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Sociedad

Mariana Mendy: «Si es de derecha no es feminismo»

La socióloga sostiene que un país no debería “ahorrar” en infancia, educación, vivienda, salud y derechos, que el neoliberalismo defiende que algunas personas son “descartables”. Asegura que si en el Uruguay actual no hay riesgo de quiebre social es fundamentalmente por la respuesta del tejido social del movimiento sindical y la sociedad civil que “están dando esa batalla” y no permitirán “que nadie quede por el camino”. Está convencida que si un gobierno del FA hubiera aprobado una LUC de izquierda, “habríamos tenido poco menos que un golpe de Estado”.

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Textos: Alfredo Percovich

Producción: Viviana Rumbo

 

Mariana Mendy es magíster en Sociología y está cursando el doctorado en la disciplina. Es docente grado 4 y coordinadora de la Unidad Académica del Servicio Central de Extensión de la Universidad de la República. Desde su rol académico, hace más de veinte años que participa en distintos espacios de estudio y análisis relacionados con la sociología del trabajo. Ha colaborado con el Proyecto Industria Integrada del Instituto Cuesta Duarte, así como también con distintos sindicatos y federaciones sindicales.

 

¿Cuál es tu visión sobre la grieta de la que tanto hablamos? Te lo pregunto especialmente en relación a la hostilidad hacia los sindicatos y trabajadores en general de una parte de los votantes del gobierno. ¿Hay desconocimiento y cierta lejanía o es directamente odio de clase?

Yo creo que hay las dos. A este gobierno lo votaron dos clases de personas: los votaron quienes querían esto, que es el voto de clase, son gente que sabe lo que va a hacer esta coalición y que quieren eso. Es un voto consciente. Y hay otra gente que lo votó basado en la influencia de los medios, cierto enojo, ignorancia e  individualismo. Creo que en este grupo no se puede señalar que se trate de odio de clase. En relación a estas personas, creo que con el paso del tiempo y la marcha del gobierno se irán desencantando sobre lo que votaron. Hay gente que puede ser engañada por determinados factores bien estructurados en una campaña, pero la gente no es tonta. Mucha gente puede ser engañada, estar equivocada o interpretar las cosas de distinta forma de la que las interpreto yo.

 

También puede estar legítimamente enojada o decepcionada con el gobierno anterior

Y ese es otro grupo de personas, más ligadas a un proyecto. Eso está en disputa.

 

¿Cómo impacta en la sociedad la pérdida de 60.000 puestos de trabajo que es lo que aconteció hasta ahora en la pandemia?

Eso impacta durísimo y mal. En 2002 veníamos de un proceso de evidente deterioro del tejido social y las condiciones de vida. Cuando explotó la crisis, empeoró. Ahora es posible que haya un acumulado de cierto bienestar. El tema es que en los hogares de los trabajadores el bienestar se termina pronto. Porque hay gente que tuvo acceso a determinado confort hogareño, salud, educación, un mejor lavarropas y hasta un auto para pasear con la familia. Pero cuando te quedás sin trabajo y vienen las facturas de la luz, el agua, la patente, vos tenés que recortar gastos. Recuerdo cuando mi padre se quedó sin trabajo allá por  1983, mis padres no comían. La angustia de los mayores de la casa no te la borrás más. Yo era adolescente y para mí comer una torta frita de almuerzo no significaba nada traumático. Me angustiaba la situación de desesperación de los mayores. Creo que en la actual crisis, hay una inestabilidad muy compleja pero se sobrelleva por lo que pudimos avanzar en estos últimos años. Y también es muy notorio que existe un soporte de la propia  sociedad a través de las ollas. Eso lo tendría que sostener el Estado y no lo está haciendo. Ahora, como solución, las ollas son algo paliativo pero no está bueno que la gente tenga que hacer una cola en su barrio para que le den un plato de comida. Las ollas son una respuesta solidaria de la sociedad organizada, pero no deberían ser la solución. En los comedores de las escuelas, la crisis se vive y muy claramente se percibe con los ojos de las madres. En la escuela de mi hija el comedor estuvo cerrado por fumigación. Y vi madres que se acercaron a hablar en voz baja con la directora porque notoriamente no tenían otra posibilidad de darles alimentos a sus hijos. Había mamás que tomaron ese cierre del comedor sin mucha preocupación y vi otras con ojos de desesperación porque en la casa seguramente no tendrían nada para darles de comer a sus hijos. Y el comedor de la escuela es una instancia mucho más digna y menos estigmatizante que ir a una olla. Porque el comedor cuando está abierto es una experiencia democratizadora.

