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Cultura | cultura | Daniel Romano | Sodre

Daniel Romano, director ejecutivo del Auditorio Nacional del SODRE

"La cultura no puede resolver todos los problemas, pero sí puede salvar a mucha gente"

El director ejecutivo del Auditorio Nacional del SODRE, Daniel Romano, reivindicó el papel de la cultura como una herramienta de inclusión, formación y transformación social.

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Daniel Romano nació en Sayago, “barrio que no perdió sus encantos y la sencillez de la gente”, y jugó al básquetbol en el club de la zona. Cada tanto vuelve a las canchas, no para entreverarse en partidos amistosos, sino para ver jugar a su sobrino en inferiores de Sayago y para reencontrarse con amigos de la adolescencia con los que siente que el tiempo no ha pasado y el cariño sigue intacto. Siempre supo que sería cantante y desde niño cantó por todas partes aunque inicialmente de manera intuitiva.

Su papá, Ángel Romano, fue trabajador del comercio y del sector metalúrgico y su mamá, Juana María aunque sus afectos le llamaban Perla, fue encargada de la farmacia Beisso & Cía y trabajó unos cuántos años en la Facultad de Agronomía.

Daniel tiene una hermana que nació en Buenos Aires, Fabiana Romano, y la familia se completa con su esposa, Elizabeth Szilagyi, primera viola de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, hija y hermana de músicos, y Franco, el hijo del matrimonio con Elizabeth.

Daniel comenzó sus estudios en un colegio católico del barrio “hasta que la economía familiar se complicó un poco” y allí pasó a estudiar en la educación pública, primero en el liceo 23 y posteriormente en el 18 donde matizó las materias básicas con el amor por cantar, vinculándose al coro del liceo. Allí comenzó todo. Viajaba más de una hora en ómnibus para ir desde Sayago hasta el liceo Zorrilla a ensayar con un grupo coral en el que el repertorio se basaba en partituras de negro spirituals y zarzuelas. A los 15 años tuvo su primer papel protagónico en el Teatro Odeón. Fueron años intensos de fascinación por el mundo artístico. Para contribuir con la economía familiar, trabajó como mensajero, cobrador, y cuando llegó la oportunidad de estudiar en la escuela de ópera, no lo dudó. Uno de los días emblemáticos en su vida, fue cuando se enteró del llamado abierto para integrar el coro del Sodre. El único coro profesional del Uruguay, con salario fijo y derechos laborales. El problema fue que se enteró a minutos del comienzo de la audición. Y fue su mamá la que entendió que Daniel quería ir y demostrar que había nacido para cantar. Perla abrió el frasco donde guardaba el dinero para pagar la luz y el agua del mes, y le dio plata para que Daniel se tomara un taxi y llegara a tiempo a probar suerte. Daniel se subió al taxi temblando, por los nervios de llegar a tiempo, por estar a la altura y por no defraudar a su mamá que le estaba dando un dinero importante para la familia. Y allá fue. Y cantó. Y lo aplaudieron mucho. Mucho. Y se volvió a Sayago en ómnibus llorando sin parar porque en su fuero íntimo sabía que desde ese día su vida ya no sería igual. A partir de allí, todo fue muy vertiginoso. Roles, papeles secundarios, otros protagónicos. Luego fue becado para estudiar en Francia con una maestra de la Ópera de París. Allí perfeccionó su técnica y trabajó el repertorio. Recorrió el mundo cantado en escenarios soñados y no se olvida de las roscas con chicharrones que compartía con el fantástico Carlos Ventre cuando ambos iniciaban sus carreras como cantantes líricos. Ahora dirige el Auditorio Nacional del Sodre, es reconocido por colegas, maestros, técnicos e incluso cronistas especializados, como alguien que ama el arte y que nació para estar arriba de un escenario, pero que al mismo tiempo, tiene la experiencia acumulada para gestionar y coordinar producciones, cuidando los detalles y solucionando lo que sea necesario para que la magia suceda cuando se levanta el telón.

¿Se imaginaba llegar a dirigir el Auditorio Adela Reta?

