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El problema de las estadísticas es un problema del país

Sin estadísticas confiables no existen políticas públicas de calidad, ni pueden tomarse decisiones adecuadas en materia económica, educativa, o territorial.

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En toda democracia existe una institución silenciosa que pocas veces ocupa titulares, pero cuya tarea resulta indispensable para el funcionamiento del Estado y de la economía: el Instituto Nacional de Estadística (INE). En nuestro país siempre ha sido relevante y su calidad ha sido indiscutible. Es el organismo encargado de producir la información oficial que permite conocer quiénes somos, cómo vivimos, cuánto crece la economía, cuántas personas trabajan, cuál es el nivel de pobreza, cómo evoluciona la inflación, qué ocurre con la población y cuáles son las principales transformaciones sociales y productivas del país.

Sin estadísticas confiables no existen políticas públicas de calidad. Tampoco pueden tomarse decisiones adecuadas en materia económica, educativa, sanitaria, laboral o territorial. Las empresas invierten utilizando información estadística; los gobiernos diseñan políticas sobre la base de esos datos; los organismos internacionales evalúan al país a partir de ellos; la academia desarrolla investigaciones; y la ciudadanía controla la acción pública mediante indicadores objetivos. Por eso, el INE constituye mucho más que una oficina pública. Es una institución estratégica para el funcionamiento del Estado y para la calidad de la democracia.

Una trayectoria construida durante décadas. Uruguay posee una larga tradición estadística. A lo largo de los años el INE ha construido un importante prestigio técnico, basado en la profesionalización de sus equipos y en la independencia metodológica de sus procesos. De allí surgen indicadores tan relevantes como la Encuesta Continua de Hogares, las mediciones de pobreza, empleo, ingresos, inflación, censos de población y vivienda, estadísticas demográficas y múltiples investigaciones que sirven de referencia permanente para la toma de decisiones. Esa credibilidad no se construye de un día para otro. Requiere décadas de acumulación técnica, metodologías rigurosas, controles de calidad, actualización permanente y, sobre todo, equipos altamente especializados. Las estadísticas oficiales no son simplemente el resultado de procesar bases de datos. Detrás de cada indicador existe un enorme trabajo de diseño muestral, construcción conceptual, trabajo de campo, procesamiento, validación, análisis y difusión que requiere profesionales con formación específica y experiencia acumulada.

Un organismo cada vez más exigido pero sin embargo, las demandas sobre el INE son hoy muy diferentes a las de hace veinte años. La revolución digital, la disponibilidad de registros administrativos, el uso de grandes bases de datos, la georreferenciación, la inteligencia artificial y las crecientes necesidades de información obligan a producir estadísticas más complejas, más oportunas y con mayor nivel de desagregación. Los usuarios ya no demandan únicamente indicadores nacionales. Requieren información por barrios, municipios, grupos poblacionales, sectores productivos, género, edad y territorio. También exigen mayor frecuencia de actualización y acceso abierto a los microdatos para investigación. Al mismo tiempo, el propio Estado necesita integrar información proveniente de múltiples organismos para construir mejores indicadores y evaluar políticas públicas. Paradójicamente, mientras aumentan las exigencias, los recursos disponibles no siempre evolucionan al mismo ritmo.

La preocupación por los recursos. En los últimos días el sindicato del Instituto Nacional de Estadística manifestó públicamente su preocupación por la insuficiencia de recursos humanos y por las dificultades para cubrir vacantes. La advertencia va más allá de una reivindicación laboral. Lo que está en discusión es la capacidad futura del organismo para sostener la producción estadística con los estándares de calidad que históricamente caracterizaron al país. Los trabajadores señalan que la reducción de personal puede afectar la continuidad de operaciones estadísticas permanentes, dificultar la incorporación de nuevas metodologías y generar una dependencia creciente de contrataciones externas para tareas altamente especializadas. También expresan reparos respecto a la posibilidad de sustituir determinadas operaciones estadísticas por registros administrativos cuando estos aún no alcanzan el grado de cobertura, calidad e integración necesario para reemplazar completamente a las encuestas tradicionales. Se trata de una discusión eminentemente técnica que merece ser abordada con profundidad.

