Mientras en Montevideo muchos descargan tensiones con una caminata por la rambla, una sesión de gimnasio o el clásico mate con amigos, del otro lado del hemisferio, en Chicago, un grupo cada vez más numeroso apuesta por una solución más radical —y liberadora—, gritar a todo pulmón frente al lago Michigan.
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Se trata del Scream Club Chicago o "el club del grito", un encuentro gratuito que ocurre todos los domingos a las 19 horas, donde decenas de personas se reúnen a liberar emociones contenidas con un solo acto, gritar en grupo, de cara al agua, con el viento como único testigo.
El impulsor de esta idea es Manny Hernández, un entrenador de respiración que se mudó desde Los Ángeles buscando una forma más humana de procesar el estrés. La fórmula es que los asistentes escriben en papel biodegradable lo que quieren soltar (una frustración, una pena, un enojo), lo arrojan al lago… y luego, gritan. Juntos.
“Sientes que no estás solo. Que lo que llevas dentro también lo están cargando otros. Y eso ya es un alivio”, dicen algunos de los participantes.
Aunque parezca excéntrico, la terapia del grito tiene antecedentes. En los años 70, el psicólogo Arthur Janov —quien tuvo entre sus pacientes a John Lennon— defendía que el dolor reprimido desde la infancia podía liberarse a través del grito. Hoy, en plena era de ansiedad digital, redes sociales y burnout, esa práctica vuelve con fuerza.
Y mientras el club de Chicago se vuelve viral, la pregunta se impone en cualquier ciudad del mundo, también en Uruguay. ¿Cuánto acumulamos en silencio? ¿Cuánto tragamos sin decir nada, sin soltar?
¿Y si en vez de aguantar… gritamos?
El club del grito todavía no tiene sede en Montevideo. Pero quizás no falte tanto para que a alguien se le ocurra reunir a otros al atardecer, en la rambla o cualquier otro lugar para probar lo que parece impensado y sin embargo tan necesario, gritar como forma de cuidar la salud mental.
Porque a veces, para seguir adelante, hay que empezar por liberar. Aunque sea con un grito.