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Cultura y espectáculos Rodrigo | disco | Sala Hugo Balzo

MILONGA INDIE PRESENTA "PANDA"

Rodrigo Vaccotti: "El disco tiene cada vez menos sentido en el mundo que vivimos"

Al frente de su proyecto Milonga Indie, Rodrigo Vaccotti presenta su último disco en la sala Balzo del Sodre. Será el 22 de junio, a las 21 horas.

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Con este flamante repertorio, compuesto y grabado entre los últimos meses del año pasado y comienzos de 2024, Rodrigo se presentará, esta vez con banda, en la Sala Hugo Balzo del Auditorio del Sodre. El concierto será el sábado 22 de junio, a las 21 horas. Las entradas están a la venta en TickAntel.

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Una puesta en sintonía con el disco

Dice Rodrigo: Aprovechando las condiciones de la sala, sus comodidades, la idea es ponerle al concierto una buena impronta en la puesta en escena. En esto vengo trabajando hace ya un buen tiempo con el iluminador, con el diseño. Mi idea es que esta puesta esté en sintonía con el arte del disco, que conecta mucho con cuestiones personales, con mi historia; desde mi adolescencia esta historia ha tenido como una impronta vintage, pero en este caso el planteo estético no será literal, evidente, sino sugerido”.

La sala Balzo, además, tiene muy buenas condiciones para el uso de proyecciones, entonces vamos a trabajar con ese recurso también. Mi objetivo es que el concierto sea más que un show musical, sino que podamos meterle también cabeza y cuerpo a la puesta en escena.

Dice Rodrigo: A la banda ahora se sumó una persona más; hicimos un cambiazo desde el año pasado ‘del batero por batero’. Además ahora voy a tocar mucho menos que antes con pistas. Entonces al no tener la pista armada, donde yo puedo poner los samples, voy a tener alguien más que está tirando los samples en vivo. Somos tres violas, ya que la mayoría de los temas están arreglados con tres guitarras, bajo, batería, teclado, y el Gonza que se suma con el sampler. Somos siete músicos. También habrá varios invitados, invitadas.

Dos gatos, varias Fender, una pila de vinilos, Charly García

Uno de los gatos que conviven con Rodrigo, el de pelaje más claro, no tiene mucho interés en la sociabilidad: le alcanza con contemplar, desde el muro lindero con la casa de al lado, lo que ocurre en el pasillo o en la puerta de entrada. El otro, con todo el pelaje negro, es el encargado de las artes de la hospitalidad, de posar para la foto, de oficiar de guía hasta el estudio de Rodrigo (y quizás de vigilar que la colección de guitarras siga luciendo el esplendor histórico de su marca de referencia).

Este pequeño espacio, ubicado en la planta superior de la casa, reúne todos los signos que se acumulan y ensamblan en “Panda”. Las metáforas, especialmente para los intentos de escribir sobre música (o “bailar la arquitectura”, como dijo algún celebre ícono de la música popular), suelen ser fragmentos de discurso “traídos de los pelos”, con un único objetivo quizás: ensayar al menos una descripción de lo indescriptible, o de lo inexplicable, o del misterio. Y estas líneas no pretende superar tal limitación.

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Allí, en ese espacio a la vez cálido y repleto de referencias personales, Rodrigo parió casi en tiempo récord este proyecto discográfico. Una computadora, varias guitarras Fender, varias acústicas, teclado, partes de una batería, discos de vinilo, estanterías con casetes, una bandeja (de envidiable sonido y belleza), fotos de tangueros célebres (Gardel, infaltable), un enorme poster con Carly García posando para una histórica tapa de la Rolling Stone, libros. Y el gato encargado de supervisar todo.

Aunque casi no hay espacio para circular, el tiempo, allí, surfea a su antojo (o al pulso del instinto creativo de Rodrigo). Lo retro, o lo vintage, se dirá, sale de paseo con las tecnologías que parecen burlar los límites para procesar sonidos, sean sintéticos, sean sampleados, o para crear espacios y acústicas que no tienen un referente físico puntual, reconocible.

