En los últimos días, Donald Trump volvió a agitar una idea tan desmesurada como inquietante: la posibilidad de que Estados Unidos anexe Groenlandia. El territorio, inmenso y helado, ocupa un lugar clave en el tablero del Ártico y forma parte del Reino de Dinamarca, aunque desde hace años avanza en un proceso político que busca mayor autonomía y, eventualmente, la independencia.
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Trump justificó su interés con el lenguaje habitual de la geopolítica dura: seguridad nacional, control estratégico y presencia frente a otras potencias globales. Groenlandia, desde esa lógica, aparece menos como un pueblo y más como un punto en el mapa, una pieza codiciada en el ajedrez militar del siglo XXI.
El eco del “no está a la venta”
Las reacciones no tardaron en llegar. Tanto Dinamarca como Groenlandia rechazaron de plano cualquier intento de anexión, recordando que ningún país puede decidir el destino de otro por la fuerza. La respuesta fue clara y repetida: Groenlandia no está a la venta, y su futuro solo puede ser definido por su propia población.
El rechazo no fue solo institucional. En Groenlandia, la idea de pasar de una tutela histórica a un nuevo poder extranjero reavivó debates profundos sobre soberanía, memoria y autodeterminación.
Una voz desde el arte: Björk rompe el silencio
En ese escenario, Björk decidió hablar. Lo hizo a través de sus redes sociales, utilizando su cuenta personal para manifestarse de manera explícita en defensa de la independencia y la soberanía de Groenlandia.
La cantante islandesa, cuya obra siempre dialogó con la naturaleza, la identidad y los márgenes del mundo occidental, no eligió la neutralidad. Desde el espacio digital, Björk sumó una voz cultural potente a un conflicto que suele narrarse solo en clave diplomática o militar.
Islandia como espejo, Groenlandia como deseo
En su mensaje, Björk alentó al pueblo groenlandés a declararse independiente, trazando un paralelismo directo con la historia de Islandia, que logró separarse de Dinamarca en 1944. No fue una comparación casual: para la artista, la experiencia islandesa funciona como memoria viva y posibilidad concreta, un recordatorio de que la emancipación no es una utopía sino un proceso político alcanzable.
Desde sus redes, Björk habló de dignidad, decisión colectiva y futuro, conceptos que suelen quedar fuera del lenguaje frío de la geoestrategia.
El colonialismo como presente otra vez
El tono se volvió más áspero cuando Björk abordó el trasfondo histórico. La artista criticó duramente el colonialismo, confesando que le provoca “escalofríos de horror”. Advirtió que pasar de un poder colonial a otro —en alusión tanto a Dinamarca como a un eventual dominio estadounidense— sería “demasiado brutal para imaginar”, según citó el medio Exclaim.
Además, recordó episodios oscuros del pasado colonial, como programas de control de natalidad forzado aplicados sin consentimiento a la población groenlandesa. Al traer esas memorias al presente, Björk dejó claro que la disputa no es solo territorial, sino ética e histórica.
La cultura es política hasta desde lo etimológico
Que Björk se pronuncie no es un gesto menor. No se trata solo de una artista famosa opinando sobre política internacional, sino de una figura profundamente asociada a los debates sobre identidad, autonomía y resistencia cultural en el norte de Europa.
Su intervención:
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Traduce un conflicto geopolítico complejo a un lenguaje sensible y accesible, capaz de llegar a audiencias globales.
Une memoria histórica, arte y política, sin separar cultura de poder.
Recuerda que los territorios no son abstracciones, sino lugares habitados por cuerpos, lenguas e historias.
El derecho a decidir
Las palabras de Björk dialogan con una posición ampliamente compartida. Autoridades groenlandesas y danesas reiteraron que Estados Unidos no puede anexar otros territorios, y que el futuro de Groenlandia debe decidirse exclusivamente por la voluntad de su pueblo, informó The Guardian.
Sondeos recientes refuerzan esa idea: la mayoría de la población groenlandesa no quiere formar parte de Estados Unidos, y muchos ven en la independencia un horizonte político legítimo.
En medio del ruido de las ambiciones imperiales, la voz de Björk emerge como una grieta en el discurso del poder.