“Nunca tuvimos como una intención especial de ir hacia un estilo, sino como que dejamos que las canciones que nos salgan nos vayan guiando”, explica Juan Pablo.
Conviven, sin jerarquías, el folclore argentino, el reggae, la cumbia, la milonga o el candombe. Pero lo verdaderamente singular aparece en el modo en que esos elementos son ejecutados: un trío de bandoneón, bajo y batería que altera la estructura clásica de cualquier formación popular.
"Es como una especie de power trío, pero en vez de guitarra es con bandoneón”. Esa decisión —que en otro contexto podría leerse como experimental— en Toch aparece casi como consecuencia natural de su historia. “Le fuimos dando esa impronta del bandoneón que realmente nació para ser tocado en la banda”.
El resultado no es una fusión en términos convencionales, sino una reorganización del lenguaje. El bandoneón deja de ser un signo de nostalgia para convertirse en un instrumento de expansión, capaz de dialogar con ritmos que, en principio, le son ajenos. En ese cruce, la música pierde su centro y gana una profundidad inesperada.
Sin embargo, ese desplazamiento encuentra su punto más intenso en Pulso Inicial, el último disco de la banda. Un trabajo que, sin abandonar su raíz cordobesa, se desliza hacia el Río de la Plata hasta adquirir una tonalidad casi uruguaya.
No es una lectura forzada: es algo que la propia banda reconoce. “El último disco contó con pura gente invitada de Uruguay. Grabó Eli Almic, Agustina de Cuatro Pesos de Propina, Nicolás y Martín Ibarburu, Hernán Peyrou, Nacho Delgado, Pablo Riquero y un coro de Asaltantes con Patente ”.
La enumeración no funciona como una suma de colaboraciones, sino como la evidencia de un proceso de integración real
Porque lo que vuelve “uruguayo” a este disco no es solo la presencia de artistas locales, sino la forma en que esos vínculos se construyen. “Se dio de una manera muy natural. Si tuviéramos que hacerlo en otro país tendríamos que hacer toda esa parte humana”. Antes que una decisión estética, hay una trama afectiva. Antes que una estrategia, una convivencia.
Ese entramado convierte a Pulso Inicial en algo más que un álbum: en una experiencia concreta de unidad latinoamericana. Una unidad que no se declama desde discursos abstractos, sino que se practica en el intercambio cotidiano entre músicos, en la construcción de redes que desbordan las fronteras nacionales.
“Hay un puente muy hermoso entre Córdoba y Montevideo”, dice Juan Pablo. Y en esa imagen aparece una clave: la música como forma de conexión entre territorios que, más allá de las divisiones políticas, comparten sensibilidades, historias y modos de narrarse.
En ese sentido, Toch no solo produce canciones: produce vínculos. Y en ese gesto, inevitablemente, aparece una dimensión política.
“En el mundo estamos en un momento muy individualista y de discursos de odio, de separación”, señala. La frase no necesita ser desarrollada: el contexto es evidente. Frente a ese escenario, la música emerge como un espacio donde esas lógicas pueden ser suspendidas, al menos momentáneamente.
“La música nos enseña que hay que escuchar al otro para poder sonar, que hay que juntarse, que hay que no excluir a nadie”, dice Juan Pablo
No es una consigna, es una práctica. Una forma de organización donde la diferencia no se elimina, sino que se integra.
En tiempos donde el fascismo reaparece bajo nuevas formas —más difusas, pero igual de efectivas— esa práctica adquiere un valor particular. No como respuesta frontal, sino como alternativa concreta. Como otra manera de habitar el mundo.
“Si tuviéramos que entregarnos a una religión claramente sería la música”, dice Juan Pablo. La frase, lejos de ser retórica, señala un lugar de pertenencia: la música como espacio de comunidad, de encuentro, de sentido compartido.
Ese sentido se vuelve tangible en los conciertos. “Cuando se ve el baile, el canto, los abrazos, sería muy difícil que alguien quiera sembrar odio en ese lugar”. El vivo aparece entonces como un territorio protegido, un ritual donde lo colectivo se vuelve visible.
La presentación en La Trastienda se inscribe en esa lógica. No es sólo una fecha dentro de una gira, sino la reactivación de ese ritual en un momento particular: reapertura de la sala, aniversario de la banda, lanzamiento de un disco que ya no pertenece del todo a un solo país.
También ocurre en un contexto económico complejo, donde incluso el acceso a la música en vivo se vuelve incierto. “Nos está costando mucho vender entradas… hay gente que nos escribe diciendo que no puede pagar”. Sin embargo, algo persiste.
“Hay una necesidad de lo auténtico después de tanta comida chatarra quiero algo con sustancia”. La imagen remite a una búsqueda que excede lo musical: una necesidad de experiencias que no estén mediadas por la lógica industrial.
Toch ha construido su camino en esa dirección. “Vamos a sembrar nuestro propio patio, vamos a cosechar nuestra propia música y la vamos a compartir”. La metáfora no es ingenua: implica autonomía, pero también comunidad. Nadie siembra solo.
Quizás por eso, a 19 años de su inicio, la banda no se presenta como un proyecto consolidado, sino como un proceso en curso. Algo que sigue transformándose a medida que se expande.
Y en ese movimiento, Montevideo deja de ser un destino para convertirse en parte de su identidad.
“Uruguay es como nuestra segunda casa”.
Tal vez ahí resida el sentido más profundo de este presente de Toch: en demostrar que la pertenencia no está determinada por el origen, sino por los vínculos que se construyen en el camino. Que una banda puede nacer en Córdoba y, sin dejar de serlo, volverse también uruguaya. O latinoamericana.
O, simplemente, humana.
Entradas casi agotadas pero aún podés encontrar alguna en este link.