Anoche, mientras preparaba algunas fichas de clase para mis cursos del nuevo año, me topé con Carlos Real de Azúa. Fue a propósito de una de sus obras más poderosas El impulso y su freno, editada por Banda Oriental en 1964, en la época en que la editorial estaba todavía en la calle San José 1290 y el olor de las papas fritas del restaurante aledaño invadía –dicen– todo el recinto.
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Por una cosa o por la otra, el recuerdo de Real de Azúa, o lo que rodea a su figura, me mantuvo desvelada. Decir que con él se fue y no se fue una época es una frase redundante. Hay gente que se muere en los peores momentos, cuando más falta hace. Eso pasó con Paco Espínola, que decidió irse al otro mundo durante la noche del 26 de junio de 1973, en vísperas del golpe de Estado. A Real de Azúa lo mató, de varios modos, la dictadura militar. Ocurrió en 1977. Lo destituyeron de todos sus cargos docentes, lo cual significó una tropelía mayúscula, de la que no tienen ni tendrán la menor idea los esbirros de la fuerza bruta. Le arrebataron –y nos arrebataron a todos– sus clases de Literatura en Enseñanza Secundaria, en el Instituto de Profesores Artigas, donde dictaba Literatura Hispanoamericana y Estética, y en la Facultad de Ciencias Económicas, donde llegó a dar Economía Política y Ciencia Política.
Real de Azúa era una personalidad versátil, carismática y universal de las que no abundan. Fue abogado y ejerció su profesión mientras pudo soportarla, y escribió casi doscientas obras entre libros, folletos, fascículos y artículos, setenta y dos de estos últimos para el semanario Marcha. Era un personaje cuasi renacentista en su humanismo integral, que no consistía en una de esas poses medio teatrales y medio patéticas de las que hacen gala ciertos energúmenos pseudo intelectuales que se creen con el derecho divino a incursionar en todos los temas habidos y por haber.
Por el contrario, poseyó una sabiduría auténtica, evidente por sí misma, sin máscaras, sin telones de fondo y tan límpida como la fuente del conocimiento o el manantial de Mimir de la mitología nórdica, y por eso se merece un sitial de honor en el panteón de nuestros intelectuales mayores. Se le considera el precursor o el fundador de la Ciencia Política en nuestro país, en un tiempo en el que esta disciplina no estaba claramente delimitada. No se trata, sin embargo, de un asunto de fronteras epistemológicas o de disciplinas más o menos rígidas. Cuando hablamos de cabezas como la de Real de Azúa, estamos haciendo referencia a la libertad intelectual en su mayor expresión. No se especializó propiamente en ningún terreno, salvo tal vez en derecho y en literatura; pero a derecho lo abandonó muy pronto, porque –como narra Sylvia Lago– “no tenía mucho que ver con su destino”.
Su carácter se reflejaba en sus clases. Bromista, distendido, transgresor, a la vez que dueño de una solidez indescriptible en el tratamiento de los temas, Real es de esos pensadores que, como Rousseau, resultan engañosos. Dicen en una simple línea muchas más cosas de las que parecen decir. Su significado no parece agotarse jamás. Por eso mismo se han erigido en clásicos.
El impulso y su freno, cuyo tema central es el batllismo de Don Pepe, pudo haber sido escrita ayer. La pregunta disparadora, que aparece desde el tercer renglón, es la siguiente: “¿Por qué se detuvo el impulso progresivo que un partido –el Batllismo– imprimió al Uruguay en las primeras décadas de este siglo?”. El propio autor se adelanta a suponer las “reacciones pasionales” que “se presentarán en bandada”, según expresa, ante la pregunta (y eso que no existían las redes virtuales, desde las cuales habría recibido sin la menor duda una buena catarata de insultos). Algunos señalarán, prosigue, que si el impulso batllista se detuvo “es porque el país no fue fiel, o bastante receptivo, a los postulados y a la acción de Batlle”. Pero agrega: “No resulta, empero, muy audaz afirmar que asistimos a un fenómeno de verdadera esquizofrenia política: la mayoría de los uruguayos vota cada cuatro años en carriles conformistas y viven, después, a lo largo de ese cuatrienio, en una sardónica, inorgánica, mortecina rebeldía […]”.
