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La división del poder

Por Celsa Puente.

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Vivimos en una sociedad donde desde el principio de los tiempos las mujeres hemos sido vistas como prescindibles, sacrificables, sin voz, circunscriptas al ámbito privado y con una presencia en el ámbito público exclusivamente asociada a algunas tareas o profesiones cuidadosamente establecidas. La estigmatización, la desigualdad, la precarización de lo laboral y de nuestras vidas han sido constantes. Hay ciertas inercias inscriptas en todos los niveles sociales que nos colocan en situación de subordinación porque el orden patriarcal funciona como una estructura que se pretende inamovible por quienes lo sostienen. Los hombres pactan la división del poder. Y quiero dejar muy claro que no es esta una columna contra los hombres. No comparto la mirada de estar “contra” el género masculino en principio y fundamentalmente porque comparto el amor por el género humano en toda su dimensión con la profundidad más definitiva de la expresión. Todas las personas nos merecemos el mayor de los respetos y el goce de una vida digna por ser tales, más allá del sexo y el género que tengamos. También quiero contarles que he traído un hombre al mundo, soy hija de otro al que amé y cuidé hasta que dio su último suspiro y vivo con otro hombre con el que soy muy feliz desde hace más de treinta años. El amor dado y recibido me sobra y justamente es el motor para establecer las necesarias condiciones de igualdad que todos los humanos nos merecemos.

Por eso soy una luchadora y quiero destituir el orden simbólico imperante que se expresa en el pacto que los hombres tienen construido y que resisten desanudar. Es ese pacto del que nos habla Celia Amorós -el pacto entre los hombres que se reconocen interlocutores y sujetos políticos- el que genera la exclusión de las mujeres. Efectivamente, los varones definen cómo organizar el mundo y en esa organización deciden el segundo plano para el ejercicio vital de las mujeres. Nos quieren hacer creer que no sabemos pactar, que no tenemos conocimientos, habilidades ni destrezas para agendar ni pactar porque siempre hemos estado excluidas intencionalmente. Entre otras figuras es necesario trabajar con los testigos, porque el patriarcado como todo sistema de abuso cuenta con testigos silenciosos que parecen pasivos y que con su silencio y sin mucha conciencia ayudan a la preservación del sistema. Hay un componente importante en la transformación de los testigos, hasta ahora impotentes, en actores activos, capaces de testimoniar para que la novedad acontezca, para que la capacidad de cambiar la historia opere. Muchas mujeres, incluso sin saberlo, aportan a esa fuerza inercial que presenta a las mujeres como desacreditadas y desacreditables.

A veces pensamos poco en esta circunstancia y sus efectos. Esta situación es la que explica por qué muchas veces aceptamos el estilo masculino y patriarcal y nos enfrentamos entre nosotras; sin embargo, es bueno señalar que al sentir cuán contradictorio es conducirnos así, cuán inadecuado es ese proceder, detectamos la necesidad de construir la alianza entre las mujeres desde una posición política de género. Hay que realizar una crítica deconstructiva de la agenda y de los pactos a la usanza masculina, las formas excluyentes, sectarias, supremacistas y violentas de enfrentar la disidencia y los conflictos. Hay que entender cuánto nos daña a todas desacreditarnos y descalificarnos porque en esta lucha nadie es más que nadie y perdemos todas, toditas, si no somos todas juntas la fuerza propulsora de la igualdad.

Ser mujer no nos exime de ser machistas, al contrario, es claro que las grandes perpetuadoras de la lógica patriarcal hemos sido las mujeres, particularmente las madres que a fuerza de reiteración y automatismos hemos enseñado a los hijos a disfrutar del beneficio de ser hombres y a las hijas a servir y callar. Eso nos han enseñado, eso hemos repetido en forma automática e inconsciente, contra esos automatismos estamos instalando el cambio. Ser hombre tampoco te condena inevitablemente. Para nuestra tranquilidad y alegría, algunos hombres están dispuestos a acompañar la lucha junto a nosotras por la igualdad y la justicia. Es que la cuestión no es simple y no admite razonamientos lineales. La cuestión es sensibilizar (nos) todos/as para habitar un mundo que nos albergue por igual y destituya la lógica de la subordinación y también de la oposición definitiva. No queremos matar, no queremos morir. Queremos compartir el mundo en igualdad de condiciones.

Entonces, aparece la pregunta: ¿cómo convocar a la solidaridad humana si no somos solidarias entre nosotras? Es esta una pregunta que va y vuelve a mi cabeza una y otra vez cuando compruebo cómo las mujeres tenemos tan bien aprendida la estrategia fragmentadora del patriarcado. Los hombres difícilmente se desestiman públicamente como colectivo. Ellos pactan la división del poder. Hagamos el ejercicio de la sororidad, tal como lo expresa Marcela Lagarde, como ejercicio de la dimensión ética, política y práctica, como “experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres para contribuir a la eliminación de toda forma de opresión” para lograr el empoderamiento vital y una vida más justa para todas y todos.

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