No, nunca. La verdad es que nunca. Este cargo no lo soñé, pero lo agradezco muchísimo porque me encuentra en una etapa formidable de la vida.

Fui coordinador artístico durante muchos años, ingresé en 2010 y hasta 2025 estuve vinculado a las producciones líricas. Y cuando digo “estuve”, en realidad debo decir “estuvimos”, porque siempre fue junto a un equipo de trabajo. Si no hay equipo, no se puede lograr nada. Durante muchos años tuve a mi cargo la coordinación artística de conciertos sinfónicos, sinfónico-corales y de ópera. Cuando a fines del año pasado me ofrecieron el cargo, lo agradecí profundamente. Y no puse ninguna condición.

¿Qué le pidieron?

Me preguntaron si estaba dispuesto a asumir la Dirección Ejecutiva. Entendían que, por mi experiencia de trabajo dentro de la institución, yo podía desempeñar esa función. También creo que influyó el vínculo que he construido con los distintos equipos, que es muy bueno.

Como trabajé muchos años en la Coordinación Artística, conozco muy bien a muchas de las personas que hoy interactúan con esta Dirección. Con algunos equipos prácticamente no cambió nada. Otros, como Atención al Público o la Coordinación Ejecutiva, son más nuevos para mí. Pero con los compañeros de las áreas técnicas ya había trabajado durante años, aunque desde otro lugar.

Y para enfrentar este desafío, es fundamental o al menos a mi me importa mucho sentir que el trabajo está respaldado por un Consejo Directivo integrado por gente con sensibilidad artística. El presidente es Luis Pérez Aquino, un concertista internacional con vasta experiencia en gestión cultural, la vicepresidenta es Alejandra Moreira, violinista solista de la Orquesta Filarmónica de Montevideo y técnica en gestión cultural y la tercera integrante es la Consejera Natalia Schiavone, estudiante avanzada de la Licenciatura en Artes Plásticas y Visuales de la Udelar. Gente de mucha sensibilidad artística.

¿Cuáles son los grandes desafíos que tiene hoy el Auditorio?

El primero, y creo que es algo que todos sentimos, es cuidarlo. Como ocurre con cualquier edificio que va acumulando años, hay elementos que se deterioran y debemos estar permanentemente atentos para preservarlo y mantener todo en condiciones. Además, hay una idea impulsada por este Consejo Directivo, que todos acompañamos, y que apunta a enriquecer cada vez más la experiencia del público. Creo que lo principal es que, desde el momento en que una persona llega, se sienta bien recibida. Que la saluden con una sonrisa, que le den las buenas tardes. A partir de ahí se construye todo lo demás. Estamos trabajando en ese proceso de enriquecer los espacios. Queremos incorporar más iluminación en algunos sectores, aumentar la presencia de la identidad visual del SODRE mediante banners y sumar nuevas pantallas que aporten color a los halls, que a veces pueden percibirse como espacios demasiado fríos. Hablo de los espacios comunes, no de la sala ni del escenario.

También estamos proyectando cambios a más largo plazo, desde la renovación de las moquetas hasta mejoras en la luminaria.

Pero en el alma, en lo que representa para la sociedad uruguaya el Auditorio del SODRE, el que asombró al mundo con la revolución artística que provocó Julio Bocca con el BLS, ¿cómo se imagina el posicionamiento en términos actuales?

Creo que el alma la construimos con las infancias, con las nuevas generaciones. Hace pocos días recibimos a dos escuelas del interior una de Soriano y otra de San José y yo mismo hice la visita guiada y la disfruté muchísimo. Fue una experiencia bellísima.

El Auditorio, algo que no es nuevo pero que seguimos profundizando, está llegando al interior con sus elencos y sus equipos, como siempre lo ha hecho. Y además se está fortaleciendo mucho el programa de visitas de escuelas rurales al Auditorio.

Hace poquito presentaron El Corsario a niñas y niños.

