El 24 de octubre de 1886 nació en Montevideo Delmira Agustini, hija de María Murtfeldt y Santiago Agustini. Niña solitaria, fue educada en su hogar, como era costumbre en la época para las familias burguesas. Recibió clases de francés, piano, pintura y dibujo.
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A partir de 1902, a los dieciséis años, empezó a publicar poemas en la revista La Alborada. Al año siguiente, esta misma revista la invitó a colaborar en una sección que ella misma bautizó con el nombre de «La legión etérea» y que firmó con el pseudónimo de Joujou. En esta sección, Delmira se ocupó de hacer retratos de mujeres de la burguesía montevideana que sobresalían en lo cultural y/o lo social.
Rápidamente se convirtió en un personaje de la vida cultural, siempre acompañada por su madre. Publicó, en 1907, su primera obra: El libro blanco y, en 1910, Cantos de la mañana. En febrero de 1913 publicó su tercer libro de poemas, Los cálices vacíos, poemario más abiertamente erótico que los anteriores.
"La nena", tan correcta y complaciente en su vida personal burguesa, se transformó en una figura disruptiva de la sociedad de la época gracias a su profundo talento lírico y a su osadía: Delmira Agustini confió en su potencial, en su estilo, en su expresividad y consiguió así la fama eterna. Esta dicotomía entre la "niña virginal" y la "pitonisa de Eros" se transformó en el "mito Delmira".
El 6 de julio de 1914 Enrique Job Reyes, exesposo de Delmira, la asesinó de dos disparos y luego se suicidó en una habitación que había alquilado para encontrarse con ella.
La copa del amor
¡Bebamos juntos en la copa egregia!
Raro licor se ofrenda a nuestras almas,
¡Abran mis rosas su frescura regia
a la sombra indeleble de tus palmas!
Tú despertaste mi alma adormecida
en la tumba silente de las horas;
a ti la primer sangre de mi vida
¡en los vasos de luz de mis auroras!
¡Ah! tu voz vino a recamar de oro
mis lóbregos silencios; tú rompiste
el gran hilo de perlas de mi lloro,
y al sol naciente mi horizonte abriste.
Por ti, en mi oriente nocturnal, la aurora
tendió el temblor rosado de su tul;
así en las sombras de la vida ahora,
yo te abro el alma como un cielo azul.
¡Ah, yo me siento abrir como una rosa!
Ven a beber mis mieles soberanas:
¡yo soy la copa del amor pomposa
que engarzará en tus manos sobrehumanas!
La copa erige su esplendor de llama...
¡Con qué hechizo en tus manos brillaría!
Su misteriosa exquisitez reclama
dedos de ensueño y labios de armonía.
Tómala y bebe, que la gloria dora
el idilio de luz de nuestras almas;
¡marchítense las rosas de mi aurora
a la sombra indeleble de tus palmas!
-El libro blanco (1907).
En silencio
Por tus manos indolentes
mi cabello se desfloca;
sufro vértigos ardientes
por las dos tazas de moka
de tus pupilas calientes;
me vuelvo peor que loca
por la crema de tus dientes
en las fresas de tu boca;
en llamas me despedazo
por engarzarme en tu abrazo,
y me calcina el delirio
cuando me yergo en tu vida,
toda de blanco vestida,
toda sahumada de lirio
-Los cálices vacíos (1913).