Las canciones de “Panda”, y también las de sus ediciones anteriores, abrevan de esa trama de tiempos, lo que, para los que queman inciensos en el altar de las etiquetas, puede ser un dolor de cabeza o el estímulo para improvisar categorías: que es pop, que es indie, que electrónico, que es rock, que tiene algo (o alguito) de Mateo (de Eduardo Mateo, el de la época del disco “La máquina del tiempo: La mosca”, de 1989), o también de “7 y 3” de Jaime Roos, o de los capos del sampleo de los años noventa (cuando las tecnologías se valoraban al peso y tamaño de dispositivos de precios inalcanzables). Y a partir se podría ensayar con términos como “mezclas”, “fusión”, en un “lenguaje emergente”.

Quizás sea eso. O no. “Panda”, como este estudio, es, antes que todas esas caracterizaciones, una narración de y sobre Rodrigo. Un hecho creativo que, sin pretensión de análisis psico-estético (o cosa parecida), cuenta, en primera persona, una forma de estar y de entender el mundo. Y en esto las sentencias que suele usar la crítica especializada, con impostura de sanción jurídica, no tienen mucho sentido.

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Un proyecto (necesariamente) incompleto

En este repertorio de 10 canciones de “Panda” pulsa un proyecto que necesariamente está incompleto. Cada una de las composiciones actúan como estaciones, quizás provisorias, en una exploración personal.

Fueron paridas con urgencia, ensambladas en texturas y timbres guitarreros que se gozan como fluidas sinécdoques de género (remisiones al pop “más liso y derecho”, dice Rodrigo, a toques roqueros, a piques tangueros); samples del trío Los Panchos interpretando “Piel canela” o de la voz del ‘Polaco’ Goyeneche o de un fragmento de una película china o una española; patrones rítmicos secuenciados en una batería electrónica.

Los tiempos, las estéticas, se revuelven, ya se anotó. Y se toman su tiempo para eso: diez canciones directas, con esquemas formales transparentes (anclados en históricos modelos de la canción popular), un tratamiento de lo vocal “popera”, con interesantes matices en el registro medio y agudo (que merecen ser explotados); con juegos de contrastes expresivos más que interesantes, como los que logró al introducir las lecturas poéticas de Camilo Álvarez Santángelo, “que marcan los tres microciclos en los que se organiza el disco” (Rodrigo dixit).

Un combo urdido entre la casa de Rodrigo y el estudio Dos Reis, de Álvaro Reyes, que bien podría escucharse como si fuera un disco de vinilo (¿conceptual?), con su cara A y su cara B, como para sustentar esta aparentemente “extraña” combinación de “milonga” e “indie”. Un proyecto que, con su unidad, no tendría que cuadrar “ya que el disco tiene cada vez menos sentido en el mundo que vivimos”, completamente habituado a la fragmentación y al apuro.

Así las cosas, antes que apurar la pila de términos (pop, electrónica, rock, indie), este proyecto hay que escucharlo sintonizando dos frecuencias: la de la narración en primera persona, la que investiga en una identidad en construcción, y la de esos tiempos estéticos, técnicos, humanos que se revuelven y que suenan “tan retro” como “contemporáneos”.

Dice Rodrigo: Mi idea es que esta puesta esté en sintonía con el arte del disco, que conecta mucho con cuestiones personales, con mi historia; desde mi adolescencia esta historia ha tenido como una impronta vintage, pero en este caso el planteo estético no será literal, evidente, sino sugerido.

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Una conexión estética y sonora

Dice Rodrigo: Quiero que el sonido en la escena de es concierto, con la banda, esté lo más cercano posible al sonido que logramos en el disco. De hecho si introduzco los samples originales y todo eso, porque justamente quiero que buscar esa cuestión de la estética sonora lo más cercana posible.

Haremos un recorrido por momentos que considero indispensables del repertorio, como las canciones que más me representan y como también buscar una estética como todo el show, en el que habrá momentos un poco más arriba, momentos como más íntimos. Un par de temas lo interpretaré solamente con viola; otros temas que son con toda la banda, pero que son mucho más tranqui. Hay varios temas que haremos que son sin batería, por ejemplo, solo con la pista electrónica, el beat electrónico. La idea es recorrer diferentes momentos del disco, creando con ellos distintos climas, distintos entornos expresivos en el show.

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