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Cultura | César Troncoso | actor | arte

De la escena under a "El Eternauta"

César Troncoso: "El arte amplía la idea que tenemos de la humanidad"

El actor César Troncoso conversa en esta entrevista por qué nadie se salva sólo y cómo lo viejo funciona.

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Trabajaba en un estudio contable y alternaba con los ensayos, las funciones y los rodajes. Cuando le empezó a ir mejor, renunció y se dedicó de lleno a la actuación. Así, consolidó un territorio propio, de fronteras híbridas, habitando tanto escenarios pequeños e independientes como proyectos audiovisuales mainstream. Hace poco estrenó El Eternauta, la superproducción de Netflix con Ricardo Darín basada en la historieta posapocalíptica argentina, y Favalli, su personaje, se convirtió en una parte importante del alma de la serie.

Es un actor que circula entre distintos lenguajes, geografías y registros. Dice que actúa para ser querido. Que para componer los personajes trabaja con lo que es, a partir de la intuición y de un montón de elementos que no ha terminado de ordenar. Dice que le preocupa “un mundo que cada vez ríe menos” y que “ser de izquierda es pensar en las personas antes que en el mercado”. Además de construir personajes complejos, piensa su trabajo como una manera de dialogar con la sensibilidad colectiva. Sostiene una ética que combina disciplina, permeabilidad y una atención muy receptiva de lo que pasa en el mundo. Su manera de actuar equilibra tan bien el rigor técnico con la humanidad que conmueve e interpela sin hacerse ver ni llamar la atención sobre sí mismo.

Es un referente de cómo crecer poniendo la pasión y la técnica al servicio de la obra y del oficio. Su trayectoria es un ejemplo de cómo atravesar fronteras y transitar entre territorios sin perder una voz propia ni dejar de ser honesto con uno mismo. Es una alegría que trabaje tanto y podamos verlo tan seguido.

En esta entrevista en el programa #25 de Atardecer naranja, conversamos con el actor sobre su experiencia en los distintos ámbitos en los que trabaja, lo que se aprende al habitar y cruzar fronteras y cómo el arte puede ampliar las ideas que tenemos sobre lo que somos.

Embed - Atardecer Naranja #25. César Troncoso

Los inicios, el teatro revulsivo de otro tiempo

Arrancaste a estudiar teatro con Alberto Restuccia, ¿qué te enseñó del trabajo del actor? ¿Cómo fue la experiencia en esos primeros talleres?

Sí, fue porque me acerqué al Teatro Uno. En aquel entonces, Teatro Uno se había dado por el encuentro del Luis Bebe Cerminara y Restuccia. Yo me transformé en espectador de teatro y empecé a ver Teatro Uno y Teatro Circular, allá por el 80 y pico, 90. Y después, por circunstancias, un verano que estaba al cuete totalmente, descubro que abrían cursos de verano en Teatro Uno, y me voy hasta ahí. Y entré, y el que me tocó fue Restuccia. Me hubiera tocado Cerminara y terminaba en el otro grupo. Nos pusimos de acuerdo, me dijo si quería quedarme a la clase, y me quedé. Ahí estaba María Dodera también, que es mi compañera de teatro más antigua. Y me copé y arranqué.

Fundamentalmente lo que hacíamos con Alberto era improvisación. Trabajábamos siempre mucho, pero no había demasiadas cosas, no había áreas, no hacíamos danza. Caminábamos por el espacio, y después ponía eso, ejercicios de improvisación.

Por lo general se trabajaba sobre las consignas amo-esclavo, luz-oscuridad, cosas antagónicas para poder trabajar. Trabajábamos de a dos, a veces de a uno, y también hacíamos mucha escritura automática, que eso estaba bueno, a mí me gustaba mucho eso. Dos pasaban a improvisar y los otros, con papel y lápiz, iban escribiendo en función de los estímulos recibidos, sin demasiada cabeza de por medio, lo que se nos ocurría, lo que nos iba viniendo, o lo que interpretábamos. Estaba bueno, generaba cosas muy extrañas. Y estuvimos en ese ir y venir con estos temas, con estas cosas. Hicimos alguna performance en algún lugar, me acuerdo de haber hecho algo en el Parque de los Aliados, con un tema indígena, me parece.

Restuccia hacía espectáculos en los cuales él había generado un lenguaje diferente. Había uno de ellos en particular, en el que había generado todo un idioma y hablaba ese idioma en el espectáculo, obviamente era un idioma que se entendía, pero terminabas entendiendo lo que decía y lo que hacía. Para mí venía todo del mismo lugar, era posdictadura. Los espectáculos eran locos y medio surrealistas y medio rupturistas, pero estaban muy bien plantados, muy bien presentados. Alberto tenía estos espectáculos que eran bastante más sueltos, bastante más performáticos. Era un tipo transgresor y chupaba como loco también, pero nada, un tipo valioso. Porque vos podés ser todo eso y ser un tipo que desde un punto de vista cultural no genera nada, o un provocador vacío de contenido. Sin embargo, me parece que Restuccia y Cerminara generaron un montón de otras cosas.

