Según la información de la cartelera oficial, José y Federico reconstruye una trama donde aparecen figuras esenciales como Margarita Xirgu, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez y Miguel Hernández, en un recorrido que no sólo revisita la historia literaria sino también las heridas políticas y culturales que siguen abiertas.
La pieza nace, además, desde una necesidad profundamente contemporánea: volver a pensar el lugar del arte en tiempos de saturación superficial.
“Lo que se promueve es el absurdo desde el lado humorístico, como el rol del bufón para que todo siga igual”, reflexiona Olascuaga durante la entrevista realizada previo al estreno. “Y me preocupa. Me preocupa profundamente”.
Lejos de la nostalgia vacía, José y Federico parece instalarse en un territorio incómodo: el de preguntarse qué pasa cuando el arte deja de incomodar, cuando la cultura se transforma únicamente en entretenimiento y cuando la sensibilidad crítica empieza a verse como un exceso.
Trotta, con varias décadas vinculadas al teatro uruguayo, observa además una transformación dolorosa en las artes escénicas contemporáneas. Formado en tiempos donde nombres como Atahualpa del Cioppo o Antonio Larreta representaban una ética rigurosa del teatro.
Sin embargo, lejos del derrotismo, tanto Trotta como Olascuaga sostienen una esperanza concreta: las nuevas generaciones.
Durante la conversación ambos insisten en algo que consideran central y que muchas veces queda invisibilizado: el enorme interés de jóvenes por propuestas culturales auténticas, alejadas de las grandes campañas de marketing o de los circuitos masivos.
“Estamos siendo muy injustos con los jóvenes”, sostiene Olascuaga. “Yo veo gente de 20 años ávida de autenticidad, de ir a ver teatro, música, literatura. Hay una curiosidad enorme”.
La obra también dialoga inevitablemente con el presente político global. Sin caer en paralelismos obvios, aparecen referencias al crecimiento de discursos autoritarios, al vaciamiento cultural y al debilitamiento del pensamiento crítico.
“No existe un neofascismo. Es fascismo”, dice Olascuaga con contundencia. “Y el arte siempre fue una amenaza para esos modelos porque hace pensar, emociona y genera preguntas”.
En ese sentido, José y Federico no busca simplemente homenajear a Lorca ni reconstruir un período histórico. Busca interpelar.
Preguntar qué hacemos hoy con la memoria. Qué lugar ocupa la cultura en sociedades atravesadas por el consumo veloz y la distracción permanente. Y hasta qué punto el teatro todavía puede ser un espacio de resistencia.
La apuesta estética también parece ir en esa dirección: un espacio cercano, sin solemnidad vacía, donde el espectador pueda permanecer emocionalmente movilizado incluso después de terminada la función.
“Queremos que la gente se quede ahí, parada, pensando”, explica Trotta.
Porque quizás de eso se trate finalmente José y Federico: de volver a detenerse. De recuperar el espesor del pensamiento en una época que empuja constantemente hacia la rapidez y la superficie.
José y Federico Ensayo - Foto autoría de Facundo Tabó
José y Federico Ensayo - Foto autoría de Facundo Tabó
—¿Qué los impulsó a traer esta historia sobre Lorca y José Bergamín al Uruguay actual?
Olascuaga:
Formalmente todo surge por los 90 años del asesinato de Lorca. Pero en realidad había algo más profundo. Empezamos a pensar cuánto de aquellas tensiones sigue existiendo hoy. El arte sigue siendo un territorio incómodo para ciertos poderes.
Trotta:
Y además hay algo humano en ese vínculo. La obra empieza a partir de una discusión concreta, de un reproche, de decisiones personales y políticas que terminan teniendo consecuencias enormes. Eso también habla mucho del presente.
—La obra parece dialogar directamente con el contexto político y cultural actual.
Olascuaga:
Sí. Totalmente. Porque cuando uno ve lo que pasa en Estados Unidos, en Argentina o incluso ciertas cosas más solapadas en Uruguay, entiende que el desprecio hacia la cultura no es casual. El arte hace pensar. Y cuando hacés pensar a la gente, incomodás.
—Hablan mucho de la banalización cultural.
Trotta:
Porque me preocupa muchísimo. Hay una enorme maquinaria de marketing instalada para convencernos de que la superficialidad es lo importante. Pero después recorrés circuitos alternativos y ves que la gente está buscando otra cosa. Está buscando autenticidad.
—¿Sentís que el teatro perdió profundidad?
Trotta:
Nosotros venimos de otra formación. Había una rigurosidad enorme. Hoy muchas veces veo transformaciones caprichosas de las obras, deformaciones.
—Sin embargo, ambos parecen tener esperanza en los jóvenes.
Olascuaga:
Absolutamente. Estamos siendo injustos con ellos. Hay una generación muy curiosa, con ganas reales de acercarse al arte, de ir a recitales, a obras, de leer. Lo veo constantemente.
Trotta:
El problema quizá está más en nuestra generación.
—¿Por qué?
