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Washington aprieta el torniquete migratorio sobre América Latina

Cómo la política de deportaciones de Trump se convirtió en una herramienta de presión política y económica sobre la región.

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Una publicación del secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Markwayne Mullin, encendió la mecha de la polémica. En sus redes sociales, exhibió sin pudor una fotografía de inmigrantes esposados subiendo a los aviones de deportación, rematada con un mensaje que sonó a celebración: "Buenos días, América. Es un gran día para las deportaciones". La imagen se viralizó en cuestión de horas, cosechó miles de reacciones indignadas y volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar la Casa Blanca con la deshumanización de su discurso migratorio?

Pero detrás de la controversia comunicacional hay algo más de fondo: la Casa Blanca viene ejerciendo una presión económica y militar sostenida sobre los gobiernos de América Latina para forzarlos a aceptar a sus propios ciudadanos deportados, muchas veces en condiciones que organismos de derechos humanos califican de inhumanas.

El caso colombiano: aranceles como arma de negociación

El episodio más ilustrativo se dio con Colombia. Cuando el presidente Gustavo Petro prohibió el ingreso de aviones militares estadounidenses con colombianos deportados a bordo, la respuesta de Donald Trump fue inmediata y contundente: el 25 de enero de 2025 anunció aranceles del 25% a todas las importaciones colombianas, impuso sanciones al sistema bancario del país y ordenó un control más estricto sobre la carga proveniente de Colombia. Ante el riesgo de un colapso económico, Bogotá terminó cediendo y aceptando el retorno de los migrantes.

El mensaje hacia el resto de la región quedó claro: quien no coopere, paga un costo económico inmediato.

El Salvador y el negocio de la reclusión

Washington no solo exige que los países reciban a sus deportados: también les impone las condiciones en que deben alojarlos. El caso más extremo es el de El Salvador. A fines de 2025, el presidente Nayib Bukele firmó con Trump un acuerdo por 6 millones de dólares para alojar a personas deportadas en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT), la misma megacárcel donde se recluye a los criminales más peligrosos del país.

Exreclusos de ese centro han denunciado episodios de violencia física durante su estadía. A esto se suma que, según datos de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los internos permanecen hasta 23 horas y media por día encerrados en sus celdas, sin acceso a visitas familiares, llamadas telefónicas ni contacto alguno con la prensa. Es decir: personas deportadas por una infracción migratoria terminan recluidas en condiciones equiparables a las de reos de alta peligrosidad.

República Dominicana: la presión diplomática también funciona

El repertorio de Washington no se limita a lo económico. En mayo de este año, Estados Unidos ejerció una fuerte presión diplomática sobre el presidente dominicano Luis Abinader, quien hasta entonces sostenía que su país solo debía recibir a ciudadanos dominicanos deportados. Bajo esa presión, Abinader dio un giro radical y firmó un memorándum por el cual República Dominicana se compromete también a recibir a ciudadanos de terceros países. La oposición dominicana calificó el acuerdo como una "capitulación de la soberanía nacional".

Una estrategia con impacto regional

El patrón que se repite en Colombia, El Salvador y República Dominicana muestra una lógica común: Estados Unidos utiliza su peso económico, financiero y diplomático para trasladar el costo humano y logístico de su política migratoria hacia los países de origen de los migrantes, sin importar las condiciones en las que estos terminan siendo alojados.

Para los analistas de la región, esta dinámica no hace más que profundizar la inestabilidad social y política de varios países latinoamericanos, cuyos gobiernos quedan atrapados entre la presión de Washington y el descontento interno que generan estos acuerdos. Una tensión que, lejos de resolverse, promete seguir marcando la agenda hemisférica en los próximos meses – y que Uruguay, como el resto de la región, observa de cerca por su potencial impacto en la política migratoria y las relaciones interamericanas.