Para mí el gran legado de Restuccia es la libertad creativa. A mí me parece que era un tipo con libertad creativa, que tomaba riesgos. Me parece que es valioso eso cuando pensás en arte.

Su obra pertenece a otro tiempo, ¿te parece que sería difícil ver cosas así hoy en escena, con ese nivel de transgresión, en un contexto como el actual de tanta corrección política?

Algunas cosas me parece que sí, que serían difíciles de ver hoy. Él se desnudaba en escena y caminaba en bola por ahí. Yo no he visto demasiado espectáculo con gente desnuda por el teatro nacional. No sé si se replican cosas como las que hacía él en el teatro de hoy. Capaz que son cosas que su tiempo. Capaz que lo que sucede es que aquella espuma que se generó a la salida de la dictadura perdió sentido, digamos. Era como también aquella cosa de, tengo la botella de cerveza cerrada, la sacudo, ¿no? La dictadura la sacudió y no permitió que esa espuma saliera. Cuando se destapó, reventó todo. Pero una vez abierta la botella, el gas se va yendo. Hay igual ahora algunas cosas interesantes, pero no generan la misma virulencia, me parece, ni la misma potencia que se generó en aquel momento.

Son muy recordados tus inicios en la profesión con el Dúo Suárez Troncoso, ese proyecto con el que tomaban distintos escenarios de boliches y teatros alternativos. ¿Cómo fue la experiencia sosteniendo ese proyecto? ¿Qué es lo que estaba bueno de actuar con Roberto ahí?

Lo que estaba bueno de actuar con Roberto, primero, era que nosotros generábamos nuestros propios textos, entonces uno trabajaba sobre lo que deseaba. A Roberto lo conocí en el Teatro de la Gaviota, cuando dejamos el Teatro Uno y nos fuimos para ahí con María Dodera. Y ahí estaba Roberto. Y era un pibe de 18 años, 19, no tenía más que eso y venía de otro palo.

Siempre fue un histrión y un tipo medio demente, pero no tenía mucha formación. Entonces yo medio que marqué la cancha ahí porque yo en aquella época compraba la revista Fierro, que era una revista de historietas argentina, de la misma gente que hacía el Humor Registrado. Y ahí, en esa revista, salía una especie de suplemento alternativo más underground que se llamaba Óxido y ahí los tipos escribían acerca de la movida under.

Yo había empezado a leer acerca de las Gambas al ajillo, Batato Barea, Urdapilleta, Tortonese, toda esa gente. Y además había visto que los tipos hacían una estética que podía ser asimilable al cómic, a la historieta. Entonces le dije a Roberto que hagamos algo, nos pusimos a hacer y escribimos una cosa.

Lo primero que escribimos se llamaba Oda al Triciclo, porque yo tenía en el altillo de la casa de mi abuela donde vivía, un triciclo viejo que creo que era de mi hermano y lo usamos como escenografía. Lo pusimos al medio y después, lo primero que usamos eran unos calzoncillos largos de mi abuelo y camiseta de Frisa. Usamos eso y nos fue bien. Laburar con Roberto siempre estuvo bueno, porque siempre nos entendimos, incluso en las clases en la Escuela de la Gaviota nosotros éramos los dos que estábamos más afines con respecto a qué hacer y qué no hacer. Roberto tenía un carisma del carajo y bueno, nos tiramos al agua.

A mí en particular lo que me servía de estar con Roberto es que la suma de ambos me daba confianza. Hay gente que necesita sumarse al otro para animarse. Y yo siempre fui muy tímido, bastante cobardón.

Salir a exponerse con eso era bravo porque éramos dos tipos en calzoncillos con textos propios, generando una estética bastante deforme o demente, era un viaje. Y con Roberto me animé.

Entonces, en ese sentido, laburar con él, además del placer, era saber que estábamos para la misma y éramos amigos, y somos amigos. Me parece que lo que yo rescato sobre todo es eso, la capacidad de salir a mostrarnos. Y nos fue muy bien, ambos, porque lo hicimos en boliches, después empezamos a laburar como teloneros de algunas bandas. Con algunas nos iba muy bien, con otras nos sentimos espantosos.

Es interesante cómo trabajaban desde la estética de lo deforme, había una mirada crítica a nivel social picante además del humor.

Teníamos en términos generales una mirada que me parece que era crítica. El simple hecho de pararse de ese modo estaba generando una provocación, estaba generando un desajuste raro y eso me parece que estaba bueno también. Tenía que ver bastante con que partíamos de la historieta o del cómic y había algo de ese lenguaje que se llevaba al teatro.

Hay una clave estética muy clara, en ese vínculo entre la historieta y lo teatral.

La historieta para mí es clave, sí. Es un camino hacia el humor un poco más exagerado, con esa potencia del dibujo, de la caricatura y de la deformidad. Después no lo termino curtiendo, uno envejece y se queda más tranquilo, pero sí, no es casual haber empezado por ahí. Yo que dibujé tanto y sigo dibujando, haber empezado tratando de hacer algo similar a lo que es la historieta y esa estética, me parece muy lindo.