 

¿Y en relación al futuro del trabajo? 

Creo que ya comprobamos en la década de los 90 que el discurso de la reconversión fue un argumento falso. Se nos explicaba la desocupación porque decían que las empresas se estaban reconvirtiendo, un término que nunca se aclaró. Y se decía que a los trabajadores había que capacitarlos para que se reconvirtieran. Entonces y ahora, lo que en realidad sucede es un proceso de desregulación. Y eso afecta  concretamente las condiciones de formalidad y trabajo, precariedad y desocupación. En la década de los 90, el país se estaba desindustrializando, fue así que obreros calificadísimos se convirtieron en sanitarios de emergencia, en hoteleros, gastronómicos. No había con qué cocinar pero se hacían cursos de los que egresaban cientos de cocineros. Pero el Inefop está teniendo ahora una política restrictiva cuando se supone que debería ser contracíclica. Se supone que en épocas de crisis es cuando se debe invertir más recursos y generar propuestas. En cambio aquí y ahora, el Estado se está replegando. Es un tema clave y sumamente crítico porque tampoco el desempleo estructural de miles de personas se resuelve solamente con formación. Se necesitan distintas políticas públicas: inversión pública, producción, innovación y proteger los derechos de los trabajadores.

 

¿Y cuál ha sido el impacto de la pandemia y la crisis en las mujeres?

Peor, porque tenés un abanico muy amplio. El impacto es distinto si la mujer tiene o no trabajo. Una mujer sin trabajo y sola ingresa de manera mucho más rápida en un círculo de deterioro, si no tiene un entorno familiar o militante, sindical de apoyo, una red que la apoye. Cuando no existe ese entorno de protección solidaria, la persona cae más rápido. Y eso vale para mujeres y hombres, y en los casos que esa persona tiene criaturas a cargo, la caída es terrible. En el caso de las mujeres, hay que tomar en consideración que se les dificulta más conseguir un nuevo empleo  y que sigue existiendo cierta segmentación entre los trabajos que consiguen las mujeres y los hombres. También hay que considerar la realidad durísima de las mujeres que están sometidas a violencia dentro de sus casas. Una mujer que padece violencia y está encerrada con su agresor corre mucho más peligro. Si además hay hijos dentro del hogar, peor y ellos también están en situación de riesgo.

En cuanto a quienes han tenido que realizar el teletrabajo hay que considerar factores obvios como el aumento de la Internet, la luz, si tienen o no una computadora, entre otras variables.

 

El presidente del Pit-Cnt suele decir que entre la deuda fiscal y la deuda social, hay que optar por la deuda social porque es la que deja secuelas a largo plazo y afecta la vida de las personas. ¿Cuál es tu mirada sobre el impacto que dejará esta crisis en términos de deuda social en perspectiva de futuro?

Una secuela muy evidente está relacionada al acumulado social. En 2002, advertíamos que se venía un proceso de deterioro y cuando explotó todo, la pobreza fue terrible, pero el país venía con su acumulado histórico de la educación y salud pública, entre otras, que fue lo que nos permitió que no nos convirtiéramos en una realidad como la de Haití, por mencionar uno de los ejemplos más extremos. Por eso ahora hay que prevenir las consecuencias y secuelas de la actual crisis. Hay que pensar en clave de políticas públicas que se anticipen a lo que podrá venir. Porque cuando un país retrocede en el acumulado social, digamos dos años, por poner una cifra, recuperarse de eso va a tardar una década. No te recuperás en un plazo similar, sino en un tiempo muchísimo mayor. Lo que perdiste como sociedad en salud, educación, infancia, te llevará años y habrás dejado a compatriotas por el camino. Esas personas son las que están detrás de las cifras del deterioro que se manejan de manera técnica y más fría. Por todo ello, creo que como sociedad deberíamos hablar de estas cosas y prestar especial atención en la infancia, en las infancias. Ahí debemos colocar la luz roja de alerta. Un país no debería ahorrar en atención a la infancia, en alimentación, en salud, en educación, nunca lo debería hacer, mucho menos en medio de una crisis como la que estamos viviendo. Uruguay además tiene a sus empresas públicas que son las más grandes del país, que deben ser motor del desarrollo, innovación y de la investigación, entre otras cosas. Esta es una de las ideas potentes que ha venido planteando el movimiento sindical en estos años. Y personalmente creo que en este momento, el gobierno no está apuntando en esa dirección. Y por último, hay un elemento clave en este panorama actual que es el factor ideológico. Es terrible cuando la gente se siente culpable de su situación y eso es muy difícil de revertir. Te hacen sentir que vos sos culpable, si sos joven o mujer, o porque tenés más de 40 o 50 años. La culpa es tuya si no sos empleable. Esa es una ofensiva ideológica. No te dan trabajo, se actúa en función del trabajo como algo que se otorga y no un derecho.

