Si las hubo, ya no quedan. La detención de Meng Wanzhou, directora financiera y vicepresidenta de Huawei el 1º de diciembre en Canadá, se encargó de ahuyentar todas las dudas sobre las reales intenciones de Estados Unidos (EEUU) en sus relaciones con China.
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Acusada por Washington de violar las sanciones impuestas a Irán, y respondiendo a un pedido de extradición por parte de EEUU, las autoridades canadienses detuvieron en el aeropuerto de Vancouver, mientras realizaba una escala para viajar a México, a la mujer más potente de la tecnología china e hija del fundador del coloso mundial de las telecomunicaciones.
Este acto -que entre otras consecuencias determinó ingentes pérdidas en las bolsas de todo el mundo- es la prueba más evidente de que la guerra comercial desatada por Trump era solamente la punta del iceberg; las tarifas y aranceles a los productos chinos son artillería ligera, armas de “distracción” de masas para ocultar el verdadero casus belli. El objetivo de la Casa Blanca no es la reducción del déficit comercial bilateral, la producción china de acero y aluminio, la supuesta manipulación de la moneda o los subsidios gubernamentales para favorecer la competitividad de las empresas chinas en el exterior. La ofensiva anti-China no apunta a la “vieja economía”, la economía analógica. EEUU desde hace un buen tiempo se ha resignado a que más temprano que tarde deberá cederle el primer lugar como potencia económica mundial (según el FMI lo es desde 2015 si se mide el PIB por la paridad de poder adquisitivo).
La guerra no es comercial, es por el liderazgo en la nueva economía, la economía digital, la innovación, la tecnología, la informática y la biotecnología.
El mismo día que ambos presidentes, reunidos en Buenos Aires, acordaron una tregua (armada) de tres meses en la guerra comercial -un período en el que EEUU aceptó dejar en 10% los aranceles a productos chinos por valor de 200.000 millones de dólares a partir del 1º de enero de 2019 y no subirlos, por ahora, a 25%, como estaba previsto-, la Policía canadiense arrestaba y se llevaba esposada a la emblemática ejecutiva de la más grande empresa del mundo en redes de telecomunicaciones (superando a Ericsson desde 2012) y el segundo fabricante de teléfonos celulares del planeta, luego de Samsung y por encima de Apple, con presencia en 170 países y con 180.000 empleados.
El enemigo no es la China “fábrica del planeta”, la segunda revolución de Deng Xiaoping, que produjo la mayor transformación económica de la historia de la humanidad; el enemigo es China “fabrica de nuevas tecnologías”, la tercera revolución del presidente Xi Jinping.
En todo caso, Linglong Tyre, empresa de neumáticos, HL Corp, productor de piezas de recambio para bicicletas, y los hilos industriales Hailide New Material, como tantas otras miles que exportan su producción a EEUU, son los efectos colaterales de una guerra digital cuyos principales objetivos son los buques insignias -como Huawei, Alibaba, Tencent, Baidu- de una flota de miles de empresas tecnológicas que prosperan en el marco del plan Made in China 2025 y Ruta de la Seda Digital.
Made in China 2025 es la contraparte y sostén para hacer realidad el “sueño chino” de Xi, que para 2049 -primer centenario de la fundación de la República Popular- aspira a convertir su país en la gran potencia global. Para ello, se ha propuesto una modernización total de su base manufacturera mediante el desarrollo de sectores claves de alta tecnología como la inteligencia artificial, la robótica, la aeronáutica espacial, las tecnologías de la información o la movilidad eléctrica.
Por su parte, la Ruta de la Seda Digital -que incluye el tendido de conexiones de fibra óptica, telecomunicaciones, redes de información vía satélite y el uso de la tecnología 5G- es el complemento tecnológico de la denominada Nueva Ruta de la Seda, el megaproyecto chino de infraestructuras de alcance planetario.
Desde que se lanzaran ambos planes en 2015, la reconversión y modernización de su industria ha sido gigantesca. Según datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, casi la mitad de las patentes registradas en 2017 son de empresas chinas -la gran mayoría en el campo de las tecnologías emergentes, de la inteligencia artificial, la criptografía cuántica- y más del doble que EEUU.
“Casualmente”, Huawei es la empresa pionera en la investigación de la conexión móvil 5G, de quinta generación (de 10 a 20 veces más rápida que la actual 4G) y es hoy es el líder mundial en esa tecnología que, según los expertos, será “el alma de la nueva economía”. Tan solo en 2017, la empresa con sede en Shenzhen (la Silicon Valley del gigante asiático) destinó 600 millones de dólares en I+D para el desarrollo de 5G y en 2018 realizará una inversión superior a los 800 millones de dólares.
La ofensiva de Washington contra Huawei ya había comenzado con la prohibición al ejército y al gobierno federal de utilizar sus teléfonos y sistemas de telecomunicaciones por razones de seguridad y un llamamiento a las compañías de telecomunicaciones de los países aliados a adoptar medidas similares; y muy especialmente a los gobiernos Alemania, Italia, España y Japón, donde los equipos de Huawei tienen una gran penetración y EEUU cuenta con bases militares.
Según el senador republicano Tom Cotton, el arresto de Meng Wanzhou es un golpe al ciberespionaje chino. “La detención de una ejecutiva de Huawei debería ser el primero de muchos pasos del mundo libre contra Huawei, un brazo del Partido Comunista de China”, expresó.
El grito de alarma no tardó en cruzar el Atlántico y desde Bruselas el vicepresidente de la Comisión para el Mercado Único Digital, Andrus Ansip -recordando la ley del gobierno chino que obliga a las empresas tecnológicas del país a “cooperar con los servicios de inteligencia”-, dijo que la Unión Europea (UE) debería estar preocupada y “tener miedo” por Huawei y otras compañías tecnológicas chinas por el riesgo que representan para la seguridad.
“Rechazamos categóricamente cualquier comentario de que podamos representar una amenaza para la seguridad. Estamos abiertos al diálogo con el vicepresidente para abordar estos malentendidos y tenemos la firme intención de continuar nuestra cooperación con la Comisión Europea como una empresa privada que es propiedad de sus empleados”, subrayó un comunicado de la multinacional.
Por su parte, Beijing convocó, por separado, a los embajadores de Canadá y EEUU para hacerles llegar su más enérgica protesta, advertirlos de las “graves consecuencias” de ese acto y exigir a las autoridades estadounidenses la cancelación de la orden de arresto y la libertad inmediata de Meng Wanzhou.
Para la crónica: la corte de Canadá aceptó la solicitud de la defensa y concedió la libertad provisional contra el pago de una fianza de 7,5 millones de dólares, la prohibición de abandonar el país y el uso de una tobillera electrónica. En caso de ser extraditada a EEUU, la “señora high-tech” podría enfrentar hasta 30 años de cárcel.
Para la historia: este episodio será recordado como el primero de la guerra fría versión 100.0. Esta vez ya no es la confrontación de dos sistemas, la cuestión no es entre capitalismo y socialismo. La batalla entre EEUU y China no es por la supremacía política, ideológica, económica o militar. Es por la supremacía tecnológica, por el liderazgo de la nueva civilización que está naciendo.