No es nuestra intención, ni disponemos de espacio para hacerlo, efectuar aquí un análisis de El impulso y su freno. Nos alcanza con acercar a los lectores a la dimensión y a la hondura del pensamiento de nuestro Real de Azúa, quien se dedica a lo largo del libro a abordar, desde varias dimensiones y enfoques teóricos, el “progresismo” de aquel batllismo frustrado, que consistió en un desplazamiento desde la hegemonía social de los sectores agrarios tradicionales hacia el “derecho social” o tutela de los trabajadores por medio de una “eficaz legislación laboral”. Un progresismo que incluyó la consabida estatización y nacionalización de ciertos sectores de la vida económica, y que supo plasmar, como nunca antes en la historia del Uruguay, derechos y garantías individuales “entre las que se da, por manifestación y derivación consecuente, la extensión, difusión y universalización de la educación”.
Todo eso y más era el progresismo batllista para Real de Azúa. Era el reemplazo de estructuras militares por civiles; era la sustitución de vínculos estamentarios –o sea, medievales, rígidos, tradicionales, en los que quien nacía peón rural moría como peón rural– por vínculos individuales y contractuales; era la instauración de lo racional y deliberativo, en lugar de lo espontáneo e intuitivo (por no decir lo improvisado, lo facilista, lo imprudente, lo ignorante).
Hasta acá cualquiera podría considerar que ese aparente progresismo era lo mejor que le podía pasar al país. Y seguramente lo era. Pero Real de Azúa, que es incisivo y demoledor como Rousseau, introduce otros cuestionamientos. Presentemos el revés del derecho y el derecho del revés, parece decirnos. Hundamos el escalpelo a fondo, sin preconceptos, sin falsas premisas y sin mediocres anticipaciones desprovistas de la más elemental actitud analítica. ¿Era tan progresista ese progresismo?, se pregunta. ¿Terminó siendo equívoco y ambiguo, hasta “devenir en factor de estancamiento, de agotamiento y hasta de involución”? ¿Pudo existir, entre los móviles y los resultados, alguna “inocultable divergencia”? Espero, a estas alturas, haber entusiasmado lo suficiente a los lectores como para que corran a conseguir este libro, archiagotado y muy raro en las librerías.
El escritor cubano italiano Italo Calvino dice, en una de sus novelas (titulada Si una noche de invierno un viajero), que cuando uno entra a una librería suele encontrarse con “la tupida barrera de los Libros Que No Has Leído, que te miran ceñudos… tratando de intimidarte”. Pero lo interesante es que entre ellos “se despliegan hectáreas y hectáreas de los Libros Que Puedes Prescindir de Leer, de Los Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura, de los Libros Ya Leídos Sin Necesidad Siquiera de Abrirlos”.
Están también los que valen la pena. Los libros que deberías leer –y para hacerlo tendrías que dejar un ratito el celular, la tablet y las series, porque creeme que tu vida está en juego, y no exagero–; esos libros, repito, que deberías leer son tantos que no te alcanzaría la vida para hacerlo. Pero como todo tiene un lado bueno y un lado malo, resulta que podemos elegir entre tantos libros imprescindibles, antes de que sea demasiado tarde, tres o cuatro, digamos, que nos harán mejores personas, más pensantes, más analíticos, más lúcidos, algo más inteligentes, y algo menos ingenuos y estúpidos. Y una de esas obras es, por lo menos para cualquier uruguayo que se precie de tal, El impulso y su freno. También vale, cómo no, darse una vueltita por las páginas de Si una noche de invierno un viajero. Es que las cosas lindas de la vida, las cosas útiles, las cosas portentosas que no se dan así como así, son como las oportunidades. Hay que agarrarlas al vuelo. Un Real de Azúa, además de constituir un orgullo nacional, no se da todos los días. Aprovechémoslo.