Elegir a quién dar la palabra
En un momento de la conversación, comparto una preocupación que excede esta entrevista y atraviesa el presente cultural: la necesidad de elegir a quiénes darles voz en un contexto donde el marketing artístico muchas veces suplanta a la autenticidad, donde se promocionan discursos vacíos y se confunde visibilidad con pensamiento.
Uno puede optar por no entrevistar a determinadas personas cuando hacen más daño que beneficio al razonamiento —digo—, porque la cultura es básicamente pensamiento crítico.
Iván escucha con atención. No discute el planteo: lo desplaza hacia una zona más profunda.
“Hay mucha ignorancia y por eso es importante ofrecer”, dice.
“Existe una enorme dificultad para interpretar metáforas, para ir más allá de lo literal. Por eso es importante volver a traer estas obras clásicas.”
No se trata de nostalgia ni de museo: se trata de entrenar la mirada, de devolverle espesor simbólico a una sociedad que parece anestesiarse en la superficie.
¿Qué se espera cuando no se sabe qué se espera?
"Esperando a Godot" narra la espera inútil —y sin embargo obstinada— de dos vagabundos, Vladimir y Estragón, por un personaje llamado Godot, a quien nunca conocen y que nunca llega. En ese gesto mínimo se despliega una pregunta radical: ¿Qué sentido tiene seguir esperando?
La obra avanza sin avanzar. El tiempo se repite, se pliega sobre sí mismo. La espera es interrumpida por Pozzo y Lucky, un amo cruel y su esclavo, figuras donde el poder y la violencia se exhiben sin maquillaje. Nada se resuelve. Todo se posterga. Godot no llega hoy; quizás mañana. Siempre mañana.
Emblema del Teatro del Absurdo, el texto de Samuel Beckett no propone respuestas sino una incomodidad persistente. Y en un mundo atravesado por guerras, invasiones, desplazamientos y un futuro cada vez más opaco, la pregunta vuelve a golpear: ¿Qué estamos esperando hoy?
Tal vez —como sugiere esta puesta— no se trate de esperar algo, sino de permitir que de la nada surja la reflexión, que el vacío no sea parálisis sino conciencia.
Vladimir: nombre propio, historia propia
Para Iván Solarich, Vladimir no es solo un personaje. Es también un nombre cargado de memoria.
“Mi hermano fallecido muy tempranamente se llamaba Vladimir.”
La coincidencia no es menor. Ese hermano, muerto a los 49 años, pertenecía a la generación de las grandes utopías, de los relatos de transformación radical del mundo. Encarnar a Vladimir hoy es, para Iván, poner el cuerpo a una herencia, dejar que la biografía impregne el texto.
“Uno habla con su voz, claro. Pero también habla por tantas otras voces.”
Ahí aparece una de las claves de su trabajo actoral: no borrar la singularidad, no neutralizar la historia personal en nombre de una abstracción. Los personajes, dice, no son cáscaras vacías.
Teatro, política y preguntas
Iván no esquiva la palabra política. Se define sin grandilocuencias:
“Soy un hombre de izquierda, pero no un dogmático. Un hombre que se hace muchas preguntas, mucha autocrítica, y que no se come el relato de que este mundo es la panacea.”
Esa posición se filtra en su Vladimir. No como consigna, sino como respiración ética. La obra, insiste, no es solo existencial: es profundamente política en tanto interroga la pasividad, la espera delegada, la renuncia a decidir.
“Nadie que se te imponga en algo es algo positivo. Nadie que decida por vos.”
Lisboa, Europa y el regreso
El proyecto nace de un cruce internacional. Solarich trabajó durante meses en Portugal junto al actor Manuel Coelho y bajo la impronta del histórico Teatro Experimental de Cascais. Ensayos, funciones, subtítulos, lenguas que se cruzan. Una experiencia intensa.
“Para un actor uruguayo, que te invite un elenco extranjero, es una alegría enorme. Y un desafío brutal.”
Traer Godot a Montevideo no es un gesto de importación sino de ida y vuelta: un viaje que regresa transformado. Como Heráclito, recuerda Iván, uno nunca vuelve al mismo río.
Un teatro vivo
Hacia el final de la charla, Iván recita un fragmento de la obra. No actúa: piensa el texto en presente.
“El aire está lleno de nuestros gritos, pero la costumbre ensordece.”
Lo dice despacio. Y agrega:
“Siento que Beckett te arrima la hoja y te dice: decilo vos. Hoy.”
Ahí está, quizás, el sentido último de esta puesta: decir hoy. No como repetición mecánica, sino como acto vivo. Porque las obras no envejecen; envejecen las miradas.
Esperando a Godot vuelve al Solís no para responder qué estamos esperando, sino para obligarnos a no dormir mientras otros sufren.
A escuchar el ruido del mundo.
A preguntarnos, incómodamente, si seguimos esperando o si, por fin, empezamos a pensar qué hacer con esta espera.