Sí. Las versiones que hacemos para los niños son adaptadas y más breves. Incluso, si advertimos que alguna temática puede afectar determinadas sensibilidades, esa parte se elimina. Se cuidan todos los detalles. Por ejemplo, se entrega un programa especial, pensado para ellos, con formato de dibujo animado. No es el mismo programa que recibe el público general. Los niños pueden pintar, seguir una historieta y comprender mejor lo que van a ver. Y la felicidad que nos genera todo eso es enorme. Son de los días más felices del trabajo del año para nosotros. Quizás también de los más complejos, porque debemos estar atentos a todo. Cuando hay 1.500 niños en el Auditorio, la responsabilidad es enorme. Todos los equipos trabajan con máxima dedicación: Atención al Público, los técnicos, cada una de las áreas. Es una función realizada con toda la pasión y toda la energía para que los chiquilines la disfruten. Y al final de la jornada terminamos todos muy felices.

¿Qué lugar ocupa hoy el Auditorio Nacional del Sodre en el ecosistema cultural y, especialmente, qué cree que representa para la sociedad uruguaya?

Mucha gente no lo sabe pero este es uno de los pocos teatros de producción que existe. Si no es el único del país. Por ejemplo, ahora que hablamos de El Corsario, se trató de una producción íntegramente nuestra. Lo mismo ocurrirá con Coppélia. Son espectáculos que nacen aquí. El Corsario obtuvo un premio muy importante, algo que nunca había sucedido. El nivel actual de la compañía de ballet es extraordinario. El otro día el público estuvo varios minutos aplaudiendo de pie. Es una gloria. Y eso no ha disminuido; al contrario, sigue creciendo. Pero lo que más nos interesa, y lo que queremos seguir profundizando tanto en ballet como en ópera, es el desarrollo de nuestros propios equipos y talleres. Queremos que sigan creciendo.

En lo personal, tengo una idea que pienso plantear próximamente en el Consejo: fortalecer la capacitación de nuestra gente. Llevo pocos meses en este cargo, pero ya estoy estableciendo contactos con distintos teatros de la región y también de Europa.

Mi aspiración es que algunos de nuestros técnicos puedan realizar instancias de formación en esos teatros. Es un sueño, pero creo que podemos hacerlo realidad con apoyo y colaboración. También me gustaría que especialistas de otros teatros del mundo, donde existe una intensa actividad de producción, puedan venir a Uruguay a capacitar a nuestros equipos. Estoy convencido de que eso nos enriquecería enormemente. Enriquecería a quienes participen directamente de esas experiencias y, a su vez, esos conocimientos se multiplicarían después dentro de la institución.

Y en cuanto al rol del Auditorio para la sociedad, ¿qué le gustaría que sintiera la gente, la población toda?

Primero, que se apropien del Auditorio, porque no es nuestro, es el Auditorio de los uruguayos. Por eso también se ha democratizado mucho la oferta cultural. Hoy no solamente se puede asistir a una ópera o a un concierto, también hay charlas de especialistas, espectáculos de artistas como Ricardo Darín o propuestas de folclore. En estos años hemos tenido a las mejores bandas de rock del Uruguay, a cientos de artistas nacionales e internacionales y el Auditorio está abierto para toda la sociedad.

Hace poco una persona me preguntó: “¿Cómo tengo que ir vestido?”. Todavía quedan esas ideas. Quizás el mensaje sea justamente ese, siéntanse dueños del teatro, porque en definitiva es el teatro de todos nosotros. Ojalá la gente pueda sentir el mismo amor que sentimos quienes trabajamos allí y que perciba que ese lugar también le pertenece. Ya no existe aquello de que si no vas de traje no podés entrar. Y eso también implica romper con paradigmas muy arraigados, como la idea de que la ópera es para unos pocos o que hay expresiones culturales a las que no todos pueden acceder. Sé que a veces los precios pueden parecer elevados, pero también hay muchas otras actividades por las que se pagan valores importantes.

Hablando de paradigmas, históricamente hubo y seguirá habiendo quienes sostienen que la cultura es un gasto y que existen otras prioridades para una sociedad. ¿Por qué es importante invertir en cultura?

La cultura, más que un gasto, es una inversión. Naturalmente todo tiene límites y sabemos que un país enfrenta múltiples necesidades y prioridades.

