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Arte y cultura | Sociedad Urbana Villa Dolores | Mandrake Wolf  y Los Druidas | Plan Perfecto

Crónica. Mandrake Wolf y Los Druidas en SUVD

Crónica sobre Mandrake Wolf y Los Druidas en Sociedad Urbana Villa Dolores. Espejismos eran mis certezas

Mandrake Wolf y Los Druidas. El viernes 13 de marzo no era una fecha para esquivar. Era, más bien, una puerta abierta en Sociedad Urbana Villa Dolores

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Llegué a ver a Mandrake Wolf y Los Druidas en Sociedad Urbana Villa Dolores con esa sensación extraña de quien intuye que algo va a moverse por dentro. Afuera, la noche parecía común, pero el número —ese 13 tan injustamente acusado— ya estaba haciendo su trabajo silencioso: cerrar ciclos, empujar lo viejo hacia el fondo, preparar el terreno para lo que todavía no tiene nombre.

Adentro, todo era humano. Sin artificios. Sin esa solemnidad impostada de los grandes escenarios. Y sin embargo —o justamente por eso— había algo profundamente sagrado. Como si el verdadero ritual necesitara menos luces y más verdad.

Mandrake Wolf y Los Druidas con diez años en este formato, 3 discos y un cuarto en camino que augura ser un "Plan Perfecto", no entraron como estrellas: aparecieron.

Como aparece alguien que uno podría cruzarse en la calle. Como alguien que te cuenta que habló con el Gallego (dueño de Sociedad Urbana Villa Dolores), que capaz después se come un pancho en el mismo lugar donde está tocando. Y en ese gesto, en esa renuncia total al ego como carta de presentación, hay una forma de grandeza que no necesita anunciarse.

Pensaba en el 13.

Transformación. Renacimiento. Resiliencia. Amor. Unidad.

Afiche Mandrake Wolf y Los Druidas en SUVD 13 de marzo de 2026

Y entonces empezó la música

No hay transición forzada en lo que hacen. Todo fluye como un ballet invisible donde los estilos se mezclan con una naturalidad que no se aprende: se es. Lo que suena no es una suma de influencias, es una identidad. Y eso —como en las personas— es lo más difícil de lograr.

Cada canción era un clima perfecto, exacto, inevitable.

“La Casa Fría” caía como una verdad incómoda envuelta en belleza. Ese sarcasmo urbano, esa tristeza que no grita pero cala, esa imagen de túnicas en medio del desamparo, donde “es siempre fiesta”, como si la ironía fuera la última defensa contra lo real.

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Y después “Estos son los días”.

Ahí el tiempo se dobló. La melancolía no como peso, sino como forma de comprensión. Como si recordar doliera, pero también ordenara. Como si lo que queremos olvidar fuera, en el fondo, lo que nos hizo ser.

“Estos son los días que quiero olvidar / estos son los días que no volverán”.

Y en esa contradicción vivimos todos.

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Mandrake canta como quien no está actuando, sino recordando. Y eso se siente. Porque no hay distancia entre lo que dice y lo que es. Lo mismo cuando le canta a un amigo (Juan Wauters), a un artista, o a una figura como Lovecraft con "Lovecraft escuchando la lluvia", preguntándose —como nosotros— en qué momento el mundo se volvió tan careta, tan lleno de moralinas.

Ahí aparece otra clave.

El arte no distingue entre lo vivido y lo leído, entre lo tocado y lo imaginado. Todo forma parte de la misma verdad interior. Y cuando alguien crea, está mostrando todo eso a la vez. Sin jerarquías.

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Quizás por eso le dicen Mandrake

Porque hay algo de magia en cómo transforma lo cotidiano en otra cosa. En cómo hace que un cover de The Church —como “Under the Milky Way Tonight” traducido al español— deje de ser ajeno y se vuelva propio. Como si las canciones no tuvieran dueño, sino intérpretes que las revelan en distintos momentos.

Y en medio de todo, la sensación persistente de estar ante algo importante. No por la magnitud externa, sino por la profundidad.

No es una banda convocada para fechas en el Estadio Centenario o en el Antel Arena pero ellos sí son una banda imprescindible . Sí, los imprescindibles existen, tal como lo decía Bertolt Brecht

Está hecha para quedarse. Para crecer con uno. Para enseñarte, sin decirlo, que la creación verdadera no necesita más que honestidad. Que el arte no es la parafernalia, sino esa chispa inexplicable que aparece cuando alguien se anima a ser completamente lo que es.

“A veces siento que me hablan ángeles / y lo irreal es normal” cantan en "La Suite de Raymundo, Mov. III Miro, miro para arriba".

Y sí. Por momentos, lo irreal fue normal y fue mi cabeza de su galaxia.

La noche terminó sin ceremonia. La gente se quedó, comiendo, tomando algo, como si nadie quisiera romper del todo el hechizo. Quedarse ahí.

Yo salí, caminé hasta la parada del ómnibus con una calma distinta. Como si algo se hubiera ordenado adentro sin pedir permiso.

El 13 había cumplido.

Había cerrado algo. Había abierto otra cosa.

Y mientras volvía a casa, ya sabía lo que iba a hacer: volver a escucharlos hasta quedarme dormida como quien no quiere que la transformación se detenga. Como quien entiende —aunque sea por un instante— que crecer también es esto.

Y seguir.