El rock, cuando está vivo, siempre llega cuando la historia ya está cansada de sí misma. Y entonces aparecen bandas comoRyan, que no vienen a corregir nada, sino a hacer ruido en el archivo del tiempo. Su nuevo single “Úsame”, primer adelanto del disco Zafarrancho, es exactamente eso: un artefacto sonoro que parece construido con guitarras, deseo y una pequeña máquina del tiempo defectuosa. Una máquina que —según la propia banda— no intenta arreglar el pasado, sino prenderle fuego y se escuchará en vivo el domingo 15 de marzo en Lollapalooza Argentina.
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Mientras el mundo salía de la pandemia todavía con cierta paranoia higiénica —alcohol en gel, barbijos, besos que tardaban en volver— en Buenos Aires ocurría algo más visceral: las salas under empezaban a llenarse otra vez.
Pequeños templos como Moscú Espacio Cultural o El Emergente se llenaban de jóvenes que buscaban algo simple: guitarras fuertes, canciones cortas y sudor compartido. Y en ese pequeño revival de la intensidad apareció Ryan.
La banda —formada por Dante Citara, Catalina Banega, Sebastián “Tortu” Venezia, Valentín Moura y Agustín De Cousandier— se volvió uno de los nombres inevitables de esa escena post-pandémica que devolvió al rock su carácter de reunión clandestina.
No fue una estrategia. Fue una consecuencia.
Porque el garage rock tiene esa virtud: parece improvisado incluso cuando funciona perfectamente.
Tres acordes contra el algoritmo
Mientras el mainstream latino se inclina hacia lo urbano, Ryan insiste en algo que podría parecer casi reaccionario: dos guitarras, un bajo y batería.
Una fórmula que heredaron de influencias como The Strokes, The Libertines o The Velvet Underground.
Pero no se trata de nostalgia.
Es más bien una tesis estética: si el mundo se vuelve demasiado sofisticado, el arte debe volverse brutalmente simple.
Ryan hace exactamente eso. Canciones veloces. Guitarras rabiosas.
Y letras que se mueven entre lo cotidiano y lo imaginario como si la poesía estuviera escondida en un after de barrio.
“Úsame”:
Arte de Úsame de Ryan
“Úsame” llega después de un período de expansión para la banda —que incluyó reediciones, colaboraciones y el crecimiento de un público cada vez más fiel— y presenta una estética ligeramente distinta.
La canción, según su presentación oficial, se mueve entre deseo, culpa y morbo, con un corazón que siempre llega tarde a la escena.
Hay algo muy rioplatense en esa idea:
el amor entendido como una catástrofe elegante.
Entre taconeos y arrabales imaginarios, Ryan transforma la tensión en música y la rendición en combustible. No es una balada ni una explosión punk: es una especie de tango eléctrico para la generación Spotify.
Uruguay, ese espejo donde el rock todavía cree
Ryan ya probó que su música funciona fuera de Buenos Aires.
Su visita a Montevideo —donde tocaron ante un público que agotó entradas con fervor — confirmó algo que suele repetirse en la historia del rock rioplatense: Uruguay siempre adopta rápido a las bandas que todavía están naciendo.
Hay una pequeña tradición cultural en esto.
Montevideo, con su mezcla de melancolía portuaria y curiosidad musical, suele ser el primer territorio extranjero donde las bandas argentinas descubren que no están solas en su delirio. Ryan no fue la excepción.
Zafarrancho: la teoría del caos como método artístico
El próximo disco se llama Zafarrancho.
El título ya contiene una filosofía: ordenar el caos es aburrido; lo interesante es coreografiarlo.
Si “Úsame” es la primera pista, el álbum parece apuntar a un territorio donde el garage convive con una narrativa más teatral, casi cinematográfica. Algo que Ryan ya insinuaba en discos como Bar’celona o en el posterior Vaqueros, trabajos que consolidaron a la banda como una de las voces más interesantes del nuevo rock argentino.
Porque en el fondo Ryan pertenece a una generación que entendió algo fundamental: el rock no necesita volver al pasado.
Sólo necesita recordar que alguna vez fue peligroso.
Un recordatorio de que el rock todavía puede hablar en voz alta, aunque el mundo prefiera escuchar playlists suaves.
Ryan parece saberlo. Por eso su música no intenta salvar nada.
Sólo hace lo que las buenas bandas hacen desde hace setenta años: subirse a un escenario, tocar fuerte y dejar que el tiempo arda un poco.