 

¿Y eso qué genera?

Que haya gente que en un panorama de desocupación creciente termina agarrando cualquier trabajo y por lo que le paguen aunque sea una miseria. Porque tiene que pagar la leche, la luz, el boleto, es decir, cubrir sus necesidades más básicas. Esa ofensiva ideológica pasa deliberadamente por colocarle y echarle en cara  la responsabilidad a la gente. Y eso está directamente ligado a las campañas que vemos por todas partes que intentan desprestigiar al movimiento sindical y las salidas colectivas.

 

¿Crees que el gobierno no ha actuado con recursos y políticas públicas suficientes para atender las urgencias de la gente porque sabe que el movimiento sindical y las organizaciones responden para cubrir las necesidades alimenticias y el hambre de la gente en los barrios? ¿Hay algo de eso?

Sinceramente, las ollas y esa respuesta de la sociedad civil me provoca cierta contradicción dolorosa. Por un lado debería ser el Estado el que tendría que estar actuando. Y no lo hace, por el contrario, permanentemente se está tratando de deslegitimar a los sindicatos y a las organizaciones sociales. Pero si vos dejás de asistir el hambre de la gente en las ollas tus compatriotas quedarían tirados, abandonados, y eso jamás va a suceder. Entonces cuando salgan las estadísticas aparecerá que la mayoría de los uruguayos tienen un nivel de nutrición adecuado y el gobierno tiene un problema resuelto. No por su acción, que es lo que correspondería, sino por la sociedad civil. Pero veremos la foto oficial, las sonrisas y el corte de cinta de algo que este gobierno en realidad no hizo.

 

Con las cifras actuales de desocupados, casi 200.000 compatriotas comiendo en ollas populares y la pobreza en aumento, ¿hay riesgo de quiebre social?

Creo que no. Primero porque eso sería una foto y eso sería si todos nos quedáramos quietos, inmóviles como sociedad, sin incorporar la capacidad de acción y la agencia humana. En ese hipotético caso, tal vez se podría responder que sí. Pero en este momento Uruguay tiene a la derecha gobernando y organizada, con un gran aparato publicitario. Es más, creo que es evidente que la derecha está apuntando a generar cierta grieta. Pero por otro lado, este país tiene al movimiento sindical -que es el principal actor colectivo uruguayo- actuando. Cada quién podrá estar más menos de acuerdo con las decisiones que toma el Pit-Cnt pero es innegable que se trata de la organización social más fuerte. Por ello, si hay o no quiebre social depende de la movilización y organización, Hasta dónde vamos a permitir que haya un quiebre, hasta dónde vamos a  sostener a nuestros compatriotas, hasta dónde vamos a salir a dar estas batallas. Yo creo que la batalla más grande es ideológica contra esta máxima de ‘hacé la tuya’. Hace poco Rodrigo Arocena dijo en La Letra Chica que cada vez que el herrerismo sube al poder hay un intento restaurador muy fuerte. Nosotros generacionalmente tuvimos la experiencia del neoliberalismo que impulsó el padre del actual presidente. Estimo que algunos, muchos, debemos tener enseñanzas de cómo le fue al país.

 

La LUC con 500 artículos es una herramienta que se incorpora a este escenario

Exacto. La LUC es una reforma del Estado. Yo creo que si un gobierno de izquierda hubiera impuesto con sus mayorías parlamentarias una LUC de 500 artículos con reformas profundas, habríamos tenido poco menos que un golpe de Estado como respuesta de la entonces oposición. Por otro lado, la decisión de salir a juntar firmas como reacción es un ejemplo de lo que mencionaba de la capacidad de movilización.

 

¿Hay una embestida contra los y las jóvenes, las disidencias, los feminismos y la cultura?

