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Mundo escudo |

Joseph Humire y la nueva doctrina contrainsurgente

El eje Washington-Tel Aviv en América Latina

Un boliviano que combatió en Irak como marine de EEUU ocupa hoy un despacho en el Pentágono desde donde diseña la política de defensa para todo el hemisferio.

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La Doctrina de Seguridad Nacional de Estados Unidos ha vuelto a desplegarse sobre América Latina y el Caribe en un ejercicio de continuidad histórica que evoca los años más oscuros del continente. La premisa central del documento que estructuró el control militar sobre la región durante el siglo XX —fundada en la militarización estratégica y la aniquilación del llamado enemigo interno— renace hoy bajo la bandera del denominado Escudo de las Américas.

Apoyándose en la financiación de la Red Policial de la Organización de Estados Americanos (OEA) y en la reactivación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, Washington reconfigura una arquitectura geopolítica de tutela militar que sustituye el antiguo fantasma del comunismo por la figura del narcoterrorismo y la amenaza transnacional.

En la cúspide política de este entramado institucional se encuentra Pete Hegseth, al frente del Departamento de Guerra de Estados Unidos, pero el ejecutor operativo en el terreno es el boliviano, José Miguel Humire, o como le gusta ser llamado "Joseph M. Humire", Subsecretario Adjunto de Guerra para las Américas.

Presentado en los círculos ultraconservadores de Washington como un ferviente defensor de la seguridad del hemisferio occidental, la biografía de Humire sintetiza la amalgama de militarismo, inteligencia y redes jurídicas que sostiene la intervención extranjera en la región.

De los Andes al Pentágono

Nacido en Bolivia y de ascendencia quechua, su trayectoria transitó desde las filas del Cuerpo de Marines en la guerra de Irak y los ejercicios navales Unitas hasta la dirección del Center for a Secure Free Society, un think tank integrado por exmilitares enfocado en neutralizar la presencia de potencias rivales en América Latina.

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A este recorrido se suma su rol activo en la Federalist Society, una influyente organización de juristas conservadores conectada con la Corte Suprema estadounidense, y su participación en la delegación de Estados Unidos durante la toma de posesión del presidente colombiano Abelardo de la Espriella, país donde permaneció asentado para consolidar acuerdos de seguridad regional.

El despliegue militar territorial

El paralelismo entre este despliegue contemporáneo y la histórica Operación Cóndor resulta evidente en la dinámica de las operaciones sobre el terreno. Mientras en las décadas de 1970 y 1980 las dictaduras cívico-militares perpetraron el terrorismo de Estado amparadas en la Doctrina de Seguridad impartida desde la Escuela de las Américas, la estrategia actual busca el mismo objetivo de contención política pero ahora mediante la cesión de soberanía policial y militar de los países del sur. Las medidas ya están siendo implementadas con altos grados de subordinación y control territorial por parte de Washington.

En Bolivia, el ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo, confirmó la instalación de dos unidades policiales de élite integradas por instructores estadounidenses en puntos estratégicos de frontera como Santa Ana en Beni y la franja entre San Ignacio y San Matías en Santa Cruz.

Presentado en los círculos ultraconservadores de Washington como un ferviente defensor de la seguridad del hemisferio occidental, la biografía de Humire sintetiza la amalgama de militarismo, inteligencia y redes jurídicas que sostiene la intervención extranjera en la región.

En Colombia, Medellín fue designada como la sede principal del Escudo de las Américas bajo el impulso de Abelardo de la Espriella y el alcalde Federico Gutiérrez, reeditando la lógica contrainsurgente a través del Plan Patriota 2.0 y de un nuevo centro regional de entrenamiento.

Ecuador con Daniel Noboa, ha abierto las puertas sin ningún obstáculo a incursiones terrestres directas de las fuerzas militares norteamericanas, supeditando cualquier acción unilateral a las decisiones ejecutivas de la Casa Blanca. Como declaró Humire en su visita al país andino.

