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Sociedad banderas | autoridades |

Resistencia

Nuevos vientos soplan viejas banderas contestatarias

Medio siglo después de la instalación del gobierno autoritario, adolescentes tomaron las banderas para enfrentar al mismo enemigo del pasado: la derecha cavernícola y recalcitrante

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Caras y Caretas Diario

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La enconada resistencia de la comunidad educativa del Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (IAVA) a la prepotencia de las autoridades de la ANEP constituye un inequívoco testimonio de coraje, que recoge las mejores tradiciones de la lucha del campo popular contra el autoritarismo liberticida, que comenzó a instalarse en nuestro país hace ya más de medio siglo.

No en vano, en esta oportunidad, los jóvenes contaron con el apoyo, además de los sindicatos docentes y de la educación terciaria, de sus padres, que se hicieron presentes en el local del emblemático centro educativo para cobijar a sus hijos.

Algunas de las imágenes, que impactaron nuestras retinas, fueron de adultos, que se sumaron a sus vástagos para enfrentar a las fuerzas represivas encabezadas por el director de Convivencia y Seguridad Ciudadana, el inefable Santiago González, quien, pese a sus esfuerzos, demostró que tiene la capacidad de negociar propia de un mero conductor de vehículos oficiales, que es lo que realmente es, ya que su único mérito para ocupar el cargo que actualmente ostenta es haber sido chofer del exsenador nacionalista y exministro del Interior Jorge Larrañaga.

En esas circunstancias, el funcionario, que es un mero papagayo del gobierno y funcional a su jefe, el errático e impresentable ministro del Interior, Luis Alberto Heber, no convenció a nadie.

En efecto, insólitamente su misión era desocupar un centro educativo que no estaba ocupado, no advirtiendo que la presencia de los adultos era una mera demostración de apoyo a sus hijos y a los educadores sindicalizados, quienes, en un acto de ética realmente encomiable, desmantelaron el plan de usurpación pergeñado por las autoridades, que se proponían sustituir el cargo de director del instituto, que no está acéfalo, mientras se sustancia el sumario con apartamiento de cargo y retención del 50% del salario. El procedimiento, que está a cargo de la División Jurídica de la Dirección General de Educación Secundaria, deberá dirimirse en un plazo perentorio de seis meses.

Aunque se trata de un liceo codiciado por su prestigio y su historia, con una matrícula de más de 3.000 estudiantes y el cargo tiene una retribución de más de 100.000 pesos mensuales, el cuerpo docente acató el mandato de la Federación Nacional de Profesores y nadie acudió al llamado de las autoridades, quienes alegaron, en una nueva falacia, que ninguno de los integrantes de la lista de prelación reunía las condiciones para asumir el interinato, en lugar del sancionado director Leonardo Ruidíaz.

A raíz de este conflicto, que está lejos de ser zanjado, el Consejo Directivo Central de la Administración Nacional de Educación Pública revolvió crear una comisión, que tendrá a su cargo analizar la normativa vigente sobre la actividad y las potestades de los directores, que, en algunos casos, sigue atada a disposiciones de la dictadura liberticida.

En otro orden, el órgano rector de la educación pública acordó con Secundaria que se cambiarán los inspectores asignadas al IAVA con el propósito de mejorar el hoy tenso clima institucional. También existe el compromiso de reparar el ascensor de acceso al edificio, que fue el motivo que detonó el problema, entre muchos otros reclamos de muy larga data.

Estas medidas, aunque sean insuficientes, corroboran que la mancomunada resistencia de estudiantes, docentes y padres está horadando la intransigencia de la cúpula de la ANEP.

Empero, la lucha continúa y todos los resistentes lo tienen claro.

No obstante, lo más trascendente desde el punto de vista meramente simbólico es la resurrección de los fuegos contestatarios de otrora, que comenzaron -hace más de seis décadas, en 1958- con la patriada popular por la Ley Orgánica de la Universidad de la República, que consagró la autonomía de la educación terciaria y el cogobierno tripartito, integrado por docentes, estudiantes y egresados.

Empero, ese fue solamente el comienzo de una lucha de largo aliento que abarcó el período más conflictivo y polarizado de la historia política, social y sindical del país: la década del sesenta, crucial para el fortalecimiento del movimiento popular, la unidad de la clase obrera en una central única bautizada inicialmente como Convención Nacional de Trabajadores (CNT), la actividad del movimiento estudiantil con la Federación de Estudiantes Universitarios como punta de lanza y la educación docente y los profesores de los Consejos de Educación por entonces autónomos, entre otros actores sociales.

“Obreros y estudiantes, unidos y adelante” y “Arriba los que luchan” fueron dos de las consignas primigenias que parieron esa épica contra el gobierno autoritario del mandatario colorado Jorge Pacheco Areco y las fuerzas represivas del momento, que pretendieron abortar los reclamos y las protestas por la demoledora crisis económica y social y la corrupción que estaba horadando la institucional del país.

Ni la embestida de la violencia estatal, las balas de goma o de munición letal, los filosos sables de los coraceros a caballo y los carros de asalto o hidrantes (guanacos) lograron detener esa marejada de pueblo.

En el luctuoso 1968, los asesinados estudiantes universitarios Líber Arce, Hugo de los Santos y Susana Pintos se erigieron en símbolos de la resistencia y en mártires de la lucha popular y la movilización.

Por entonces, soplaban turbulentos e incontenibles vientos emancipadores, alimentados por la tempestad ideológica del Mayo Francés, el ejemplo de la heroica Revolución cubana y la icónica figura del guerrillero argentino cubana Ernesto Che Guevara, ejecutado en 1967 en Bolivia por los criminales mercenarios de la ominosa CIA.

Empero, ni esos actos de barbarie y de terrorismo represivo lograron ahogar el aire libertario que se respiraba en el ambiente. Luego del golpe de Estado y la larga noche de la dictadura liberticida, otros adolescentes y otros hombres y mujeres se empoderaron con las causas del pasado.

Medio siglo después de la instalación del gobierno autoritario, que pretendió sin lograrlo contener ese tsunami, adolescentes de apenas 15,16 o 17 años tomaron las banderas -más que de sus padres, de sus abuelos- para volver a enarbolarlas y enfrentar al mismo enemigo del pasado: la derecha cavernícola y recalcitrante que pretende, una vez más, detener los relojes de la historia.

La fauna oligárquica que detenta el poder económico y coyunturalmente el gobierno, tiene la misma genética de sus ancestros reaccionarios. En ese contexto, no habilita espacios para la disidencia y considera a la educación pública, como hace más de 50 años, una suerte de coto de caza.

Tienen la convicción de que pueden manipular a los y las adolescentes y a los y las jóvenes, pero se equivocan, porque estos, en sus inflamadas gargantas, siguen entonando el viejo himno de combate: “arriba los que luchan”, que convoca al combate a docentes, trabajadores de otras ramas de actividad, obreros y naturalmente a los estudiantes, quienes siguen siendo, como en el pasado, parte de la vanguardia de la lucha popular contra la injusticia social, la ignominia, el atropello y el irrestricto derecho de todos y todas a la protesta, que ningún pichón de dictador logrará abortar.

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