Sí, hay una clara embestida contra todos estos grupos pero también contra la organización de los trabajadores, intentando su desprestigio. La embestida contra los jóvenes, los feminismos y la cultura se expresa clara y palpablemente: cuando reprimen grupos de jóvenes en plazas, cuando estudiantes de magisterio salen de pintada y les piden documentos, la cultura se expresa en el ‘no carnaval’, en la demora en la apertura de teatros y salas, por mencionar solo algunas expresiones. Sin embargo la ofensiva contra los trabajadores es de desprestigio, de intentar deslegitimar, de cuestionar desde los argumentos hasta los medios de vida, pasando por la pertinencia y oportunidad de las medidas resueltas y usando desde el poder hegemónico de los medios de comunicación la palabra ‘sindicalista’, más que como sustantivo como adjetivo. Es una estrategia muy fina y solapada y desde los movimientos sociales no siempre se está a la altura como para apuntar a su desmontaje. Los otros grupos son atacados directamente cuando no son funcionales a esa embestida. Porque si se juntaran a cantar loas a la situación actual, a aplaudir al gobierno y sus medidas, no importaría nada si son jóvenes, feministas, disidentes o pertenecientes a movimientos de la cultura.

 

¿Hay actores del gobierno que pretenden acorralar a las organizaciones de derechos humanos, a los sindicatos?

Sin duda. Pero como la situación de pandemia hace que los conflictos y las medidas estén en fase de “suavemente ondulado”, no hay argumentos para embestir en forma explícita, al menos por ahora. Hay que ver qué pasa en la medida en que los Consejos de Salarios tengan que ser convocados o qué sucede en la medida que los sindicatos sigan haciendo valer los derechos conquistados por los trabajadores. Hace poco en el caso de un laboratorio de fabricación de medicamentos se despidió a toda una dirección sindical, al mejor estilo de los 90. La defensa de lo conquistado también tiene que ver con la correlación de fuerzas. Sin embargo, por ahora, la embestida parece venir -más allá de discursos de apuesta al diálogo- de desprestigio ético, básicamente, a través de actores indirectos tales como ciertos programas de televisión de canales abiertos -incluso hasta los de chimentos-, donde periodistas o simples “todólogos” con diversas profesiones, se adjudican el derecho de decir lo que les parece o más bien lo que parece ser una buena estrategia de imagen y publicidad que beneficia al gobierno de coalición de derecha. De todos modos, yo no hablaría de acorralar, porque para eso se necesitan dos, y no creo que las organizaciones de derechos humanos, ni los sindicatos, ni las cooperativas se dejen acorralar. Por lo tanto la embestida  llegará hasta donde las organizaciones populares la dejen llegar.

 

¿Hay cierta lógica de domesticación, control y silencio impuesto con la pandemia en el mundo? Sin carnaval, casi sin manifestaciones culturales en las que se exprese el descontento social, ¿por dónde brota la rebeldía e incluso la rabia?

Hay una lógica explícita de domesticar y controlar a través del miedo. El miedo es la más poderosa arma de control de las masas. Y el miedo se combate con información y conocimiento. Estamos bombardeados de noticias sobre el Covid, pero poco sabemos sobre la enfermedad porque no hay una información seria, sistemática y que contenga y desdramatice la situación sin quitarle la importancia que tiene como cualquier epidemia. Cuando uno mira el informativo solo se transmiten el número de muertos, miedos, culpas; eso de que la gente que no se vacuna atenta contra la salud de los demás o que si no usás el tapabocas sos un asesino en potencia. Sin entrar en teorías conspirativas, es posible afirmar que el Covid sirvió de excusa para contener y domesticar la movilización social en forma explícita y a través del autocontrol de las propias organizaciones. En mi opinión, la rebeldía y la rabia se canalizan a través de la movilización social y de las expresiones culturales como el carnaval, teatro, música y otras. Y si te faltan ambas no hay un canal de salida y los fusibles pueden saltar por cualquier lado: en la violencia que se palpa en la calle, en la violencia que se da dentro del hogar especialmente contra mujeres y niños, en el aumento de crisis de salud mental que padece la población, en un sinfín de expresiones que pasan a ser descontroladas e individuales. O si son colectivas pueden abarcar a un grupo puntual de personas, como determinadas respuestas grupales al accionar policial en plazas o calles. Creo que es un desafío para las organizaciones sociales, canalizar ese descontento a través de expresiones que acumulen fuerza, generen contra hegemonía y no se transformen en expresiones impotentes y en algunos casos dañinas.