Si tuvieras que explicarle a un extraterrestre qué es ser actor, qué es actuar, ¿cómo lo contarías en términos técnicos? ¿De qué se trata el trabajo?

Se trata de un trabajo en el cual vos contás una historia o contás diferentes historias a un público que desea creerlas. Es un modo de habilitar un momento de placer y disfrute, pero también un momento de reflexión, de encuentro.

Hay algo de ritual y de algo medio místico también en ese encuentro, en ese pacto que se establece entre el escenario y la platea de que vamos a terminar creyendo todo esto que vamos a decir sabiendo que no es verdad. Me parece que es eso, es un acto de encuentro y de comunicación entre personas con la intención de disfrutar, de pasarla bien, de entretenerse y de sentir cosas y de entender otras cosas. También abre posibilidades que tenés para entender el mundo, para denunciar cosas. Es una herramienta de expresión. Después lo agarro al extraterrestre, y le diría “Bajate del plato volador y vení que te muestro un espectáculo”, eso sería mejor que se lo explique.

Conversando con otros actores, muchos hablan de la actuación como un servicio. Y me resulta interesante la idea también de que se trata de un trabajo de poner el cuerpo. ¿Cómo lo ves en ese sentido?

Lo de poner el cuerpo sin duda. Lo del servicio más o menos. Si no hubiera una satisfacción primera que es la propia, yo no sé si brindaría el servicio. Yo brindo el servicio porque a mí me gusta hacerlo. Un servicio me brinda el recolector de residuos también, no creo que se cope mucho con ese asunto. En un punto me suena un poco presuntuoso, pero bueno, sí, también hay un servicio. Cuando uno brinda cultura, cuando uno brinda espectáculos artísticos que al fin y al cabo terminan generando un desarrollo de la sensibilidad de cada persona, lo que estás haciendo es afinando un poco el sentir de la gente. A veces te sale bien, a veces te sale mal, pero bueno, estás apuntando a eso, a que seamos más empáticos, a que seamos más solidarios. Para eso sirve el teatro, no creo que sirva para construir odio. Entonces, en ese sentido, sí, hay algo de servicio. Pero yo no lo plantearía en esos términos. Yo hago teatro para mí, y después sí, después lo comparto. Pero... es raro, porque tampoco es que hago teatro para mí. El teatro se hace porque se va a mostrar. Y lo va a ver una tercera persona, que no somos nosotros que estamos acá adentro. El sentido del teatro es estrenar. Después lo otro es un proceso personal que cada quien hará. Entonces es raro, porque por un lado te digo, yo hago teatro para mí, pero por otro lado el sentido de ese teatro tiene que ver justamente con poder mostrárselo a un espectador que pagó una entrada.

Si pensamos que actuar es poner el cuerpo al servicio de algo, ¿al servicio de qué ponés el cuerpo?

Le ponés el cuerpo al cuento, defendés una historia, pero también defendés un acto de placer compartido. Pero también depende de la obra. No le ponés el cuerpo de la misma manera a Nuestras mujeres, la obra esta que hice con (Diego) Delgrossi y Franklin (Rodríguez), que a El bosque de Sasha con Roberto Suárez, o Marx en el soho. Estás defendiendo cosas distintas en un caso que en otro. En todas ellas a lo que le ponés el cuerpo es al acto concreto de compartir un momento con el otro. Estás defendiendo un modo de entender las cosas. Uno solidario, empático, con una apuesta por el encuentro, pero también con poco dogmatismo. Pero eso es una cosa y otra cosa es la comedia que estamos haciendo, en lo que vos apostás a que la gente se ría y disfrute. Que pase bien un rato.

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Nuevos desafíos para el oficio del actor

Trabajás en contextos de producción muy distintos, desde producción teatral independiente hasta cine mainstream. El cine siempre fue una industria muy ligada al mercado. Hoy en día la circulación también está condicionada por las nuevas tecnologías, por las plataformas, por los algoritmos. ¿Cómo vivís desde tu lugar ese vínculo con la industria? ¿Te parece que la nueva forma de circulación está generando cambios artísticos, modificando la manera de contar?

Sí, me parece que sí. El otro día me enteré que al actual director del Instituto de Cine de Argentina le preguntaron acerca del cine, y el tipo desvió la respuesta hacia una zona en la cual hablaba de que se están haciendo ficciones de un minuto en formato vertical para celular, y terminó hablando muy bien de eso. Más allá de que me parece que hay una pregunta para contestar y que no fue contestada por ese señor, lo que sí surge de eso es que hay un formato de un minuto para celular vertical. Eso habla de justamente el cambio y la aparición de nuevos formatos de representación y de presentación de contenidos al público. Lo de TikTok no es casual. Lo de TikTok está marcando la cancha en el modo que tienen los pibes más jóvenes de mirar ficciones. También hay algo con el furor de las series. Las series están buenas, yo estoy contentísimo de ver series, pero no termina de ser exactamente el mismo contenido y la misma mirada que la que tiene una película que cierra sobre sí misma. Entonces, sí, hay cosas que se están moviendo del lugar, que están cambiando, y ese cambio nos agarra sin entender demasiado, sin saber demasiado.