El riesgo de perder capacidades pero una de las mayores fortalezas del INE es su capital humano. La estadística oficial requiere economistas, estadísticos, demógrafos, matemáticos, sociólogos, ingenieros, informáticos, especialistas en muestreo, analistas de datos y expertos en tecnologías de información. Son perfiles altamente demandados también por el sector privado, donde muchas veces las remuneraciones resultan considerablemente más atractivas. Cuando un organismo pierde estos recursos humanos no pierde únicamente funcionarios. Pierde conocimiento acumulado, experiencia metodológica y capacidad institucional. La formación de un especialista en estadísticas oficiales lleva años. Su sustitución no es inmediata. Por eso, fortalecer el INE no consiste únicamente en incorporar nuevos cargos. También implica desarrollar políticas de retención de talento, actualización profesional y modernización tecnológica.

La situación adquiere especial relevancia porque Uruguay atraviesa un proceso de profunda transformación estadística. El país viene fortaleciendo el uso de registros administrativos, desarrollando convenios interinstitucionales, ampliando el acceso a microdatos, modernizando metodologías y promoviendo una mayor articulación del Sistema Estadístico Nacional. A ello se suma la necesidad de actualizar instrumentos estratégicos como la Cuenta Satélite de Turismo, revisar metodologías económicas, profundizar las estadísticas ambientales y avanzar hacia sistemas integrados de información para evaluar políticas públicas. Todo ello requiere un INE fuerte. No parece razonable impulsar una agenda cada vez más ambiciosa sin asegurar simultáneamente las capacidades institucionales necesarias para sostenerla. La falsa dicotomía entre eficiencia y recursos. En ocasiones se plantea que la incorporación de nuevas tecnologías permitirá producir estadísticas con menos personal. Es cierto que la digitalización genera importantes ganancias de eficiencia. Pero también crea nuevas necesidades técnicas. Procesar registros administrativos, desarrollar algoritmos de validación, integrar bases de datos, garantizar la confidencialidad de la información, administrar laboratorios de microdatos y aplicar técnicas de inteligencia artificial exige perfiles profesionales distintos y, en muchos casos, aún más especializados.

La tecnología no elimina la necesidad de equipos técnicos; transforma sus funciones. Fortalecer al Instituto Nacional de Estadística debería entenderse como una inversión institucional. La calidad de las estadísticas condiciona la calidad de las políticas públicas. Una mala medición del empleo puede conducir a políticas laborales equivocadas. Errores en la medición de la pobreza afectan la focalización del gasto social. Estadísticas económicas incompletas dificultan la evaluación de sectores estratégicos. Datos insuficientes reducen la capacidad del país para atraer inversiones o negociar financiamiento internacional. El costo de producir buenas estadísticas es muy inferior al costo de tomar decisiones con información deficiente.

El fortalecimiento del INE trasciende cualquier gobierno. Las estadísticas oficiales constituyen un bien público cuya credibilidad depende precisamente de su independencia técnica y de la estabilidad institucional. Por eso resulta fundamental que el país mantenga una política de largo plazo para el desarrollo estadístico nacional, asegurando recursos humanos calificados, infraestructura tecnológica adecuada, actualización metodológica y mecanismos permanentes de coordinación entre organismos. Uruguay ha construido durante décadas un sistema estadístico reconocido internacionalmente por su calidad. Preservar ese patrimonio exige comprender que la información pública no es un insumo secundario, sino uno de los pilares sobre los cuales se apoyan las políticas públicas, la transparencia institucional y el propio desarrollo del país. En un mundo donde los datos son cada vez más importantes para decidir, planificar y evaluar, fortalecer al Instituto Nacional de Estadística no es una demanda corporativa: es una condición para que Uruguay siga contando con información confiable, independiente y de calidad para construir su futuro.

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