Surge a partir de escribir la biografía del Ruso (Mauricio Rosencof), Un barrio llamado Rosencof, y al revisar su obra me encontré con El Bataraz. Algo conocía, pero la leí con más atención y, hablando con él, le dije: “Che, qué bueno hacer esto para teatro”. Le gustó, y ahí empezamos.
Como soy del Cerro, conocía a Agustín Camacho, protagonista del unipersonal, a quien había visto actuar. Estuvo trabajando en carnaval con Yambo Kenia, lo conocía como actor, así que le pedí una mano para ese personaje. Se lo propuse y empezamos a ensayar, y la verdad que estuvo bárbaro. Fue tal cual lo que teníamos planteado.
Hicimos dos giras, dos temporadas en El Galpón. Después una gira por España. Y este año nos habíamos planteado hacerlo en algunos centros culturales, como la Casa de la Pólvora del Cerro.
En el caso del Comcar se dio que Agustín se desempeñó allí como docente, fue tallerista de vestuario. Entonces tenía una relación y sabía que en el Comcar tenían interés por temas artísticos. Y como El Bataraz es la historia de un preso, habla mucho del aislamiento, la soledad. Su tema central es cómo me voy al calabozo, pero desde la mente de un preso. El tema de la salud mental está muy bien tratado. Entonces dijimos: es un lugar ideal para hacerlo.
La llegada de El Bataraz
¿Y cómo fue la respuesta de los privados de libertad cuando se enfrentan a esa obra?
Fue alucinante. Cuando terminó, con Agustín nos miramos y dijimos: “La entendieron más que los críticos”.
A mí me pasó que cuando lo hacemos en El Galpón, siempre estoy en la cabina, y veo a Agustín de frente y al público de espalda, pero en el Comcar estaba al lado del escenario y tenía las caras del público de frente. Les miraba las caras y era tal la atención, porque es un unipersonal, una hora exigente para el público, y los tipos totalmente concentrados.
Me llamó mucho la atención, por ejemplo, que tiene dos o tres toquecitos de humor mínimo y tienen como mucho efecto, y ellos lo entendieron. A la gente, alguno de esos toques se le pasan desapercibidos. Son chispazos de humor para aliviar la obra, para bajar la tensión, y que muchas veces al público, en general, se le pasan desapercibidos.
También me llamó la atención mucha gente que nos acercaba cosas escritas, como poesías y textos, sobre el tema de la libertad. Es un tema medio recurrente: la libertad, la soledad.
Y después, cosas que yo estoy convencido de que solo en Uruguay pasan. Uno de ellos me dijo: “¿Te puedo mostrar el tatuaje que tengo en el brazo?”. Y el tatuaje decía Benedetti. Benedetti, decía el tatuaje. Alucinante.
Había uno de ellos que me contó que había nacido en un cuartel, que sus padres habían sido presos políticos, que él, un poco por eso, se había alejado mucho de la política y, bueno, se había descarriado. Por eso estaba ahí, ¿no? Pero estaba muy conmovido por eso, porque era como ver a sus padres antes de que él naciera.
La verdad que la recepción fue maravillosa.
Y también sos consciente del laburo que se hace ahí adentro, en los centros de reclusión, del valor que se le da a esas cosas. Cuando se trae, hay mucho agradecimiento. Te dicen “gracias”, cuando en realidad nos pasa al revés: estábamos agradecidos nosotros de haber tenido la oportunidad.
Posibilidad de reinserción
Ahora, también me da la impresión de que esto es otra parte de la posibilidad de reinserción de esta gente. Lo digo en el sentido de que no son ignorados, porque con llevar la obra allí estás demostrando que están presentes.
Sí, sí. Primero que la poca o mucha relación que puedan tener con el exterior es a través de la televisión. Debe ser muy duro escuchar cuando hablan de ellos y que lo hacen como quien habla de la basura que se barre debajo de la alfombra.
Porque, claro, se exige reinserción y es gente que está pagando, efectivamente, la deuda; su deuda con la sociedad, sus equivocaciones o el precio por todo lo que le pasó en la vida.
¿Y qué expectativa en la sociedad tienen? No tienen expectativa alguna. Pero, bueno, esa gente está ahí, está viva, tiene que tener alguna oportunidad.
Para mí, el arte es el vehículo para eso. Estoy seguro de que, cuando ven la obra, se dan cuenta de la diferencia de estar en una situación así por tus convicciones. También se dan cuenta de que, a veces, las historias no cambian tanto: pasa el tiempo, pero determinadas situaciones y conflictos siguen estando presentes.
Ahora, la historia del preso, del privado de libertad, del hombre al que le arrancan su libertad, ya sea por razones políticas o de otro tipo, también ha sido tocada en otras expresiones artísticas. ¿El arte también sirve como una forma de catarsis o de ayuda en esta situación?
Estoy convencido de que el arte es por donde debería pasar todo. Nunca lo he logrado ver como entretenimiento solamente. En realidad, el entretenimiento es importante en la vida. Recontra importante. Y a veces decimos que es una pérdida de tiempo.
Lo que pasa es que a veces hay formas de entretenimiento que a la vez enriquecen. Estaba pensando en el libro de Stephen King, La milla verde: hay un momento en que un preso establece una amistad y deja en evidencia la importancia del otro, que yo creo que es algo que en la privación de libertad es todo un tema: quién es el otro, a quién le ponemos al lado a una persona. O sea, qué oportunidades tiene de reinsertarse.
Si el otro es alguien que tiene un deterioro de su cultura y salud mental peor que la mía, ¿cómo mejora? Si el otro es un espejo mejor en el cual ellos se pueden mirar, eso también es clave.
Me parece que estamos en una sociedad muy individualista y se olvida, justamente, o no se mira, la importancia del otro. Y en el otro está la clave. Eso es lo divino de los libros, lo divino del teatro: que te muestra muchos otros y vos siempre vas a tener un lugar en el cual reflejarte, que te construya para un lado mejor, más crítico.
Entonces yo creo que es la solución, es la forma.
Cualquier persona que está perdida, y no tiene por qué estar presa, una persona que está perdida en la vida estoy seguro de que en cualquier rama, disciplina artística o como consumidor de cultura encontraría un lugar de alivio para su mente, para su corazón y para su alma.
Si creés en el alma, encontrás un lugar de alivio siempre, porque en la música, o en las imágenes, o en las historias, uno siempre está ahí. Encontrás lugares de alivio. O sea, es necesario producir arte.
Sigue de gira
¿Tienen previsto volver con la obra a otros centros de reclusión? ¿Tienen previsto seguir con eso?
Sí. Esto fue porque Agustín conocía la logística en el Comcar. Fue muy sencillo el trámite. Él iba seguido, entonces conocía todas las personas a las cuales hablar, las estrategias a las cuales llegar.
Pero, claro, nosotros seguiremos. El Bataraz sigue de gira. Estamos en Shangrilá el sábado, después vamos al Florencio Sánchez, y después sigue. Sobre todo, a los centros de reclusión. Me parece que es como el ámbito ideal. Porque tiene la profundidad suficiente, porque se habla, sin hablar, de política.