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Cultura | Kafka |

Reflexiones

Mono: una obra conmovedora

La escritora y psiconalista Doris Hajer, comparte con Caras y Caretas sus reflexiones sobra la obra "Mono" presentada recientemente en la Sala Verdi, una adaptación del cuento Informe para la academia, publicado por Franz Kafka en 1917.

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Me siento a escribir un relato sobre la obra “Mono” de Kafka que vi hace poco interpretada por Marcos Valls. La lectura del libreto en el que voy subrayando trozos de frases que podrían conformar algo que quiero expresar y que tal vez se acerca a lo que deseo hacer sin saber exactamente qué es.

Ante todo deseo reflexionar acerca de que después de bastante tiempo de no hacerlo, un monólogo me mueve a escribir sobre lo que sentí durante mi presencia en Sala Verdi -que tantos recuerdos me trae- como la necesidad que de inmediato me surgió de redactar algo.

Hasta la lectura reciente, en el instante actual sé que nunca será una reseña ni nada similar a lo que años atrás me podía surgir.

No puedo negar que me impactó tal vez de modo parecido a lo que otras veces en circunstancias aparentemente semejantes, me sucedió. Primero me respondí ya sin mucha convicción que sería por la lucidez con la que Kafka transmite nuestra sutilmente ignorada experiencia de sabernos descendientes del mono.

No dejo de lado que una obra actuada por Marcos Valls es posiblemente algo que siempre impacta de otro modo, pero no es suficiente; he visto todas las que él interpretó desde que lo conozco y ninguna me hizo tener tanta certeza que debía escribir algo sobre ella. No por ser menos importantes o profundas, sino porque estoy en una etapa de mi vida en que eso no me suele ocurrir con tanta fuerza.

Debo reconocer que escribir sobre “Mono” era tan imprescindible para mí, como intentar publicarlo.

Y acá es donde ya no puedo eludir decir una frase casi del comienzo de la obra, que de todos modos no es la principal razón de mi deseo y es la frase que a poco de comenzar Mono dice “….Hablando con franqueza: Vuestro propio origen simiesco, Señoras y Señores, no está mucho más alejado que lo que el mío está de mí y le hace cosquillas en los talones a todo aquel que pisa la tierra, tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles”.

Dejé pasar el tiempo e incluso cuando recibí el libreto que devoré en cuanto pude, seguí sintiendo lo mismo pero necesité llegar hasta hoy, sin dejar jamás de lado ese proyecto.

Otro dato que me tocó fue que la caza del mono realizada por la firma “alemana” Hagenbeck (nombre ficticio), vinculada a mis orígenes y la cercanía a la experiencia de mi adolescencia cuando mi madre me llevó navegando. Como la huella del disparo con que lo dominaron dejándole la cicatriz de la violencia con que lo subieron al barco, hicieron al desmayo del que al despertar recién pudo ver donde se encontraba y descubre que está en Alemania, la misma Alemania a la que me llevaron a mí en contra de mi deseo, el y yo indefensos, sin salida ni opción.

Sus lecturas de Frankenstein de Mary Shelley y su deseo de crear vida, hicieron surgir un monstruo incomprendido como yo me había de sentir alguna vez.

Creo que como él llegué a una cultura media de una europea intelectual que me liberó de mi jaula en mi fuero más interno. Los autores preferidos por él, como el “Fausto” de Goethe y el Lewis Carroll en ”Alicia en el país de las maravillas” fueron para mí tan fascinantes como terroríficos e imprescindibles.

Desaparecí como ser diferente y extraño, al menos en apariencia.

Nunca entendí qué era eso de la vida después de la muerte, pero en algo influyó para irme transformando a lo largo del tiempo en un ser libre.

También hubo un tiempo en que me asusté de mis sueños, pero hoy los amo tanto como él, en mi caso tanto como para ser psicoanalista y tomar las vivencias oníricas cuando era posible, como instrumento fundamental de mi trabajo.

Nunca entendí que alguien creyera en Dios y agradezco infinitamente a Kafka el habérmelo acercado de modo tan realista porque muestra el esfuerzo que algunos tenemos que hacer de ser o parecer -pese a lo que otros pudieran pensar- apenas humanos.

Gracias Marcos Valls, Franz Kafka y Beto Brown.

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