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Columna destacada | pandemia |

China, la pandemia y el fin de la historia

Por Daniel Barrios.

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Había una vez un mundo dividido en dos bloques y las relaciones entre las dos superpotencias se sostenían en el equilibrio del terror: Estados Unidos y la Unión Soviética negociaban con las armas arriba de la mesa. Relaciones peligrosas, pero al final algún tipo de acuerdo se alcanzaba porque se trataba de cuestiones militares y eran armas físicamente identificables las que amenazaban la “mutua destrucción” de ambos contendientes y, con ellos, de una parte importante del planeta.

Ese fue el mundo que conocimos desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS. Finalmente había llegado “el fin de la historia” que teorizaba  Francis Fukuyama en un removedor artículo publicado en la modesta y neoconservadora revista The National Interest, hace hoy 32 años. Se ponía un punto final a la lucha de ideologías y formas de gobierno y con la derrota definitiva del comunismo y el triunfo de la democracia liberal, era esta la única opción viable tanto en lo político como en la institucionalidad. Según el politólogo estadounidense de originen japonés, con la victoria del capitalismo se terminaba la pugna ideológica y política y se imponía un pensamiento único donde el “ideal de la democracia liberal no puede ser superado”.

Los años que siguieron a la publicación del controvertido artículo -que luego, se convirtió en el libro El fin de la historia y el último hombre– se encargaron de demostrar los errores conceptuales y prácticos del réquiem pregonado por Fukuyama y sus seguidores.

Los acontecimientos posteriores a la caída del comunismo soviético y los países del este de Europa demostraron que la historia seguía su marcha y que una parte importante del mundo no aceptaba el modelo occidental de democracia como sistema político, ni al capitalismo como sistema económico y que las crisis financieras regionales y la global de 2008 habían demostrado que era absurdo pensar que el sistema era estable y duraría para siempre.

Quizás (o mejor sin ningún quizás), el mayor fracaso de las profecías de Fukuyama fue la fallida interpretación del proceso de transformaciones y reformas que estaba procesando la República Popular que, lejos de ponerle un fin, inauguraban un campo epocal de nuestra historia contemporánea.

Los éxitos en el combate a la devastadora pandemia fueron, y están siendo, una ulterior evidencia de las fortalezas de la gobernanza de Beijing y de las virtudes de su sistema político tanto para superar la crisis sanitaria como para recuperar su economía.

Gracias a un conjunto de medidas implementadas por el gobierno y el Partido Comunista (PCCh) – desde el cierre inmediato de industrias, drásticas restricciones a la movilidad social hasta testeos masivos y rastreo de cientos de millones de contactos-, China no solo logró controlar la enfermedad en abril de 2020, sino que desde entonces ha logrado mantener un nivel de infección extremadamente bajo. Hasta ahora, se han confirmado alrededor de 100.000 casos de covid-19 y 5.000 muertes, en comparación con más de 32 millones de casos y casi 600.000 muertes en Estados Unidos, donde la población es menos de una cuarta parte. Y no solo, a pesar de ser el primer país en sufrir la pandemia, el gigante asiático es la única economía importante que registró un crecimiento económico positivo en 2020.

Mal que les pese a sus detractores, la covid 19 ha puesto de relieve el protagonismo de China en la seguridad sanitaria mundial y las llamadas “diplomacia de las máscaras” y la “diplomacia de las vacunas” la posicionaron como un actor central en la lucha global contra la pandemia y, como ocurriera en la última crisis financiera global, un factor imprescindible en la recuperación del comercio y de la economía mundiales. Sin duda la peste viral sometió a una prueba de estrés político sin precedentes a todos y cada uno de los gobiernos del mundo .

