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Política imperio | EEUU | Venezuela

Hecho histórico

El imperio del mal

La agresión de EEUU contra Venezuela marcó un hito en la historia universal de las invasiones y mostró lo que es capaz de hacer el imperio.

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El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro mediante una operación militar sofisticada puede considerarse un hito en la historia universal de las invasiones. Pero más allá del derrotero cinematográfico que le permita a Estados Unidos finalmente superar el trauma por “la caída del Halcón Negro” cuando quisieron hacer algo parecido en Somalia en 1993, este operativo no implica la destrucción del chavismo ni un cambio de régimen.

Sin duda, lo que se vio es más espectacular que un golpe de Estado tradicional, pero mucho más ineficiente a esos fines, porque sacar de escena a un dirigente político o a un jerarca, por encumbrado que sea, ni roza la dermis de las instituciones. Es notable que Donald Trump, que hace 18 meses recibió un balazo en un atentado que no lo mató de asco, que preside un país donde el 22 de noviembre de 1963 asesinaron al presidente Kennedy y el mismo día en el Air Force One asumió frente a las azafatas como el presidente el vice, Lyndon B. Johnson, un país al que en setiembre de 2001 le tiraron las Torres Gemelas con aviones de línea y le clavaron un avión de punta en el Pentágono no se dé cuenta de la profunda inutilidad a mediano plazo de este tipo de acciones que demuestran amplio dominio tecnológico pero una manifiesta debilidad teórica en la comprensión del devenir: los procesos históricos no obedecen a la voluntad de un individuo concreto porque la historia no es el producto de personalidades excepcionales, sino el campo donde se desenvuelven y se enfrentan los intereses que atraviesan a la humanidad.

Asimetrías y correlaciones de fuerza

El secuestro del presidente en funciones de Venezuela reveló la asimetría tecnológica y militar de la mayor superpotencia de la historia con un país pequeño, sudamericano y fuertemente bloqueado, pero no cambió un ápice la correlación de fuerzas internas en Venezuela y, si la cambió, la cambió en detrimento de la oposición que se mantiene en el país y de la que se ha ido. Porque ahora está claro que Venezuela enfrenta un desafío existencial y que el propósito de Estados Unidos es robarle sus majestuosas reservas de petróleo y de minerales. Ya no hay más subterfugios ni discursos bonitos sobre la restauración de la democracia; de la boca de Trump solo emerge el vaho hediondo del desenfreno imperial, los mismos corruptos de su codicia. Así que a los venezolanos no les va a quedar otra que elegir entre ser y no ser, entre la soberanía y la colonia, entre patria o muerte.

Esta disyuntiva venezolana no es nueva; es la que han enfrentado todos los territorios libres cuando se han desprendido de la cadena y de la sumisión. Todos los territorios al sur del Río Bravo debieron forjar su independencia de las metrópolis europeas a sangre y fuego, y los que han asumido el desafío de construir su segunda y definitiva independencia también han debido pagar este exigente precio.

Para conquistar Venezuela, Estados Unidos deberá poner un ejército en acción. Para conquistar cualquier país hay que conquistar su territorio y sustituir sus instituciones. No basta con matar al presidente, ni con secuestrar jueces y ministros, ni con tirar direcciones una atrás de la otra. El ejército de marras puede ser un ejército del territorio a colonizar, como sucedió en Chile o como sucedió en otros tantos golpes dirigidos desde la embajada. En su defecto, el propio Ejército de los Estados Unidos. Sin eso, no hay conquista, aunque les roben todos los barcos y le bloqueen a Venezuela todas las cuentas.

Por el momento, y si no hubo una completa traición algo que yo, personalmente, descarto, Trump apenas logró lo que se puede con recursos económicos infinitos, infiltración y tecnología, pero no logró lo que sólo se puede lograr arriesgando la vida de sus soldados. Y aunque todos los días se jacten Trump y su secuaces indecentes, sujetos repugnantes y sin ninguna clase de decencia, de gobernar por interpósitas personas a Venezuela, nada de eso es verdad más allá de las estructuras de propaganda.

Mención especial al pueblo cubano

Reservo un último párrafo para rendir mi humilde homenaje a los treinta y dos custodios cubanos que dejaron la vida defendiendo al presidente Maduro. A mí, que he sido, como lo ha sido mi familia, beneficiario de la incuestionable solidaridad de la Revolución cubana, me consterna este martirio de un grupo de hombres que se batió hasta la muerte contra el ejército más poderoso del mundo en cumplimiento de su deber revolucionario. Me hace pensar lo pequeño que es ese imperio frente a la dignidad de mi pueblo. Han muerto cubanos junto a Allende en Chile, han muerto en Granada, en Nicaragua, en las luchas de descolonización de África, en Angola, en Namibia, en Etiopía, han muerto en Vietnam; por todos lados van dejando su sangre gloriosa contra el imperialismo, sin dar ni pedir tregua, llevando adelante la tarea de José Martí de impedir que se extiendan los Estados Unidos por el continente y caigan sobre nuestras tierras de América.

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