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El crecimiento económico: el gran enigma que sigue sin resolverse

Salvo excepciones, especialmente en Asia, la mayoría de los países en desarrollo no han logrado cerrar la brecha de ingresos con las economías avanzadas.

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Durante décadas, una de las promesas más importantes de la economía del desarrollo fue la convergencia. La teoría sostenía que los países más pobres, al contar con menores niveles de capital y productividad, crecerían más rápido que los países ricos y terminarían acercándose gradualmente a sus niveles de ingreso. Sin embargo, la realidad ha sido mucho más compleja. Salvo algunas excepciones notables, especialmente en Asia, la mayoría de los países en desarrollo no han logrado cerrar la brecha de ingresos con las economías avanzadas.

Este es el punto de partida del reciente análisis del economista chileno Andrés Velasco, quien retoma una pregunta tan antigua como vigente: ¿por qué algunos países se desarrollan y otros permanecen rezagados? Su respuesta es provocadora. A su juicio, la economía del desarrollo ha abandonado la búsqueda de respuestas a esta gran interrogante para concentrarse en problemas más pequeños, específicos y medibles, perdiendo de vista el desafío central del crecimiento económico.

Mucho progreso, poca convergencia

Los datos muestran una aparente contradicción. En las últimas décadas numerosos países de ingresos medios y bajos han mejorado significativamente sus indicadores sociales y económicos. La esperanza de vida aumentó, los niveles educativos crecieron, la mortalidad infantil disminuyó, las instituciones se fortalecieron y las tasas de inversión alcanzaron niveles históricamente elevados.

Sin embargo, estos avances no se han traducido en una convergencia sostenida con los países desarrollados. La brecha de productividad continúa siendo enorme y los ingresos per cápita de gran parte de América Latina, África y algunas regiones de Asia siguen muy lejos de los niveles observados en Europa, América del Norte o las economías más avanzadas de Asia.

Esta situación obliga a preguntarse si los factores tradicionalmente asociados al desarrollo son suficientes para explicar el crecimiento económico de largo plazo.

El giro de la economía del desarrollo

Velasco sostiene que durante los últimos veinticinco años la economía del desarrollo experimentó un cambio metodológico profundo. Frente a la dificultad de explicar las causas del crecimiento nacional, muchos investigadores optaron por concentrarse en problemas más acotados y susceptibles de ser analizados mediante experimentos controlados y evaluaciones de impacto.

De esta manera, la pregunta sobre cómo transformar estructuralmente una economía fue sustituida por preguntas mucho más específicas: ¿funciona una transferencia monetaria?, ¿mejora la asistencia escolar entregar alimentos?, ¿aumenta el ingreso familiar regalar activos productivos?, ¿tiene efectos positivos desparasitar niños?

Sin duda, estas investigaciones han aportado evidencia valiosa para mejorar políticas públicas concretas. Sin embargo, como señala Velasco, ninguna de ellas explica por qué algunos países logran multiplicar su productividad durante décadas mientras otros permanecen estancados.

En otras palabras, se avanzó en la comprensión de intervenciones puntuales, pero se dejó de lado el estudio de los procesos de transformación económica a gran escala.

El verdadero desafío: integrar a las personas a la productividad

Uno de los aportes más relevantes citados por Velasco proviene del economista Lant Pritchett, quien sostiene que el principal problema del desarrollo no es únicamente reducir la pobreza, sino integrar a las personas a actividades productivas de alta productividad.

Esta afirmación parece simple, pero tiene profundas implicancias.

Una economía no se transforma solamente porque aumente la escolarización o porque mejoren ciertos indicadores sociales. El desarrollo requiere que millones de trabajadores puedan incorporarse a sectores capaces de generar más valor agregado, mayores salarios y niveles crecientes de innovación.

La historia económica muestra que los países que lograron desarrollarse no lo hicieron exclusivamente mejorando indicadores sociales. Lo hicieron transformando su estructura productiva.

Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y, más recientemente, China, construyeron capacidades productivas complejas mediante procesos deliberados de aprendizaje, industrialización, incorporación tecnológica y fortalecimiento empresarial.

El papel del Estado y la coordinación productiva

Aquí aparece uno de los elementos centrales del planteo de Velasco.

Las capacidades productivas avanzadas no surgen espontáneamente por la acción exclusiva de los mercados. Requieren inversiones coordinadas, infraestructura adecuada, formación de recursos humanos especializados, acceso a tecnología y políticas públicas consistentes en el tiempo.

La evidencia histórica muestra que detrás de los grandes procesos de transformación productiva existieron Estados capaces de coordinar actores, identificar sectores estratégicos y generar condiciones para el desarrollo de nuevas actividades.

Esto no implica sustituir al mercado ni planificar centralmente la economía. Significa reconocer que la construcción de capacidades productivas es un proceso colectivo que exige coordinación entre empresas, trabajadores, universidades, centros tecnológicos y organismos públicos.

Cuando esta coordinación no existe, las economías tienden a especializarse en actividades de baja complejidad y escaso crecimiento de la productividad.

América Latina y el desafío pendiente

La reflexión de Velasco resulta especialmente relevante para América Latina.

La región ha logrado avances importantes en educación, salud y reducción de la pobreza. Sin embargo, continúa enfrentando dificultades para transformar su estructura productiva y generar sectores dinámicos capaces de impulsar un crecimiento sostenido.

La productividad permanece estancada en muchos países y la especialización continúa concentrada en actividades basadas en recursos naturales o en sectores con limitada incorporación tecnológica.

El resultado es una economía que mejora socialmente, pero que encuentra dificultades para generar los niveles de riqueza necesarios para converger con las economías más avanzadas.

Esto ayuda a explicar por qué, a pesar de décadas de reformas, estabilidad macroeconómica y expansión educativa, América Latina continúa creciendo a tasas relativamente modestas en comparación con otras regiones.

Un debate que vuelve al centro de la agenda

La principal contribución de Velasco consiste en recordar que el crecimiento económico sigue siendo el gran problema no resuelto del desarrollo.

La reducción de la pobreza, la mejora de la educación o el fortalecimiento institucional son objetivos fundamentales, pero difícilmente sean sostenibles sin una economía capaz de generar aumentos permanentes de productividad.

Por ello, el debate sobre desarrollo debe volver a preguntarse cómo se construyen capacidades productivas, cómo se generan sectores de mayor complejidad tecnológica y cómo se logra que millones de personas participen de actividades económicas cada vez más productivas.

La experiencia internacional muestra que el crecimiento sostenido no es un fenómeno espontáneo ni inevitable. Es el resultado de decisiones políticas, capacidades institucionales, aprendizaje tecnológico y estrategias de desarrollo de largo plazo.

El artículo de Andrés Velasco plantea una crítica necesaria a la forma en que se ha estudiado el desarrollo durante las últimas décadas. La obsesión por medir intervenciones específicas permitió mejorar muchas políticas públicas, pero dejó sin responder la pregunta más importante: ¿cómo se transforma una economía para que pueda generar prosperidad sostenida para toda su población?

En un contexto internacional marcado por la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la transición energética y la reorganización de las cadenas globales de valor, esta pregunta adquiere una relevancia aún mayor.

El verdadero desafío del desarrollo sigue siendo el mismo que preocupaba a los economistas hace medio siglo: construir sociedades capaces de aumentar sistemáticamente su productividad, generar empleos de calidad y ofrecer oportunidades de progreso para las generaciones futuras. Mientras no se encuentren respuestas efectivas a ese desafío, la convergencia entre países ricos y pobres continuará siendo una promesa más que una realidad.