones humanas, revela más sobre nuestra represión que sobre nuestras supersticiones.

Pensé en cómo durante décadas —siglos, incluso— el terror se usó para disciplinar: no sientas demasiado, no goces demasiado, no vivas demasiado, porque podrías morir.

Salvando las enormes diferencias artísticas, pensé también en el mantra de las películas slasher de los 80's. El miedo puesto como frontera moral.

Pero Oriundo no buscaba generar horror. Buscaba generar conciencia. Con un sonido estruendoso que obliga a enfocarte en sentir.

Con esa mezcla entre psicodelia, rock y una instalación emocional que desarma.

Me encontré en el volumen máximo —el suyo, el único posible— comprendiendo que la música no siempre es para entender: a veces es para ser atravesado.

Motormutante: batería ancestral, post punk en llamas

Cerró la noche Motormutante, banda argentina con una fuerza magnética. Su propuesta era un ritual: post punk mezclado con ritmos que parecían arrastrar un eco africano, como si estuvieran invocando memorias más viejas que nuestras ciudades.

La baterista —que tocaba un instrumento que no era batería pero funcionaba como tal— marcaba un pulso primitivo, mientras la banda hablaba de Palestina, de los horrores del mundo, de esas guerras que seguimos observando como si fueran inevitables. Hubo algo de plegaria, algo de lamento y mucha furia en su sonido.

Pensé en la gente presente. No por el deseo de la multitud, sino por la convicción de que el arte auténtico merece oídos, merece miradas, merece posibilidad.

Las calles como otro escenario

A la salida, con mi amiga Andrea (melómana como yo) nos cruzamos con gente en patines, disfrazados, riendo, vibrando en otra frecuencia. Era como si la ciudad hubiera decidido dividirse en universos paralelos esa misma noche: uno oscuro, introspectivo, ritual; otro luminoso, festivo, ingenuo, quizás.

Y entendimos algo simple y vasto:

Uruguay es un lugar con múltiples caras, múltiples ritmos, múltiples oscuridades y múltiples miradas.

Un país donde nada debería ser tabú pero los tenemos y son varios, demasiados. Todo convive: el terror, el goce, el ruido, el silencio, la máscara, la verdad.

Esta es la crónica de mi Noche Celta en Mandrágora el 31 de octubre de 2025: una noche donde tres bandas —Heladanegra, Oriundo y Motormutante— no sólo tocaron música, sino que abrieron un umbral para pensar en nuestros miedos, nuestras represiones, nuestra cultura oscura y brillante, y la necesidad urgente de escuchar sin prejuicios.

Porque a veces el arte no viene a "gustar"; viene a decir.

Y uno va —como fui yo— a dejarse embrujar.