Además está cambiando todo el contexto político y ese contexto reniega de ciertas cosas. Desconfía. Cuando Argentina está metida en este problema de que el Instituto de Cine no está poniendo guita, y se instala que hay un montón de gente que sospecha de que los que hacen cine roban, es raro. Porque para sancionar a esos presuntos ladrones, en vez de investigar al que roba, se decide no darle plata a nadie. Cuando vos tenés todo eso, también ese contexto está modificando la percepción que hay del cine. Pensar que el cine es hecho por ladrones, por gente chanta, es una cosa muy rara.

Si lo nuevo fuera una cosa que se suma como una herramienta más para ver contenido, sería bárbaro. El problema es que lo que está pasando es que se está cambiando una cosa por otra. Estamos dejando ciertos modos para tomar otros, y esos otros son más urgentes, son más livianos, son más superficiales.

A mí me parece que el cine de algún modo tiene aquello del viejo en la fogata contando las historias de la tribu, ¿no? Esto otro me parece que es como, en vez de leer diario, leer los cinco titulares de la primera página.

El desempeño del oficio del actor es muy distinto si lo que se espera es un contenido, ¿cuáles son los desafíos como actor en este contexto?

Sí, son cosas diferentes. Está bueno que vos te puedas desarrollar la paciencia para poder entender una historia cabalmente, ¿no? Porque es como que cuando vos agarrás y pensás en un minuto, o en dos, o en tres, lo que ofrecés te va a dar una serie de datos y después no te va a poder dar contextos, ni profundizar sobre ningún área del trabajo. Te voy a decir que hay un señor que es morocho, pero no te voy a poder decir qué pasa con su condición de morocho. Eso no lo voy a poder desarrollar porque en tres minutos no tengo tiempo. Y me parece que ahí es donde también se empieza como a complicar la cosa, ¿viste? Porque el propio formato te está apretando, entonces vos vas a tirar un titular medio rabioso, medio rapidito, no vas a desarrollar las escenas en profundidad, no vas a comprometerte con el material de la misma manera, porque no va a tener sentido hacerlo. Cambia todo, sí, cambia para uno y cambia para quien lo recibe.

Los desafíos son para la continuidad del trabajo, para la continuidad del oficio. El oficio este tiene que seguir para adelante más allá de la inteligencia artificial y todo lo que ya está pudiendo hacer. Lo que yo creo que hay que hacer es tener atención. Porque lo que no podemos hacer es resignar ese espacio. Porque el espacio del actor se va a llenar con otras cosas que son medio dramáticas, me parece a mí.

Cuando empezás a construir estas cosas que no sabes ni si son verdad, ni si son mentiras, el pacto está roto. El pacto de ’esto es fantasía y esto no lo es’ se rompe. Entonces nos vamos a tener que cuidar, justamente. Y una de las formas que yo creo que tenemos para reforzar ese pacto es el teatro.

Me da la sensación de que el audiovisual va a poder empezar a construirse con inteligencia artificial. Y de repente hay un montón de gente a la que le alcanza y le resulta suficiente. Pero hay un encuentro real que debería de estar establecido entre las personas, que me parece que si no pasa por el cine que ves, capaz que pasa por el teatro que haces. El acto de comunión en algún lugar tiene que estar. Todo prácticamente es pasible de ser tomado por la inteligencia artificial, la escritura también. Entonces, ¿qué queda? Hombres y mujeres parándose en un escenario con un foco de luz encima.

Dijiste que “sos básicamente un buen tipo, pero hay lugares infames adentro tuyo”, y que construís los personajes alimentándolos con eso, con lo que sos. ¿Por qué es interesante construir personajes desde su complejidad ética?, ¿por qué esa complejidad es más interesante para reflexionar sobre la humanidad?

Porque somos personas y lo que está bueno es hablar de las personas. Si vos vas a hablar de los superhéroes o de los héroes de una pieza, estás en el horno.

Lo que está bueno es actuar entendiendo quiénes somos posta. Y vos no podés entender quién sos si lo único que ves de vos es tu bondad.

Yo soy un jodido. Un jodido involuntario muchas veces. Otras veces deseándole la muerte a qué sé yo quién. Otras veces haciendo mal mi tarea de padre o cometiendo errores en mi vínculo con mi familia o con mis vecinos o con quien sea. Eso es lo que uno tiene que hacer. Lo que uno tiene que hacer es mostrar quiénes somos. No en todos los trabajos tenés que hacer eso pero quiero decir que de eso se trata. De hablar y de reflexionar colocado en el lugar de mayor verdad posible que encuentres. Después ves para dónde disparás, de qué modo la trabajás, si es una comedia, si es un drama, si importa contar todo ese sector oscuro o no viene al caso. Pero vos tenés que tener esa información. Tenés que saber eso. Tenés que partir de la base de que por humano sos siempre falible, siempre tenés la capacidad de fallar y después ver cuándo sale y cuando no.

