Bolivia, hasta hace apenas dos décadas, parecía condenada a la eterna inestabilidad, al despojo de sus mayorías indígenas y al festín de élites criollas que gobernaban en nombre propio.
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En el presidencialismo, la legitimidad se bifurca: el presidente recibe su mandato directamente del pueblo, mientras el Parlamento conserva su propio origen electoral.
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La ultraderecha capitaliza la ira y la convierte en combustible electoral dirigiéndola hacia inmigrantes y movimientos sociales.
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La inteligencia artificial, lejos de emancipar, reproduce la más antigua de las formas de opresión humana: el chantaje disfrazado de progreso, la coacción envuelta en amabilidad algorítmica.
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La tesis del lawfare no es ya una conjetura teórica: camina con pies sucios por la historia reciente, dejando huellas de barro.
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La situación en Gaza: entre el etnocidio moderno, la cobardía diplomática y las cenizas del porvenir.
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Las urnas, otrora escenario de pactos colectivos y sueños en disputa, se poblaron esta vez de más ausencias, votos en blanco, anulaciones silentes o ruidosas.
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Tal vez el papado de Francisco se resuma en la figura de un sastre paciente, dedicado a remendar las sotanas raídas de una institución que se niega a arrojar sus trapos viejos al fuego.
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Entre el Excel y el escudo, entre el protocolo y el pánico, el capital perfecciona su vieja alquimia: sembrar miedo para cosechar obediencia.
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En la cultura digital, el programa del FA enfatiza el empoderamiento ciudadano ante los desafíos éticos y sociales de las nuevas tecnologías.