El "factor Irán" y la convergencia con la inteligencia israelí

La trayectoria intelectual y política de Humire se ha articulado en torno a la construcción de una narrativa específica: la estigmatización de la República Islámica de Irán y de la milicia Hezbollah como amenazas existenciales en el continente. La piedra angular de este discurso encuentra su máxima expresión en la publicación La estrategia de penetración iraní en América Latina, texto coescrito por Humire junto a Ilan Berman, un influyente analista vinculado a agencias de inteligencia estadounidenses e israelíes como el Mossad.

Esta alianza entre think tanks ultraconservadores y la inteligencia exterior de Israel ha tenido como propósito conectar de manera forzada a los gobiernos progresistas y de izquierda de la región con el extremismo islámico, creando un marco de justificación para la injerencia extranjera.

El caso AMIA

El uso instrumental de este relato se evidenció con especial claridad en Argentina a través del caso AMIA —la explosión de un coche bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina en Buenos Aires, en julio de 1994— y de la investigación conducida por el difunto fiscal Alberto Nisman.

Humire utilizó los dictámenes de Nisman en múltiples comparecencias ante el Congreso de Estados Unidos, convocadas por legisladores republicanos como Ileana Ros-Lehtinen y Jeff Duncan, para defender la idea de que existía una red encubierta respaldada por Irán con estaciones operativas en varios países sudamericanos.

Tras la muerte del fiscal en 2015, y valiéndose de publicaciones periodísticas sin verificar emitidas por medios como la revista brasileña Veja, el operador boliviano-estadounidense sugirió ante el Capitolio la existencia de supuestos acuerdos nucleares triangulados entre Buenos Aires, Caracas y Teherán. Esta persistente campaña mediática y judicial buscó deslegitimar al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y promover el aislamiento internacional del bloque regional.

Bolivia y Venezuela

Las maniobras de injerencia asociadas a Humire tienen antecedentes documentados de larga data que desbordan el plano analítico para internarse en la desestabilización directa. En junio de 2006, durante el primer año de mandato de Evo Morales, Humire fue localizado en Santa Cruz de la Sierra junto con militares estadounidenses que pretendían hacerse pasar por estudiantes, en una coyuntura marcada por pretensiones separatistas en el oriente boliviano.

Años después, en 2014, opositores al gobierno del MAS (Movimiento al Socialismo), como Norma Piérola y Marcelo Antezana, se reunieron con Humire en Washington para solicitar apoyo financiero y político bajo la cobertura del senador John McCain.

La articulación del Escudo de las Américas expone una dinámica aún más profunda que la tradicional injerencia estadounidense: la externalización y triangulación de la seguridad regional a través de la inteligencia militar israelí.

En el escenario venezolano, el analista desempeñó un rol activo en la guerra psicológica y mediática orientada a cercar diplomáticamente la Revolución bolivariana, sosteniendo que la alianza del bloque del ALBA con Teherán amenazaba la seguridad nacional de Washington.

Puente entre Washington y Tel Aviv

La articulación del Escudo de las Américas expone una dinámica aún más profunda que la tradicional injerencia estadounidense: la externalización y triangulación de la seguridad regional a través de la inteligencia militar israelí.

Operadores como Joseph Humire personifican este engranaje híbrido donde la doctrina del Pentágono se nutre de la metodología contrainsurgente de Tel Aviv. Al exportar el modelo del "enemigo interno" y encuadrar la política suramericana dentro del "combate al terrorismo" de Irán, Washington e Israel convierten a América Latina en un laboratorio defensivo secundario.

En esta nueva arquitectura de control, figuras con vínculos directos con aparatos de inteligencia extranjeros no solo moldean las políticas de seguridad locales, sino que hipotecan la soberanía nacional al subordinar las fuerzas armadas de la región a un eje militar transnacional que responde estrictamente a intereses geopolíticos ajenos al continente.

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