Trotta:
Porque hubo una generación que terminó acomodándose. Que dejó de cuestionar. Que transformó muchas luchas históricas en consignas vacías o en rituales automáticos.
Trotta - José y Federico Ensayo - Foto autoría de Facundo Tabó
Trotta - José y Federico Ensayo - Foto autoría de Facundo Tabó
También influye el privilegio. Hay gente que mejora económicamente y automáticamente olvida de dónde vino. Niega incluso sus propios orígenes.
Eso pasa muchísimo.
Y en el arte también pasa. Mucha gente empieza buscando comunicar algo y termina buscando aceptación o visibilidad.
Olascuaga:
Es que no existe separación real entre arte y política. Nunca existió. Lorca es el ejemplo más claro. Lo mataron porque el arte comprometido siempre incomoda.
“El arte no está para adormecer: está para incomodar, conmover y dejar preguntas abiertas”
—Durante la charla apareció mucho la idea del “rol del bufón” en el arte contemporáneo.
Olascuaga:
Porque siento que muchas veces se promueve un tipo de entretenimiento que no cuestiona absolutamente nada. El humor vacío, el absurdo permanente, la distracción constante.
Como si el objetivo fuera que nadie piense demasiado.
Y eso no es inocente.
Cuando no hay financiamiento para la cultura, cuando atacás determinadas expresiones artísticas, cuando transformás todo en algoritmo y marketing, lo que estás haciendo es generar sociedades menos reflexivas.
Por eso para mí arte y política son inseparables.
—¿Creen que Uruguay está lejos de esos procesos más extremos que vemos en otros países?
Olascuaga:
No tanto como creemos. Quizás acá sucede de una forma más silenciosa, más elegante, más disimulada. Pero está.
A veces pensamos que porque no tenemos figuras tan histriónicas como Trump o Milei estamos inmunizados. Y no.
Yo creo que existen muchos pequeños Trump y muchos pequeños Milei dispersos socialmente. Personas que naturalizaron ciertos discursos violentos, individualistas o profundamente anti intelectuales.
Y eso termina impactando directamente sobre la cultura.
—En un momento hablaban de cómo la cultura fue perdiendo espacio incluso en la educación.
Trotta:
Sí. Y para mí eso es gravísimo.
El arte debería formar parte central de la educación desde la infancia. No como un adorno. No como “actividad complementaria”. Como parte esencial de la formación humana.
Porque el arte desarrolla sensibilidad, pensamiento, imaginación, capacidad crítica.
Cuando eso desaparece, lo que queda es gente mucho más manipulable.
—También apareció una reflexión muy fuerte sobre el consumo cultural actual.
Trotta:
Porque vivimos bombardeados por productos culturales extremadamente superficiales. Y muchas veces se nos intenta convencer de que eso es “lo importante”, “lo exitoso”, “lo que hay que consumir”.
Pero después uno recorre circuitos pequeños y descubre otra realidad.
Ve gente buscando autenticidad desesperadamente.
Yo voy mucho a recitales alternativos, a obras independientes, a espacios chicos. Y ahí hay una necesidad enorme de conexión real.
—¿Sienten que el arte perdió compromiso político?
Olascuaga:
En gran parte sí. O por lo menos se volvió mucho más tibio.
Y no hablo de propaganda partidaria. Hablo de compromiso humano.
Lorca tenía eso. Miguel Hernández tenía eso, por ejemplo.
Había una intensidad intelectual y emocional muy fuerte.
Hoy muchas veces siento que el arte ocupa el lugar del entretenimiento liviano para que nada cambie demasiado.
José y Federico Ensayo 1 - Foto autoría de Facundo Tabó
José y Federico Ensayo 1 - Foto autoría de Facundo Tabó
—¿Qué esperan que ocurra con el público cuando termine la función?
Olascuaga:
Que no salga igual.
Trotta:
Que algo le quede resonando adentro. Aunque sea una incomodidad.
No queremos espectadores pasivos.
Queremos que alguien salga pensando en Lorca, en la historia, en el presente, en lo que está pasando hoy alrededor nuestro.
Y también que aparezca la curiosidad. Que alguien diga: “Quiero leer más. Quiero entender más. Quiero acercarme más al arte”.
—La conversación terminó derivando hacia una pregunta muy profunda: si todavía hay esperanza.
Olascuaga:
Yo creo que sí. Aunque suene contradictorio con todo lo que hablamos.
Porque incluso en este contexto tan saturado de superficialidad, veo gente buscando otra cosa.
Veo jóvenes interesados. Veo artistas resistiendo. Veo espacios pequeños sosteniendo propuestas auténticas.
Y mientras exista esa búsqueda, hay esperanza.
Trotta:
El problema sería dejar de intentarlo.
Porque el arte siempre fue resistencia.
Y probablemente siga siéndolo.
Una propuesta así de interpelante, no se puede dejar pasar y las funciones serán los domingos 17, 24 y 31 de mayo 19:00 horas en el Espacio La Huella (Carlos Quijano 1216).
Entradas disponibles en este link.