Por suerte, creo que se ha entendido al menos en esta gestión que, aun en contextos económicos complejos, la cultura no puede apagarse ni desaparecer. En ese sentido sentimos un fuerte respaldo del Ministerio de Educación y Cultura. No solamente acompaña institucionalmente, sino que además está presente en los espectáculos. Y eso es muy importante, porque no siempre sucede que las autoridades acompañen de esa manera. Todo eso hace que el Consejo Directivo y quienes trabajamos en el Auditorio nos sintamos respaldados.Y sinceramente creo que cada vez son menos quienes piensan que invertir en cultura es tirar el dinero. Lo veo porque cada vez son más quienes acompañan los espectáculos. Eso me hace pensar que la gente encuentra allí algo que le hace bien.

Lo importante es que cuando una persona llega a una sala se vaya llena de algo. Puede irse llena de alegría, de emoción, de bronca, feliz porque ganó ‘el bueno’ o enojada porque ganó ‘el malo’. Pero tiene que llevarse algo.

Hace años me dijo que “nadie sale igual después de ver una ópera o un concierto”.

Tenés que dejarte llevar. Tenés que abrir el corazón y escuchar. En este tiempo donde campea el odio, donde hay tanta gente enojada y el mundo se parece a un escenario de combate, los teatros tienen que ser el refugio de la esperanza. La cultura siempre ha sido el espacio de la esperanza.

¿Y cómo salen los niños de las escuelas rurales después de ver un ballet?

Maravillados, felices, riendo y comentando lo que más les sorprendió. Nosotros somos muy felices cuando vemos sus reacciones. A veces alguna compañera de Comunicación los entrevista al salir y les pregunta qué les pareció y ellos cuentan quién era Sancho Panza, quién era Don Quijote, o Dulcinea o cómo se hundía el barco de El Corsario. Lo relatan con una felicidad enorme, como si estuvieran contando un cuento. Ahí sentimos que el mensaje llegó. Y eso el BNS lo logra de manera extraordinaria, igual que todos nuestros equipos. Esa es nuestra mayor felicidad. Ellos son nuestro nuevo público.

Hace poco les decía a unos niños que habían venido de visita que quizás algún día alguno de ellos estaría tocando en ese mismo escenario. Justo estaba el director de la Orquesta Juvenil y aproveché para presentárselo. No hay que olvidar que la Orquesta Juvenil tiene núcleos en todo el país y esa posibilidad de que un niño de una escuela rural se incorpore a estudiar y tocar en un núcleo de la Juvenil es una maravilla.

También se me acercaban niños que me decían que les gustaba el ballet y que sabían que había clases. Muchas veces son los padres quienes transmiten esa información.

Por suerte, cada vez es menos la gente que piensa que esto es un gasto o una pérdida de recursos. Al contrario. Y además, la cultura genera muchísimo trabajo, no solamente para músicos, bailarines o cantantes. También para maquilladores, escenógrafos, técnicos y una enorme cantidad de trabajadores vinculados a la actividad.

Durante la pandemia eso quedó muy claro. Hubo mucha gente que mantuvo su salario y, al mismo tiempo, se siguieron produciendo contenidos para quienes estaban en sus casas.

El Auditorio fue un sostén importante para el sector cultural, en un momento muy triste para nuestra sociedad y el mundo entero. En aquel momento yo estaba como coordinador artístico y recuerdo que en algunas reuniones planteaba que, si la gente no podía acercarse a nosotros, debíamos encontrar la forma de acercarnos nosotros a la gente. Por supuesto, fue una construcción colectiva.

Y al menos, fuimos una pequeña caricia al alma para mucha gente que pudo escuchar música en medio de aquel contexto y ver ensayos, todo tipo de materiales que compartimos desde las plataformas actuales.

Hoy ya no existe la pandemia, pero sí otros fenómenos como el aislamiento, la fragmentación social, la adicción al celular o a las plataformas de streaming. ¿Cómo hace el Auditorio para convencer a la gente de seguir viviendo la experiencia de los espectáculos en vivo?