Yo quiero que me quieran, siempre digo eso, pero que me quieran no quiere decir que vean de mí nada más que cosas positivas, que me quieran es aceptar que este flaco es todo eso más complejo. Me parece que es lo que corresponde. Mostrarte como persona.

También sos dibujante, veníamos hablando de las historietas. ¿Qué es lo que te interesa del dibujo como exploración, sensible? ¿Te parece que esa exploración se vincula en algo con tu trabajo como actor?

A mí lo que me interesa es dibujar. Hago unos dibujos también que tienen un poco de texto, no puedo hacer historietas porque me cuesta mucho y me da mucha pereza también dibujar siempre lo mismo. Lo que me gusta es dibujar, tirarme arriba del papel blanco. Después con los textos a veces meto alguna idea, algún pensamiento, alguna cosa, pero a mí me da mucho placer eso, llenar la hoja. Creo que tengo sí a esta altura un modo de llenarla que la vuelve interesante y atractiva, pero también rompo mucho dibujo.

Con respecto al teatro, yo dibujo mucha máscara. Dibujo muchas cosas como si fueran armaduras que te defienden, pero que también te esconden y qué sé yo, capaz que todo eso está por ahí dando vuelta y en un punto eso se parece también a actuar.

Lo más interesante de mí no es quién yo soy, sino los personajes que represento.

Eso tiene que ver con máscaras y con armaduras y con vestuarios que no son los tuyos. Entonces capaz que sí hay un vínculo con el teatro ahí. Habría que agarrar a un psicólogo y preguntarle.

Un personaje importante de tu carrera fue el bagayero de El baño del papa. Esa historia pone el foco en la frontera, hacés de un laburante que trafica mercadería del lado brasileño al lado uruguayo, y con el tiempo te convertiste en un actor que circula entre Uruguay, Brasil, Argentina, digamos. Como actor, cuando trabajas afuera, ¿sentís que llevas algo del saber de la forma de ser uruguaya a otros lados? ¿Sentís que te contagias de lo otro? ¿Habría como un tráfico entre fronteras de algo?

Sí, probablemente, ¿no? No es que uno lo ande pensando, pero es probable. Yo soy de la teoría de que si te vas a vivir siete meses a un lugar, lo mejor que te puede pasar es involucrarte con el otro. A mí me pone muy loco el tipo que va a emigrar, por ejemplo, y que abre la valija y pone un kilo de yerba, el termo, el mate, la bombilla, pone la bandera de Uruguay y la camiseta. Capaz que en un punto está bien. Uno tiene que recordar quién es y de dónde viene, eso seguro. Ahora, el asunto es cuánto te vas a permitir de encontrarte con el otro, con el nuevo, con el que te recibe. Y a mí me parece que es medio necesario eso. El día a día tiene que ser el día a día del país en el que residís. Después podrás tener tus momentos de melancolía y de nostalgia, eso está bien y es lógico. Yo llevo el termo y el mate, no es que no lo lleve. Pero sí, hay un intercambio inevitable. Sos quien sos, venís donde venís y algo vas a llevarte. Y a su vez vas a tratar de recibir del otro.

Mi actitud siempre es tratar de no pasar como el extraño, el diferente, el extranjero en los lugares a los que vas. Probá todo lo que te ponen adelante.

Lo que llevamos de acá, sí, tiene que ver con que es verdad que la gente es mansa acá. Y como trabajamos siempre sabiendo que, a lo mejor está bueno tener un pedacito de alambre en el bolsillo, si algo se rompe nos parece bastante más natural ayudar a arreglarlo.

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Nadie se salva solo y Lo viejo funciona

Vayamos un poco a El Eternauta y tu personaje de Favalli. Decíme tres objetos del sótano de Favali que recuerdes.

Una batería, unas tablas y un farol a mantilla, que no se llama farol a mantilla. En un momento clavo las tablas, uso la batería para probar que lo viejo funciona. Pero había, por ejemplo, yogur. Había un montón de vasitos de yogur, que son los que después te quedás con el frasquito de vidrio con tapita de plástico y le metés los clavitos adentro. En este clavitos, en aquel otro tornillos, en otro tuercas. Son maravillosos. Y de eso había en un rincón un montón, habían puesto un mueble en el que estaban todos esos frasquitos.

¿Por qué creés que te acordás de eso? ¿Por qué dirías que todavía funcionan esas cosas?

