Te doy basura, me pides más basura
Adictivos: pantallas y consumos ¿tóxicos?
¿Por qué las pantallas están inundadas por adictivos (y hasta tóxicos) productos audiovisuales? ¿Por qué las series son cada vez más breves?
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Caras y Caretas Diario
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Quien haya asistido a las proyecciones de Oppenheimer, la película de Christopher Nolan que devino fenómeno de taquilla en 2023, quizás recuerde que, durante sus largos 180 minutos, más de un espectador se levantó angustiado por una catarata de mensajes de WhatsApp o urgido por su sistema urinario. Encapsulados y rodeados de otros tantos secuestrados por las artes (todavía) encantadoras de la pantalla gigante, no hay muchas opciones para un breve escape a la otra “realidad”, a ese lugar que quedó “afuera”.
El desasosiego que provoca la falta de una “pausa restauradora”, sin embargo, existe a pesar de las (viejas) reglas del buen comportamiento cinéfilo, porque la experiencia “a demanda” ha cambiado las formas de percepción. Ansiosos, entonces, si una obra supera los 30 o 40 minutos, hay que levantarse de la butaca, escuchar los audios que llegaron, comprar más pop, hacer una visita “técnica” al baño, estirar las piernas. Y sí, luego, recompuestos, volver a la cápsula.
A las cinco de la mañana, con las luces del ómnibus apagadas, todo está brillando.
Una joven, totalmente cubierta por los abrigos, no despega la mirada de la luminosa pantalla del celular inteligente: chequea a velocidad de crucero los posteos en sus redes sociales, sigue el capítulo de una serie que no pudo terminar de ver en la noche anterior.
El joven que no consiguió asiento, y a pesar de estar apretado por la masa de pasajeros que se sujetan al pasamanos, despliega una singular habilidad para mirar una secuencia interminable de reels en las peores condiciones. Corren en pantalla: el cuerpo hiperproducido de una chica en uniforme policial; una coreografía cumbiera en una fiesta en algún punto de Bolivia; el virtuoso de la guitarra que, con precisión endiablada, versiona una añeja canción de Julio Jaramillo como si la estrella de Guayaquil fuera el nuevo hit pop; la jugada de Messi reencuadrada, casi pixelada; uno de los tantos tropezones de Joe Biden.
¿Por qué ocurren estos fenómenos? ¿Qué ha pasado con el consumo audiovisual en las últimas décadas? ¿Qué está pasando con el cada vez más dominante gusto por el “snack de plataforma”?
La experiencia snack se ha convertido en la forma de interacción dominante con la antes llamada pantalla chica (¿se acuerdan de aquello que se llamaba televisión?), le está causando serios problemas a la pantalla grande, pero, por lo general, esto se asume como el “deber ser” de un estado de cosas.
Al analizar el resultado de las pasadas elecciones internas y el comportamiento “extraño” del electorado, un analista político puso en discusión un interesante concepto: vivimos un cambio de época y no una época de cambios. Todo se ha revuelto y no volverá a ser como lo conocíamos. Y en el delirio global, ese que apenas logramos entender, se ha asumido, como planteó Mark Fisher, que el capitalismo es un sentido común que ordena a las sociedades llamadas modernas y, como la inevitable gravedad, es casi imposible pensar y actuar fuera de él, fuera de sus pantallas que caben en la palma de la mano.
Apelando a una noción gastronómica, el snack no es más que un producto de rápida ingesta, que genera esas “ganitas” incontrolables de más y que no demanda tiempo de elaboración para el degustante apasionado: abrís la bolsa y a comer hasta reventar.
Con la aparición y auge de las plataformas de streaming, aliada a la masificación del uso de celulares inteligentes, lo que antes consumíamos como televisión cambió radicalmente. Series, documentales, largometrajes de ficción, realities y otros tantos formatos se tuvieron que amoldar a los nuevos hábitos. Y la adicción pasó a ser una razón de ser: ¿quién no ha mirado de un tirón (o en una sentada) una temporada entera de alguna serie?
