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Cultura y espectáculos El lugar donde nacen las olas | Teatro Solís | cultura

Del 29 de enero al 1 de Febrero en el Teatro Solís

El lugar donde nacen las olas: la existencia y la realidad en un límite difuso y filosófico

Entrevista a María Eugenia Estela, productora técnica de "El lugar donde nacen las olas", una obra que apela a cuestionarse

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Entre luces que titilan como atisbos de sueño y sombras que parecen respirar, la sala Zavala Muniz albergará desde el 29 de enero una obra que promete convertirse en experiencia, en rito poético y en viaje interior: El lugar donde nacen las olas. Una propuesta que más que verse —se atraviesa, y que late, desde su dramaturgia hasta cada gesto del elenco, como un territorio de preguntas sobre el origen, la memoria, el abandono y la identidad.

Por ese motivo, me reuní con María Eugenia Estela, productora técnica de la obra para hablar de esta propuesta de verano oscuro, cuestionador, reflexivo en el Teatro Solís.

Una adolescente y una tarea inesperada

Gabriela tiene quince años. Y a esa edad —cuando el cuerpo todavía no termina de entenderse a sí mismo— recibe un encargo que desborda cualquier lógica: hacerse cargo de las cenizas de su madre, una mujer a la que nunca conoció.

“No hay vínculo previo, no hay recuerdo —solo materia y mandato”, señala María Eugenia Estela, responsable de la producción técnica de la obra. “Es una adolescente obligada a cerrar una vida que no llegó a abrir”.

Ese punto de partida, tan brutal como poético, es el motor de una travesía que no se limita a un recorrido físico. Gabriela sale de Villa Serrana rumbo a Piriápolis, pero lo que verdaderamente emprende es un descenso —o una ascensión— hacia lo desconocido.

“La obra empieza con cabos sueltos, con una elipsis previa que nunca se explica del todo. ¿Qué pasó antes para que una hija cargue con el final de una madre que no estuvo?”, se pregunta María Eugenia.

Conocer a la madre a través de otros —y de otros planos

En ese viaje, Gabriela no accede a una verdad directa. La madre ausente se construye como un rompecabezas fragmentado, narrado por voces ajenas, por relatos contradictorios, por presencias que no pertenecen del todo al mundo de los vivos.

“Ella va armando a su madre a partir de relatos, pero no de personas ‘confiables’. Son personajes oníricos, ambiguos, muchas veces más cercanos a lo animal que a lo humano”, explica Estela.

Entre ellos aparece incluso su abuela, una figura que condensa la herencia, el enojo y la memoria, pero que se manifiesta como un ser híbrido, mezcla de persona y animal autóctono, como si la genealogía misma hubiera mutado.

Aquí, el diálogo con la naturaleza deja de ser metáfora y se vuelve norma: animales que hablan, presencias que no se explican, paisajes que parecen responder. “No se busca justificar de dónde vienen estos seres —dice María Eugenia—. Simplemente aparecen y dicen verdades que en el pueblo nadie se anima a decir”.

Geografía uruguaya como territorio mítico

La obra avanza por una geografía reconocible —tierra adentro, costa, mar— pero resignificada. Uruguay aparece como un espacio mítico donde lo cotidiano se vuelve extraño y lo fantástico se naturaliza.

“Queríamos uruguayizar el relato desde lo simbólico: nuestra fauna, nuestros silencios, nuestros pueblos chicos. Que lo fantástico no venga de afuera, sino que nazca de lo que somos”, cuenta Estela.

En ese tránsito, Gabriela aprende que hablar con animales o con el paisaje no es delirio, sino una forma de conocimiento. Como en Alicia en el País de las Maravillas, las reglas del mundo se corren: lo imposible se vuelve conversación, y lo racional deja de ser refugio.

¿Viaje iniciático, duelo o tránsito final?

A medida que la obra avanza, la frontera entre lo real y lo ficticio se vuelve cada vez más porosa. Un quiebre —un choque— marca el pasaje definitivo hacia un plano más fantasmagórico, donde el tiempo se disuelve y las certezas se erosionan.

“Nunca quisimos cerrar una interpretación —admite María Eugenia—. Nos preguntamos muchas veces si Gabriela está viva, si está muriendo, o si todo es una metáfora del duelo. Y la respuesta fue dejar esa pregunta abierta”.

¿El viaje es para conocer a la madre?

¿Es para conocerse a sí misma?

¿Es simplemente para esparcir cenizas… o para entender qué es estar vivo?

“La obra no responde quién está vivo y quién está muerto. Eso queda en manos del espectador”, afirma Estela. “Porque la muerte no termina cuando alguien muere: continúa en quienes quedan y en lo que deben cargar”.

Un teatro que abre planos

El lugar donde nacen las olas no busca consuelo ni moraleja. Propone, en cambio, una experiencia inquietante, profundamente uruguaya y existencial, donde la identidad se construye a partir de ausencias y donde la fantasía no es evasión, sino herramienta para decir lo indecible.

Como toda gran travesía iniciática, la obra no promete respuestas claras. Solo invita a cruzar el umbral y aceptar que, tal vez, conocer al otro —la madre, el pasado, el origen— sea apenas otra forma de enfrentarse a uno mismo.

Y a esa pregunta que queda flotando, como el mar al final del camino: ¿Qué es la vida… y qué es, realmente, la muerte?

Elenco

María Cristina Cabrera

Valentino Calcagno

Mariana Escobar

Paola Larrama

María Eugenia Puyol

Pablo Robles

Federico Torrado

Ficha técnica

Dramaturgia: Federico Puig Silva

Dirección: Sebastián Calderón Henry

Vestuario y producción técnica: María Eugenia Estela

Escenografía: Emiliana Texeira Núñez

Iluminación: Luciana Tejera

Diseño sonoro y música original: Leandro Dansilio

Diseño gráfico: Agustina Lavanca

Producción: María Emilia Pé

Instancia imperdible desde el 29 de enero al 1 de febrero. Entradas en este link.