En un mundo atravesado por guerras, tensiones comerciales, inflación persistente, crisis financieras recurrentes y una revolución tecnológica acelerada por la inteligencia artificial, las viejas certezas de la economía vuelven a resquebrajarse. Y en medio de esa incertidumbre, las ideas de John Maynard Keynes y Hyman Minsky recuperan una vigencia sorprendente.
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Ese es precisamente el eje que desarrolla William H. Janeway en su reciente columna publicada en Project Syndicate, donde retoma una de las intuiciones más profundas de ambos economistas: la economía no funciona en un escenario de equilibrio perfecto y predecible, sino bajo condiciones permanentes de incertidumbre radical.
La diferencia es fundamental. Durante décadas, buena parte de la teoría económica dominante construyó modelos donde los agentes toman decisiones racionales con información relativamente conocida sobre el futuro. Keynes y luego Minsky cuestionaron esa visión de raíz. Sostuvieron que las decisiones económicas más importantes invertir, consumir, endeudarse o innovar se toman sin conocer realmente qué ocurrirá mañana.
Para Keynes, el motor de la economía no era solamente el cálculo racional, sino también los llamados espíritus animales: la confianza, el optimismo, el miedo o la expectativa colectiva que llevan a empresarios e inversores a actuar. Cuando esas expectativas son positivas, la inversión crece, la economía se expande y el empleo mejora. Pero cuando la confianza desaparece, el sistema puede entrar rápidamente en parálisis.
Minsky llevó esa idea un paso más allá. Su aporte central fue mostrar que los períodos prolongados de estabilidad pueden generar, paradójicamente, las condiciones para la crisis. Cuando los mercados atraviesan años de crecimiento y calma, aumenta la percepción de seguridad, crece el endeudamiento y los actores financieros asumen riesgos cada vez mayores. La estabilidad genera complacencia. Y esa complacencia vuelve frágil al sistema.
La crisis financiera internacional de 2008 fue probablemente la confirmación más clara de esta teoría. Pero hoy el debate vuelve con fuerza por otros motivos: la transición geopolítica global, la fragmentación comercial, la volatilidad energética y, especialmente, el impacto de la inteligencia artificial.
Janeway advierte que la actual ola de inversiones en IA tiene muchos elementos similares a otros grandes ciclos tecnológicos de la historia: enormes expectativas, flujos masivos de capital y promesas de transformación productiva. Sin embargo, también existe una profunda incertidumbre sobre cuáles serán los verdaderos modelos de negocio sostenibles, quiénes capturarán valor y cuáles inversiones terminarán siendo rentables.
La historia económica muestra que las grandes revoluciones tecnológicas suelen combinar innovación real con procesos especulativos. Ocurrió con los ferrocarriles en el siglo XIX, con Internet en los años noventa y podría repetirse ahora con la inteligencia artificial. En esos contextos, los mercados financieros muchas veces anticipan beneficios futuros difíciles de medir y generan dinámicas de euforia que pueden derivar en sobrevaloraciones o burbujas.
Desde una mirada keynesiana, esto tiene una implicancia central: la inversión no depende únicamente de fundamentos objetivos, sino también de narrativas colectivas y expectativas sobre el futuro. Cuando predomina el entusiasmo, el capital fluye rápidamente. Cuando aparece la duda, el ajuste puede ser abrupto.
Por eso tanto Keynes como Minsky asignaban un rol fundamental al Estado. No solamente como regulador, sino como actor capaz de estabilizar la economía cuando el sector privado se retrae. Frente a crisis de confianza o caídas de la demanda, la intervención pública aparece como una herramienta necesaria para sostener el empleo, coordinar expectativas y evitar colapsos financieros.
El debate adquiere además una dimensión política y social cada vez más relevante. En un escenario de automatización acelerada, concentración tecnológica y cambios en el mercado laboral, las preguntas ya no son únicamente económicas: también son distributivas. ¿Quién se beneficia de la nueva productividad? ¿Cómo se distribuyen los costos de transición? ¿Qué ocurre con el empleo, la desigualdad y la cohesión social?
La vigencia de Keynes y Minsky radica justamente en haber comprendido que las economías capitalistas son inherentemente inestables y que el futuro nunca puede conocerse completamente. Esa incertidumbre no es una anomalía: es parte constitutiva del sistema.
En tiempos donde la inteligencia artificial promete transformar la producción, las finanzas y el trabajo a una velocidad inédita, la principal enseñanza de estos autores quizá sea una advertencia de prudencia. El progreso tecnológico puede abrir enormes oportunidades, pero sin instituciones sólidas, regulación adecuada y capacidad de intervención pública, también puede amplificar fragilidades, desigualdades y crisis.
La economía del siglo XXI parece volver, una vez más, a una vieja lección keynesiana: cuando el futuro es incierto, la estabilidad no surge espontáneamente de los mercados. Requiere coordinación, confianza y política.