 

En relación al costo social de la crisis y ese retorno del “sálvese quien pueda y hacé la tuya” del que hablás,  ¿creés que la lógica neoliberal admite que hay personas descartables?

Creo que ese es el derrotero cuando se permite que la derecha avance. La historia habla por sí sola: no solo hubo descartables, sino que en determinados momentos de la historia, se descartaron directamente grupos étnicos, políticos o religiosos. No creo que estemos en ese punto porque repito que la agencia humana interviene y en nuestro país hay una larga tradición de lucha, defensa de derechos y reconocimiento de los mismos que viene desde muy lejos y no solo de los últimos 15 años. Sí puede suceder por defecto a partir del empeoramiento de condiciones de vida de un conjunto de personas como niños, niñas, ancianos, desocupados, todos ellos con un común elemento que es la pertenencia a la clase trabajadora, que si sus condiciones se van deteriorando, caigan en situaciones de riesgo social. Un ejemplo: hace años que no vemos trabajar niños en la calle. Si eso llegara a suceder nuevamente, sería volver a exponer a una serie de niñas y niños en situaciones de riesgo de todo tipo pues en los sectores de la clase trabajadora y otras clases subalternas, “arreglárselas por la suya” puede ser caer en situaciones de peligro que alimenten en círculo vicioso de población descartable. Son descartables porque la sociedad los pone en esa situación, hacen la suya como pueden y en lo que pueden y la sociedad les refuerza la etiqueta de descartables, salvo en aquellos que -uno en un millón- triunfan de acuerdo a los parámetros hegemónicos de lo que es “triunfar en la vida”. Igual creo que lo acumulado y la lucha de las organizaciones sociales, el conocimiento científico disponible desde las ciencias sociales, constituyen una barrera ética de lucha y de conocimiento concreto para combatir esas concepciones.

 

Si miramos lo que sucede en los medios masivos, ¿hay una banalización de la política?

Absolutamente. Y eso se puede comprobar desde los programas de chimentos que aprovechan para tirar línea contra la izquierda nacional e internacional, cantando loas a proyectos restauradores, hasta en los programas de debate o polémica en los que intentan acorralar a los invitados de izquierda, a veces en forma cuasi histérica defendiendo el proyecto de derecha a ultranza. Y también tenemos programas de radio en los que se burlan de las expresiones políticas, banalizando la política bajo la reaccionaria consigna de “los políticos” como si fueran un todo indefinido o “todos iguales”. Alcanza tomarse el trabajo de ver o escuchar algunos de esos programas para ver el proceso de banalización en su máxima expresión.

 

¿Estamos asistiendo a la política de la claque?

Creo que sí, sin duda. Aunque tengo entendido que el término de origen francés alude a que en los antiguos teatros de París, se tarifaba a las claques de aplaudidores de acuerdo a la magnitud del aplauso. Puede ser que haya claques tarifadas, pero hay muchos que ni siquiera cobran por su función, lo que guarda relación con lo que hablábamos recién. La claque es la expresión de la banalización de la política. Solo con conocimiento, información y profundizando el debate democrático entre la población será  posible combatir la política de la claque y su consiguiente banalización. Y creo que esta es una tarea de primerísimo orden.

 

Por  estos días se debatió mucho sobre si es posible o no que haya feministas de derecha. ¿Vos qué pensás?

Pienso que si es de derecha no es feminismo. En mi concepción – que siempre está en reformulación y me cuestionan permanentemente- el feminismo que no sea anticapitalista a la larga no conduce a nada. Hay muchos feminismos. A mí me gusta aquello que señala Ángela Davis, que no solo es una militante comprometida sino una cientista social: el feminismo debe combatir el racismo, la homofobia, la explotación de clase y el imperialismo. Creo que hay concepciones feministas que son incompatibles con la derecha. Si no se sitúan las relaciones de género en el marco de las relaciones sociales capitalistas de producción que las enmarcan, uno queda a mitad del camino. Eso no implica que no haya situaciones como la violencia doméstica que no afecte a todas las mujeres independientemente de otras variables como clase y etnia. Pero la violencia laboral que vive una trabajadora de la vestimenta en un taller es de género y además está directamente relacionada con su condición de obrera del taller. Y esa violencia no la padecen todas las mujeres. Hay diferentes mujeres, diferentes violencias y violencias comunes. El reciente episodio de la Operación Océano no puede ser entendido sin la categoría “clase”, además de la categoría “género”.

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