Es una gran pregunta y ese es uno de los mayores desafíos que tenemos. Vivir una obra en vivo, en una sala teatral es una experiencia única. No la pueden reemplazar ni YouTube, ni Netflix, ni la inteligencia artificial. Escuchar a un músico tocar en vivo, con sus aciertos y también con sus errores, es algo irrepetible.

Muchas veces me preguntaron cómo puede ser que una ópera con más de 200 años siga vigente. Y siempre respondo lo mismo: por los intérpretes.Todo cambia según quién la interprete. El argumento es el mismo. El público ya sabe cómo termina la historia. Pero quiere ver cómo la va a contar esa persona. Quizás un cantante emocione más que otro. Y eso es lo que vuelve única cada función.Creo que eso es insustituible. Incluso la inteligencia artificial ya ha generado orquestas dirigidas por robots, pero no es lo mismo. Porque hasta el error puede emocionar. Lo mismo ocurre con los bailarines y los cantantes. Uno puede volver a ver El Corsario muchas veces, pero la emoción de estar sentado en la platea y sentir lo que ocurre en vivo es algo imposible de reproducir a través de una pantalla.

¿Cómo influye la existencia del Auditorio del SODRE y de sus cuerpos estables en la autoestima de la sociedad uruguaya?

Creo que influye muchísimo. Cuando llegan los niños y preguntan si este es el teatro más grande del país y les contamos que sí, que tiene capacidad para casi dos mil personas, quedan fascinados.

Muchos también saben, porque se lo transmiten sus familias, que está considerado entre los teatros más importantes de Sudamérica. Con todas nuestras fortalezas y también con nuestras carencias, es un teatro muy valorado por la calidad y diversidad de sus actividades. Y la gente lo vive con orgullo. Conozco personas jubiladas, antiguos maestros, que hacen enormes esfuerzos para asistir a una ópera. Vecinos que le piden a otro vecino que les facilite una tarjeta para poder comprar una entrada y después se la van pagando de a poco. Eso habla de una pasión muy fuerte y de la confianza en que ese lugar los va a respetar y les va a ofrecer una experiencia valiosa. Después podrá gustarles más o menos un espectáculo, porque eso siempre ocurre. Pero el vínculo está. Tenemos el orgullo de contar con el único coro profesional del país, con una de las principales orquestas sinfónicas de Uruguay y con una compañía de ballet que abre temporadas en Europa y que llena teatros cuando gira por el interior. La gente recibe a esos elencos con un entusiasmo enorme.

¿Qué le diría a los padres que dudan si acompañar a un hijo o una hija que quiere estudiar ballet, música o canto?

Yo también soy padre. Y la verdad es que garantías no hay para nadie en ninguna profesión. Sería una mentira decir que alguien va a triunfar simplemente por elegir este camino. Van a tener que esforzarse y competir, como ocurre en cualquier carrera. Lo mismo pasa con quienes estudian medicina, derecho o cualquier otra disciplina. La diferencia es que el SODRE ofrece gratuitamente escuelas de formación artística de altísimo nivel, algo que no es habitual en muchos lugares del mundo. Hoy existe una hermosa sede nueva en la calle Uruguay, donde se forman bailarines y cantantes.

Además están otras instituciones como el Conservatorio Universitario para quienes quieren seguir estudios musicales. Las oportunidades laborales existen. Después dependerá de la preparación, del esfuerzo y también de la perseverancia.

Siempre digo que los sueños los alcanzan quienes resisten. A veces se cumplen y a veces no, pero lo importante es seguir intentándolo.

Además, en las disciplinas artísticas nunca se deja de estudiar. Un cantante, por ejemplo, estudia toda la vida.

¿Cuál es su gran sueño al frente del Auditorio?

Primero, aspiro a dejar el teatro en las mejores condiciones posibles desde el punto de vista edilicio. Cuidarlo junto a nuestros arquitectos, técnicos y equipos de trabajo para que quienes vengan después encuentren una institución sólida. Y después, traer cada vez más público. Tengo el sueño de conquistar nuevos públicos. Todavía hay mucha gente que no conoce el Auditorio y nosotros tenemos que salir a buscarla, a acercarle nuestras propuestas.

