La República Islámica de Irán escaló este jueves su campaña militar mediante una serie de ataques coordinados contra infraestructuras críticas y centros de mando en territorio israelí.
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La nueva ofensiva de Irán
Bajo el nombre clave de operación “Promesa Verdadera 4”, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) confirmó el lanzamiento de una oleada de misiles de combustible sólido y líquido, complementados con drones de ataque, dirigidos específicamente hacia objetivos estratégicos en la zona del sur del Mar Muerto.
Esta ofensiva se presenta como una respuesta directa a las acciones militares de la coalición estadounidense-israelí iniciadas a finales de febrero, consolidando un escenario de confrontación abierta en múltiples frentes regionales.
El despliegue técnico de esta nueva fase se caracteriza por una precisión selectiva que busca impactar en capacidades tecnológicas y militares sensibles del régimen israelí. Según el comunicado oficial de las autoridades iraníes, esta operación se integra en una estrategia de represalia sostenida que ha movilizado al denominado Eje de la Resistencia, el cual habría ejecutado más de 200 acciones coordinadas en las últimas 24 horas. Este esfuerzo conjunto incluye operaciones de Hezbolá en la frontera libanesa y movimientos de milicias aliadas en Irak, evidenciando una articulación regional diseñada para desafiar los intereses de Washington y Tel Aviv en la zona.
En el plano diplomático y de disuasión, el comandante de la Fuerza Aeroespacial del CGRI, el general Seyed Mayid Musavi, lanzó una advertencia severa ante las recientes declaraciones provenientes de Estados Unidos. El alto mando militar señaló que cualquier ultimátum o amenaza contra la soberanía iraní será interpretado como un acto de guerra formal. Esta postura responde directamente a las sugerencias de ataques contra la infraestructura energética de Irán, ante lo cual Teherán ha asegurado que cualquier agresión de ese tipo desencadenaría ataques masivos contra plantas eléctricas, sistemas de desalinización e infraestructuras críticas de los aliados estadounidenses en la región.
La actual fase del conflicto sitúa la estabilidad de Asia Occidental en un punto crítico, donde los objetivos militares han comenzado a incluir infraestructuras civiles esenciales con un alto potencial de impacto humanitario y económico. Mientras la retórica de amenazas mutuas se intensifica, la comunidad internacional observa con preocupación una escalada que ya no se limita a enfrentamientos fronterizos, sino que apunta directamente a los centros de soporte vital y energético de los Estados involucrados, elevando el riesgo de una guerra regional a gran escala.