Porque funcionan. Y funcionan porque hay una cuestión que es muy básica. Lo que nosotros estamos haciendo como sociedad, como planeta, como mundo, es trascender lo que siempre funcionó. Un clavo es un clavo. Un clavo funciona. Un martillo funciona. Después vos podrás tener además un taladro de esos que remachan clavos y qué sé yo. Esos son lujos que nos podemos dar como especie, lujos a veces incluso medio idiotas. Cuando los personajes de El eternauta dicen “Lo viejo funciona”, lo que dicen es que prender fuego con fuego fuero sigue siendo maravilloso, más allá de que puedas a su vez con un rayo, con un contacto láser, generar una chispa. Sí, está macanudo, pero hay una cuestión de base que tiene que ver con lo mínimo indispensable para la vida y eso es lo viejo. Lo viejo era sentarnos en un tronco, no necesitamos tener una silla que además se mueve y que tiene seis posiciones y que te masajea. Para masajearte están las manos de tu novia, o las manos de tu madre, o las manos de tu hermano. Lo que hay que tener son dos manos. Después lo otro nos mejorará a veces, si no nos excedemos, pero me parece que viene por ahí.

Hay que volver a lo sencillo. La vida social tiene que ver con con la comunidad. Y esos son aprendizajes medios de base que tendríamos que tener todos.

¿Por qué te parece que El Eternauta fue recibida con tanto cariño en todo el mundo?

No sé. Claramente en Argentina había unas expectativas creadas porque la fórmula era medio ganadora, ¿no? La historieta de Oesterheld, Netflix, Darín, Stagnaro, era un equipo para ganar. Los tipos, además vienen de capas medio caídas, anímicamente, por las grietas estas en las que se han metido. Entonces, esto era como una carta fuerte para plantarse de vuelta diciendo “Podemos, carajo”. Y de hecho ha sido así.

Con respecto al resto del mundo, lo que pienso es que esta mirada cambia un poco el ángulo desde el que las invasiones extraterrestres se construyen. Gente jugando al truco. Una manifestación en la calle porque hay un corte de luz y porque es el enésimo corte de luz. Estas cosas que se generan desde el sur y que suceden desde acá.

Ahora están sucediendo en todos lados, gracias al amigo Trump. En Estados Unidos están pasando algunas cosas medio heavy. Pero digo, pero no era lo que uno imaginaba, ¿no? Lo que uno imagina es que los países prósperos reciben una invasión extraterrestre. Acá no lo reciben los prósperos, lo reciben personas con otra lógica. Pienso que puede pasar por ahí. Y porque está muy bien hecha.

En otras entrevistas hablabas algo del color local argentino, latinoamericano de la serie, como un aspecto positivo. ¿Qué es lo que está interesando el resto del mundo de la realidad latinoamericana para vos?

El Eternauta tiene una cosa urbana de la ciudad de Buenos Aires, que es una ciudad que puede competir más o menos. La zona que se trabaja en la serie es una zona que compite con cualquier espacio internacional. Quiero decir, en Madrid encontrás esos edificios, esas casas, esas calles. No es que estás mostrando Tucumán o la Argentina profunda.

Yo conocí a un suizo, se llamaba Dominic, y una vez le pregunté, ¿por qué estás radicado acá en Uruguay? Y él me dijo, “porque acá tengo la sensación de que aún quedan cosas por ser hechas, por hacer. En Suiza tengo todo resuelto. En Suiza yo no necesito hacer nada. Nada se mueve del lugar. Está todo pensado.” El cuento ese de que un señor cuelga un paraguas de una rama de un árbol y el paraguas cuatro días después está ahí. Acá te lo van a afanar, seguro. Te lo van a reventar contra la volqueta. Algo van a hacer. Van a prender fuego. Algo le van a hacer. Y eso, con todo lo que puede tener de negativo o de incómodo, tiene algo de vida. Tiene algo de vivo, está vivo. El paraguas ese se movió del lugar. ¿Por qué? Porque hay gente a la que le pasan cosas. Y hay algo de eso.

Me parece que los intereses que las plataformas están construyendo no pasa sólo con esto, pero pasa con África, pasa con zonas de Asia. Me parece que hay una cuestión que tiene que ver con lo global, pero también con lo diverso, con lo diferente, con no estar mostrando más de lo mismo. Y eso genera una vibración diferente en un punto.

¿Cómo percibís la mirada internacional sobre los actores y las actrices de Latinoamérica hoy?

A mí me parece que el nivel de calidad es el mismo. Yo creo que el cuento medio uruguayo que había, esa cosa de que el actor uruguayo no sirve para cine, es una tontería, quedó demostrado.

Es por esa razón que los servicios de producción llegan a Uruguay. Porque tenés técnicos y actores para ofrecer al mismo nivel de calidad que el que llega de fuera. Yo creo que estamos muy bien.

Después habrá que ver, no sé si la realidad de todos los países de Latinoamérica es la misma.No sé si el movimiento teatral argentino es equiparable al movimiento teatral ecuatoriano. Me imagino que no.

¿Te parece que existe algo así como una estética latinoamericana en el trabajo artístico, o una ética latinoamericana en la manera de producir?