Impactados por la capacidad del régimen chino y la adaptabilidad del liderazgo del PCCh para manejar los desafíos internos y externos puestos por la pandemia, son muchos los que hoy se preguntan si no será el “capitalismo iliberal” o “autoritarismo de mercado” chino, superior a las democracias occidentales, mientras otros, liderados por Washington, consideran al “socialismo con características chinas” el desafío más serio para la democracia liberal y el orden internacional desde el surgimiento del comunismo.

«A juzgar por cómo los diferentes líderes y sistemas [políticos] están manejando esta pandemia [podemos] ver claramente quién lo ha hecho mejor”, enfatizaba Xi Jinping en un informe a los dirigentes comunistas.

“Debemos demostrar que la democracia aún funciona”, subrayó Biden en su primer discurso ante el congreso como presidente confirmando, como ya lo había anunciado en la campaña electoral, que la confrontación con China, además de comercial, tecnológica, militar (y últimamente también espacial), era una cuestión de principios políticos e ideológicos de nivel mundial. Y en referencia al presidente Xi Jinping, el nuevo inquilino de la Casa Blanca afirmó que “él y otros autócratas creen que las democracias no pueden competir con las autocracias en el siglo XXI porque lleva demasiado tiempo lograr consensos”.

Todavía más explicito fue Kurt Campbell, coordinador para asuntos del Indo-Pacífico en el Consejo de Seguridad Nacional. El diplomático, conocido como el Zar de Asia, enfatizó la semana pasada, en una conferencia en la Universidad de Stanford, que “el período que se describió a grandes rasgos como de acuerdos [con China] ha llegado a su fin”.

El 9 de junio, Joe Biden comenzó su primera gira internacional desde que asumiera la presidencia. “Mi viaje a Europa va de que Estados Unidos reanime las democracias del mundo”, tituló el presidente en su artículo publicado por The Washington Post, donde enumera los principales objetivos de su misión, que incluye su participación a la reunión del Grupo de los 7 en Londres, la cumbre de la OYAN en Bruselas y termina el 16 de junio en Ginebra con una reunión bilateral con el presidente ruso, Vladimir Putin.

El viaje -escribió- servirá para “demostrar la capacidad de las democracias para afrontar los retos y neutralizar las amenazas de nuestra era” así como cerrar filas ante “las actividades dañinas de los gobiernos de China y Rusia”, en un mundo que Estados Unidos “debe liderar desde una posición de fortaleza”. “Nos centramos en asegurar que las democracias de mercado, no China ni nadie más, escriban las reglas del siglo XXI sobre comercio y tecnología” enfatizó.

Evidentemente a EEUU le cuesta aceptar que, en el caso del gigante asiático, por primera vez debe tratar con una potencia económica y tecnológica que lo iguala y en algunos sectores la supera.

Biden como Trump, con quien compite en su hostigamiento a China, tampoco se resigna a que el crecimiento económico de la República Popular y la liberalización de su economía no hayan desembocado en una democracia de corte liberal como ocurrió en los países occidentales.

Esta era precisamente la tesis que quería demostrar la teoría sobre el fin de la historia. Para Fukuyama, y en su momento para la gran mayoría de los observadores occidentales, el espectacular crecimiento económico generado por el desarrollo del mercado y la apertura al exterior del Imperio del Centro daría origen a una clase media de empresarios, productores e intelectuales que, más temprano que tarde,  reivindicarían la implantación de un sistema democrático de sello occidental. Sin embargo, lejos de aspirar a un cambio de su sistema, la inmensa mayoría de la sociedad china expresa una opinión favorable de sus gobernantes y sus instituciones.

Según el último censo del PCCh, en los casi 92 millones de afiliados, la clase media ha superado por primera vez en número (32,1 millones) a los obreros y campesinos (32 millones) y la mitad de ellos cuentan con un título universitario, en su mayoría de orientación científica, lo que explica la supremacía tecnológica en sectores como la robótica, inteligencia artificial o la redes 5G.

“Los muertos (China) que vos (EEUU y Fukuyama) mataís gozan de buena salud”.

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