No solo hubo un cambio tecnológico y una búsqueda en otro tipo de narrativas. El asunto es que también cambió el modelo del negocio. Y lo que “funciona” para las megaempresas que controlan el mercado audiovisual se convierte en regla: cuanto más adictivo y breve, mejor negocio. Así las cosas, consumamos más series con temporadas más cortas y capítulos “rapiditos”, de la misma forma que consumimos “moléculas informativas” escandalosas en los portales de noticias, o shorts del megarepositorio audiovisual llamado YouTube. Todo corre, y en algún momento se encontrarán esas imágenes, ese snack último, que sacie el apetito hasta la próxima vez que se desbloquee la pantalla del celular.
Los usuarios de plataformas ya habrán notado que Netflix (sobre todo Netflix), y luego otras, han incorporado al rubro series una nueva tanda de producciones cuyas temporadas ya no se ajustan al anterior modelo de 13 o pocos más episodios. Incluso ya no hay nuevas series que “pinten” para tener una veintena o treintena de temporadas, como antes tuvieron, por ejemplo, La ley y el orden, del emporio de producciones de Dick Wolf, o Los Simpson. Ahora con dos o quizás tres ciclos de pocos capítulos la cosa se resuelve y a buscar otro snack.
En este contexto, uno de los géneros que más ha sufrido (o ha tenido) cambios fue el de la tradicional telenovela, pieza angular en la cultura popular latinoamericana, que desde hace algunos años ha ganado espacio en los catálogos por streaming.
Pero títulos históricos, como la creación del colombiano Fernando Gaitán, Café con aroma de mujer, que a mediados de los años noventa tuvo en pantalla (chica) 317 capítulos, en su versión nueva, de 2021, y que puede verse en Netflix, solo tiene 92 capítulos.
En Prime tenemos otro caso, el de La usurpadora, que en esta versión de 2019 tiene 25 capítulos, pero en la que se vio por televisión abierta hacia 1998 tuvo 120.
El melodrama que devino hito de las tardes en plan doméstico, con obras de autores históricos (fundacionales) como Alberto Migré o Nené Cascallar, no quedó enterrado en el cementerio audiovisual. Sigue siendo “necesario”, pero sus añejas, hiperedulcoradas y extensas narrativas ahora han sido vencidas por el imperio de lo breve.
En otro género estrella de las plataformas como el policial, la situación no es diferente. La “vieja” serie La ley y el orden (y sus spin off) se convirtió en un clásico gracias a sus elencos y a inteligentes y creativos guiones, y superó la veintena de temporadas. Pero en el contexto actual esto sería impensable.
Las nuevas producciones, con episodios más breves y temporadas más cortas, se vuelven adictivas no sólo por imperio de la variable tiempo sino también porque sus creadores, sus guionistas, sus directores, sus técnicos ya abrevan de una historia de calidad que puede rastrearse hasta comienzos de los noventa, con las pioneras incursiones en la pantalla chica de maestros como David Lynch (Twin Peaks es el ejemplo paradigmático).
En este fenómeno se ha agudizado la creatividad en los despliegues técnicos en lo audiovisual, y sus narrativas resuelven en 25 minutos, o menos, complejas historias que son capaces de atrapar la atención y generar interacciones significantes potentes (sobre todo del tipo emotivo-afectivo).
¿Estas cualidades alcanzan para justificar el fenómeno?
La adicción es problemática, el asunto es que a también es rendidora; lo que falta es el recurso crítico para generar distancia y análisis, algo que las plataformas, como buenos adalides del capitalismo, pronto intentarán disciplinar.
Y aquí, en este asunto, hay problemas de fondo que reclaman (más) discusión. Martín Caparrós, en un impecable (e implacable) ensayo sobre la crónica y el periodismo, expone el problema. Las empresas mediáticas están más que entrenadas en esta máxima: “Te doy basura, te entreno en la lectura (y en el visionado) de basura, te acostumbro a la basura, me pides más basura, te la doy”, escribió Caparrós.
Sometidos por la dictadura de algo definido como “el público lo pide”, emblema del capitalismo dominante, ni Bergman ni Tarkovski tendrían chance de existir. Por tanto, habría que volver al viejo concepto de resistencia contracultural (Mark Fisher dixit), y, además de reconocer las virtudes de los nuevos productos, habría que reclamar a los creadores esas obras que molesten al sedentarismo hegemónico. No todo debería “comportarse tan bien” como para recibir la “mejor nota” de las empresas que controlan el universo virtual.