Creo que no tengo la menor idea, pero ya que estamos, te invento una respuesta. Yo imagino que sí, me da la sensación de que sí. Hay una mirada que es mucho más personal. Yo creo que esa mirada podrá estar filtrada, las plataformas a veces te ponen condiciones con respecto al modo de construir las cosas y cómo se las plantean y cuánto dura una película. Pero para no es lo mismo porque no es lo mismo la lógica de pensamiento de un tucumano que la de un flaco de Wisconsin. Más allá de que algunas cosas se homogeneizan, me parece que hay otras que no, por suerte.

Me parece que hay que luchar para que no se homogenice todo, porque es una tendencia medio natural, el mercado genera consumidores en vez de ciudadanos y si los consumidores todos consumen películas iguales, o papelitos blancos con letras azules, nos va a facilitar la cosa porque vendemos sólo eso y ya no tenemos que andar diversificando ni tomando riesgos. Pero bueno, ese es el mercado. Después la vida es otra cosa y la gente es bastante más que solo un consumidor.

Todo el mundo dice que estamos en el capitalismo rabioso, medio. Así que no sería raro que también en el área audiovisual y en el asunto teatral estemos en ese lugar. Hay algo de capitalismo rabioso instalado, pero también es cierto que hay un montón de otra gente haciendo otras cosas. Hay un deseo de instalar ciertas lógicas, pero también hay una resistencia natural que tenemos como humanos a eso, que yo espero que siga existiendo. Yo me imagino que en algún momento va a suceder, vamos a volver a dibujar con lápiz en vez de dibujar con computadoras, vamos a volver a construir textos escritos por nosotros sin chequearlos con la inteligencia artificial, va a empezar a suceder en algún momento de vuelta, pienso yo. Espero.

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La risa, el presente y pensar en las personas más que en el mercado

En otra entrevista dijiste que te cuesta un mundo que cada vez ría menos.

A mí me parece que hay algo que tiene que ver, por un lado, con temas de la corrección política. Yo soy un tipo del siglo XX formado con todas las barbaridades que se decían en el siglo XX también, y algunas de esas barbaridades se están perdiendo, lo cual me parece muy bien, pero hay otras que movían a risa y que no necesariamente eran malas.

A mí me parece que el acto de reír es un acto inteligente, se ríe quien entiende, se ríe quien percibe que algo es irónico, que algo es sarcástico, que no todo lo que se dice es literal. Reivindico la risa por ese lado.

Y a veces la risa es cruel, y a veces la risa es ingrata y fastidiosa, y te reís de cosas que no deberías. Pero a mí me parece que a veces hay que tener cuidado con las cosas que se dejan por el camino, preguntarse cuáles son efectivamente las que deben ser dejadas. Que hay unas cuantas que sí, obviamente. Pero hay otras que, al perderlas, lo que ganamos no termina de compensar esa pérdida, no termina de llenar el hueco que la pérdida dejó. Hay que tener cuidado con eso. Por eso yo reivindico la capacidad de la risa. Y a veces la risa medio bruta, medio bestia y medio políticamente incorrecta, también suma, me parece. Cuando yo conozco gente que no entiende el doble sentido me preocupa. Que no tengamos capacidad de leer la ironía es grave. ‘Ta bien, a veces se te va de mambo. Pero no todo necesariamente es anulable. Me parece que hay algo justamente en el hecho de que somos seres humanos. No estamos en condiciones de que todo sea correcto y perfectamente adecuado. Lamentablemente nuestra propia naturaleza hace que nosotros seamos un poco más sucios en nuestro modo de comunicarnos. Y para mí, en algún punto, es lo que nos hace humanos.

Hoy en día algo de la rebeldía y la provocación es algo que le regalamos a los fascistas. Viene un tipo con un discurso de odio recalcitrante y la gente puede hacer catarsis con él porque está siendo incorrecto y salvaje. ¿Qué hicimos con la risa nosotros?, ¿dónde quedó nuestra capacidad de provocar?

Lo que pasa que venimos de un tiempo en el que estamos todos probados. Cuatro de los últimos cinco períodos fueron gobernados por la izquierda, que no es exactamente la izquierda idealizada y límpida que uno construía, pero es una izquierda. Entonces, hay una generación que creció con eso. Estamos hablando de veinte, veinticinco años. Hay una generación que lo que conoce como gobierno es eso, o sea que las cagadas se las ve a gobiernos zurdos. Entonces para revelarse a eso, quizá hay algunos que se revelan por ese otro lado. Además, ciertas luchas que han conseguido ciertos objetivos con estos gobiernos de izquierda, han generado en la contraparte un malestar. Quiero decir, vos luchaste por ciertos derechos, los conseguiste, pero hay gente que estaba en contra de esos derechos, y esa gente se ve afectada. Y además, la derecha ha tenido capacidad de comunicación muchas veces mejor que la izquierda. Entonces, esos hechos se han magnificado y se han transformado en un caballito de batalla. Se ganaron cosas, pero esas cosas que ganaron generan el malestar de otra población que estaba silenciada. Y ahora con las redes sociales eso cambia. Antes te daba vergüenza ser una bestia pensante, pero cuando empezaste a encontrarte en redes sociales con gente que decían más o menos lo mismo que vos, que hay una mayoría que estaba silenciada o silenciosa, hay gente que empezó a decir esas barbaridades a los gritos orgullosamente. La ignorancia se transformó en una cosa de la cual enorgullecerse para mucha gente.