Queremos que cada vez más personas se apropien del teatro. Quizás a algunos les guste la lírica, a otros el tango, el folclore, la danza clásica o la formación musical.

Mi gran sueño es que cada vez venga más gente y que esos niños que hoy llegan desde escuelas rurales vuelvan dentro de unos años y digan: “Yo vine por primera vez a Montevideo con mi escuela y ahora estoy estudiando acá”.

¿Cómo observa actualmente el rol que desempeñan los maestros?

María Noel Riccetto está fascinada. La veo disfrutando de su familia, de sus amigos y sus proyectos. No tengo que recordar que es una gran maestra y en su momento, fue considerada la mejor bailarina del mundo. Desde lo personal, siempre tuve una relación excelente con ella y le tengo un enorme respeto y admiración. Trabajar con ella es un privilegio. Al frente del Coro tenemos a Esteban Louise, que ingresó al SODRE prácticamente al mismo tiempo que yo, en 2010. Además estudió viola con mi esposa, así que lo conozco desde muy joven. El Coro Nacional está en un gran momento lo demostró recientemente en Fidelio y es un orgullo para nosotros. Al frente de la Orquesta Juvenil tenemos al maestro Ariel Britos, que ha venido realizando una tarea formidable con los niños y jóvenes. Darles un instrumento es ofrecerles una oportunidad distinta de vida. Ayudar a que un niño encuentre un camino artístico es muy importante. La Orquesta Juvenil y la Orquesta Infantil cumplen una función social enorme. Muchos de los músicos que hoy integran orquestas profesionales comenzaron allí. Es una tarea muy compleja, que llega a todo el país y combina formación artística, educación y democratización cultural. Ser artista requiere disciplina y formación desde edades tempranas. Y al frente del Coro de Niños está Víctor Mederos que realiza un trabajo enorme. Han participado en producciones como Carmen y además obtuvieron importantes reconocimientos.

Los niños ensayan prácticamente todos los días y Víctor está con ellos incluso los sábados. Tiene una dedicación admirable y un enorme cariño por lo que hace. Trabajar con cientos de niños exige una responsabilidad muy grande.

Al frente de Ia OSSODRE está el maestro Ignacio García-Vidal, un formidable director y excelente comunicador, que ama Montevideo y el Río de la Plata.

Lo conozco desde hace mucho tiempo. Es una gran persona y coincido que es un excelente comunicador. Creo que puede ser un aliado importante para atraer nuevos públicos porque está profundamente enamorado de Montevideo y de Uruguay.

Tiene una enorme capacidad para comunicarse con la gente y generar cercanía. Y eso es muy valioso.

Tal vez con menos exposición pública, el Conjunto de Cámara realiza una tarea pedagógica muy enriquecedora.

Sí, es un grupo extraordinario. No tiene un director estable, pero realiza un trabajo enorme. No solamente desarrolla su temporada en Montevideo, también participa en actividades didácticas, recorre liceos, visita el interior y llega a lugares muy alejados.

Hace poco presencié un concierto que ofrecieron para funcionarios de atención al público, personal tercerizado, trabajadores de limpieza, seguridad y técnicos. Fue algo precioso, porque hizo sentir a todos parte de la misma institución.

Por lo tanto, hay equipo.

¡Sí! Hay un gran equipo.

Vivimos en un mundo atravesado por guerras, violencia y exclusión social. ¿Por qué debemos sostener el rol de la cultura?

La cultura quizás no pueda resolver todos los problemas, pero sí puede salvar a mucha gente. Hoy estamos hablando de casi 300 niños y adolescentes que participan de las actividades del SODRE. Y a todos ellos les estamos ofreciendo oportunidades, alejándolos de situaciones difíciles. La cultura no puede hacerlo todo, pero puede ayudar mucho. Nos da una enorme felicidad ver a esos chiquilines crecer dentro de estos espacios. Vivimos en un mundo complejo y, si podemos aportar aunque sea un granito de arena para mejorarlo, entonces ya estamos haciendo algo importante.