(Un cuento de ficción. Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.)
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“La mejor vacuna, aún, ¡sigue siendo el tapaboca!”, dijo el Ithan Junt presidente de aquella pequeña república sudamericana, tolerante y democrática. “Por más medidas que el gobierno impulse, si no se mantiene la burbuja, si persistimos con las fiestas clandestinas, si organizamos asados con 15 o más personas, si hacemos juntadas…¡Ya está! ¡No hay medida que resista la falta de cuidados!”, remarcó,
Sus expresiones reafirmaban conceptos de un año atrás, cuando -contradiciendo la opinión de amplios sectores de la sociedad- ponía punto final a la cuarentena preventiva, y anunciaba los primeros pasos hacia “un tiempo de aperturas”, con la “tranquilidad de estar bien asesorado”, y contar con “respaldo político, técnico y científico”. “Lo que esparamos ahora”, puntualizaba, “es el buen uso de la “libertad responsable”, que nos permitirá seguir avanzando hacia “la nueva normalidad”, en un plazo que dependerá, obviamente, de la conducta de los ciudadanos”. Tras estos dos fundamentos – “Libertad Responsable” y “Nueva Normalidad”- iría construyendo de ahí en más, las “¿fortalezas?” de su gobierno, y la carta de presentación del mismo, como paradigma universal en el manejo de la situación del Covid-19.
Nadie tuvo claro, entonces, ¿por qué la pandemia había demorado tanto en llegar al país?; y además ¡con tan ¿escasa? virulencia! ¿Se debió a la geografía?, ¿a logros y esquemas sanitarios de anteriores gobiernos?, ¡a políticas públicas de larga data llevadas en el país!; a la BCG, al mate, o la carne, ¡como sostenían algunos! ¡Lo cierto es que poco importaron las razones! La emergencia ofrecía un “blindaje” perfecto al Ithan Jant presidente, que le permitía emerger como abanderado de aquel promocionado “logro”, y asumir, en forma personal, los resultados que pudiere conllevar; porque: “Un gobernante tiene que ser responsable, hacerse cargo de las cosas”.
Como cualquier humano con más de dos dedos de frente, también el Ithan Jant se daba cuenta, que no había santo que evitase que las nuevas versiones del virus -y todas sus nefastas consecuencias- vulnerasen las fronteras de aquella sociedad. Por lo que se abocó a la urgente tarea de hacerse con las vacunas salvadoras -que comenzaban a ser reclamadas por la población. En agosto, su Ministro de Salud, anuncia con solemnidad, la firma de un “compromiso de compra” por “tres millones de dosis” de un “reconocido laboratorio”; que se suman a otro “millón y medio” adquiridas a través de un “mecanismo comunitario”. ¡El país se aseguraba la “vacunación de 2,5 millones” de habitantes! El Ministro expresaba su “ confianza plena” en el procedimiento.
Las primeras dudas sobre el acuerdo, surgen cuando a mediados de octubre el Presidente publica en su tweet: “La única vacuna que hoy tenemos, ¡es el tapaboca!”. ¡Sorpresa… y media! Porque entonces, las vacunas anunciadas: ¿qué pasó con ellas? Algo no cerraba. Algo andaba mal. La destitución de un funcionario de alto rango del Ministerio, dos meses luego, echó luz sobre el asunto. ¡El acuerdo se había caído! Estábamos como al principio. ¡O peor!: ahora últimos en la fila de compradores, en un escenario de demanda estimulada por un Covid “recargado”, y una especulación de los laboratorios que aprovechaban la Libertad (¿Responsable?) del Mercado.
A partir de entonces, idas y venidas, visitas a gobiernos vecinos, ofrecimientos de empresarios, llamados al exterior, favores de amigos, todo en el más cerrado hermetismo: ”Es cuestión de Estado, se pueden frustrar las negociaciones. D ecir más de lo necesario supone perder mucho para el país”, se afirmaba desde las altas esferas del gobierno. Una increíble declaración de Secretaría pretendió justificar la siesta (fiesta) de aquel precioso tiempo perdido, y quitar de en medio responsabilidades oficiales: “Estamos estudiando entre 13 vacunas posibles” (¿recién ahora? Y entonces, ¿sobre qué bases había resuelto el Ministro en agosto?; anteponemos “lo científico por encima de lo político” (¡me suena a cita conocida!); se trata de “priorizar ante todo la “seguridad”, a la vacuna escogida” (una frase ¡a lo “guapo”!). “Ni la más barata, ni la más rápida, sino la más segura” (definitivamente, ¡esta máxima no es del “Lito”!).
En febrero pasado, seis meses después de la festejada solución (posteriormente frustrada) del Ministro, el gobierno da cuenta del arribo de las primeras dosis de vacunas al país, que completaría el inicio de los procesos de vacunación en la región. Para entonces, el covid se había disparado en la pequeña y democrática república latinoamericana, alcanzando índices de contagio y mortalidad desconocidos. Un informe técnico hacía referencia al desborde del sistema de salud, y el consiguiente fracaso del primer nivel de atención: “está superada la capacidad de rastreo, identificación, seguimiento y aislamiento de contactos”, a la vez que “la saturación de la capacidad asistencial, la fatiga y el debilitamiento de los equipos de los CTI, pasan ahora a ser componente crítico en la respuesta del sistema de salud”. Hubo fallecidos por falta de cuidados de calidad; muertos que no pasaron por los CTI; muertos por selección, en la tómbola diabólica y cruel de los CTI, a que fueron sometidos los médicos directores; muertos en sus casas, sin asistencia; muertos caídos en el piso de la sala del Hospital, informado su deceso varios días después; hubo…
Y hubo -al decir del Ithan Jant Presidente de la pequeña nación sudamericana-, “muertes que podrían haber sido evitables; ¡con otras conductas podrían haber sido evitables!”.
¡Ay si aquellos meses de agosto a diciembre de 2020 –tan irrecuperables como las muertes por covid registradas– hubiesen sido aprovechados, realmente, para aproximar la llegada de las vacunas! ¡Ay si la libertad responsable, tan invocada para el accionar de la gente común, del ciudadano simple y desamparado, no hubiese resultado subyugada por la euforia de la soberbia exitista e irresponsable, en el caso del gobierno! ¡Cuántas muertes podrían haber sido evitables!
En una democracia real, un fracaso tan tremendo de la política pública, con tan alto costo en vidas e indisimulables fallas de gestión -como el que el capítulo describe- seguramente hubiera implicado la remoción del ministro. Pero en esta democracia virtual, la de “este cuento de ficción ”, esta democracia asentada en “mayorías cargáticas”, el Ithan Jant presidente y sus ministros saben que esta hipótesis ¡no es de recibo! El gran prestidigitador es consciente de que ha logrado “anestesiar” la sensibilidad de la sociedad, que hoy prefiere “vivir” contando los días que le faltan para tomar la segunda dosis de su vacuna, antes que reparar en la “muerte” que sigue amontonando cuerpos en la fosa colectiva del “no me digas, no quiero saber”.
Sobre estas cuestiones -tal vez- reflexionaba el indolente Ithan Jant presidente, mientras con un mondadientes retiraba restos de una morcilla dulce que acababa de degustar, en la comilona con su burbuja del “COME-BOL.U-2”
(¿Continuará?)
Hagar.
Héctor Acosta García.