¿Y qué podemos hacer con eso?

Hay que ten cuidado con las cosas que cancelamos, con cuáles no, con los tiempos de la cancelación, cómo hacemos el proceso, me parece. También es cierto que si tenés las condiciones para conseguir algo, capaz que está bueno conseguirlo una vez por todas, y no andar haciendo revaluaciones. Puede ser que no den ganas de hacerlo gradual para que no se ofenda aquél zapallo, no sé. Pero sí hay cosas que hay que tener, o estar dispuesto a pagar el precio, saber que si conseguiste esto, va a haber reacción. El tema es cómo nos paramos frente a eso.

Se dice que también hay una sensibilidad más a flor de piel de las generaciones más jóvenes. Y que hay atisbos de depresión de pronto en pibes. Todo eso tiene que ver también con poder echar cáscara, con curtirse un poco. Yo creo que hay que hacerlo. Y si estás todo el tiempo cancelando, todo el tiempo frenando, capaz que la cáscara no se hace, pienso yo, no sé.

Es importante curtirse porque del otro lado hay gente inteligente también. Uno a veces piensa, yo que sé, en la manifestación del 8 de marzo. Dos pibas tiran dos bombas de color contra una iglesia y desde los medios lo venden como que fue el movimiento feminista entero las que las tiró. Eso es manipulación. Quiero decir, también del otro lado hay jugadores muy astutos y hábiles, entonces es complicado. Son tiempos de movimiento, muchas cosas que se está moviendo, algunas se están perdiendo, otras se están potenciando. Están apareciendo estas extremas derechas por el mundo, que son reacción a algo. Hay que ver cómo decanta todo esto, es un viaje.

Hace diez años dijiste que ser de izquierda es pensar más en las personas que en el mercado. ¿Cómo revisitás esa frase hoy en día, con un laburo tan involucrado al mercado mainstream por momentos?

Uno vive en el mundo en el que le toca vivir, con las regla de juego que tenemos, y está bien. Yo trabajo con una plataforma muy vinculada al mercado por las condiciones que me están poniendo. Primero porque me gusta, me gusta el trabajo que me proponen, y segundo porque es lo que hay para hacer. Y porque me trata muy bien, la plataforma a mí me trata muy bien. Y es el mundo en el que vivís. El asunto es cuánto de una cosa y cuánto de otra. El asunto no es renegar de la lógica en la que vivimos, o mejor dicho, podés renegar, pero es la lógica que hay. Ese razonamiento que tiene muchos que dicen, “vos sos de izquierda, ¿por qué te vas de vacaciones, por qué no le das esa plata a los pobres?” No es así, no funciona así el razonamiento. La idea no es que la pasemos peor entre todos así hay menos pobres, no es eso lo que hay que hacer.

Es importante pensar en las personas porque vos para el mercado sos un consumidor.

Sos una persona que importa en función de su capacidad de ser pasible de convencerla de que lo mejor que te puede pasar es comprar en un Black Friday. Si vos tenés una empresa, tu lógica es que querés vender. Pero cuando vos pensás en alguien, no sólo como el consumidor, que también es, sino como un ciudadano que tiene un montón de otros intereses, y que es una persona, un ser humano, lo que hacés es construir otras cosas.

Yo no digo que toda la izquierda haga eso a la altura del partido, tampoco soy tan gil. Ni que toda la derecha sea desastrosa. Justamente la alternancia en el poder también está buena. Si vos tenés tres, cuatro gobiernos de un sector político, está bueno que el próximo gobierno no sea ese y que las cosas se alternen, porque hay gente que tiene también derecho de que su línea de pensamiento sea representada en algún momento en lugares de decisión. Pero somos personas, somos más que consumidores. Yo no soy apenas un hincha de nacionalidad, no soy apenas un señor que dibuja, no soy apenas nada. Quiero decir, nada de eso me termina de definir solo. Y cuando vos pensás en algunas lógicas muy mercantiles, esas lógicas que te achican lo que vos sos. En cambio, cuando pensás en personas, en seres humanos, lo que pensás es en un tipo bastante más amplio, que puede emocionarse con un poema, o que puede ir a una cancha de fútbol a ver un partido, o que puede salir el Black Friday a comprarse un televisor, porque está barato también, pero es más amplio.

Yo tengo una perra. Mi perra quiere comer, mimo, que la tape cuando se acuesta, y después salir a correr un poco. Pero yo no me arreglo con eso, como persona, como ser humano, no me arreglo con eso, no me alcanza, no es suficiente. También necesito cultivar la charla, necesito cultivar el debate, necesito ver un recital, lo necesito. Hay un montón de otras cosas. Somos más complejos. Cuanto más complejos somos, más necesidades necesitamos cubrir.

Por eso está bueno el arte. Porque amplía la idea que tenemos de la humanidad.