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Cultura | redes sociales | Ben Tarnoff | internet

Con Ben Tarnoff

Las redes sociales y la extrema derecha

"Las redes sociales tienen una relación simbiótica con la extrema derecha que les hace ganar dinero", dice Ben Tarnoff, experto en TIC.

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Ben Tarnoff (San Francisco, 1985) trabaja en una empresa de software en Massachusetts y es uno de los fundadores de la revista Logic, que trata sobre las tecnologías de la comunicación y su impacto en la sociedad. Escribe sobre el asunto en medios como Jacobin, The Guardian o The New York Times. Este año ha publicado el libro Internet for the people (Verso Books). En él explica cómo Internet, un invento de las instituciones públicas estadounidenses, se ha convertido en un “centro comercial online” cuya infraestructura está controlada por “rentistas” y propone una “desprivatización” que libere todo el potencial de la red. Aprovechando el caos desatado tras la compra de Twitter por Elon Musk, hablamos por videollamada de las implicaciones de una esfera mediática privatizada y de cómo construir una alternativa.

Finalmente Musk ha comprado Twitter y esto ha producido un gran impacto en los usuarios. Hemos comprobado que alguien puede comprar una red social y hacer más o menos lo que quiera con ella. Se han producido migraciones a Mastodon, se buscan alternativas… ¿Puede ser una oportunidad para avanzar hacia un cambio de modelo en Internet?

Puede ser una oportunidad. Supongo que como mínimo es una valiosa lección sobre la fragilidad de nuestras plataformas corporativas. Me refiero a los riesgos de permitir que las plataformas donde tiene lugar nuestra vida online pertenezcan a empresas privadas y sean operadas por ellas.

Hay una historia más larga aquí, claro, que es la de la comercialización de la esfera mediática. De los periódicos, la radio y la televisión. A lo largo de la historia de los medios, hemos asistido a un conflicto real entre los imperativos comerciales y la capacidad de ofrecer información útil, correcta, relevante y fiable al público. Los medios tienen un potencial que está inhibido por la dinámica comercial.

El ejemplo de Estados Unidos es extremo porque tenemos muy pocos medios públicos y una esfera mediática fuertemente desregulada, lo que ha producido un paisaje informativo distópico, con algunas consecuencias políticas.

Así que, en mi opinión, cuando hablamos de Twitter o Facebook y otros espacios online donde circula la información, tenemos que situarlos en el contexto más amplio de los medios y cómo han sido definidos por los objetivos comerciales.

¿Considera que las redes sociales son medios de comunicación?

Bueno, en sentido amplio. Está claro que hay una diferencia, que es nuestra habilidad para interactuar socialmente a través de estos sistemas computacionales de un modo que es imposible a través del periódico o la televisión, y hay que tenerla en cuenta. Pero el problema resulta muy familiar: cómo el principio de la maximización de beneficios corrompe la calidad de la información y de la interacción social.

Las redes fomentan ciertos tipos de información, ciertos tipos de interacción. Suele ser información sensacionalista, provocativa, con una intensa carga emocional. Y esto, generalmente, favorece a las fuerzas de la derecha.

Facebook, en concreto, se ha convertido en una poderosa máquina de propaganda reaccionaria en parte porque su algoritmo prioriza el contenido más provocativo. Esto ha creado una oportunidad que ha sido explotada por ciertos grupos de derechas para usar las redes como megáfono. Es algo que le resultará familiar a la gente que conozca la historia de la radio comercial en Estados Unidos y de Rush Limbaugh, por ejemplo. O de la televisión y Fox News. Así que creo que es importante unir los puntos y darse cuenta de que esto no viene de la nada, sino que es la intensificación de una dinámica conocida.

Sin embargo, en su libro Internet for the people, usted considera que las explicaciones más extendidas sobre cómo las redes favorecen a la extrema derecha son simplistas. Afirma que, por una parte, el contenido polémico genera interacciones, pero, por otra, puede espantar a los anunciantes, que son la principal fuente de ingresos de estas empresas, por lo que es una cuestión compleja. ¿Podría explicar esto?

Es un ejercicio de equilibrismo. Por un lado, servir de megáfono a la derecha tiene ventajas claras, porque accedes a una base de usuarios muy comprometida. Y, como sabemos, estas plataformas viven del engagement, es lo que usan para vender anuncios. Por otro lado, a veces las actividades de esta base de usuarios pueden avergonzarte e incomodar a los anunciantes. QAnon es un buen ejemplo. Es un movimiento conspiranoico aquí, en los Estados Unidos, que está relacionado con el asalto al Capitolio del 6 de enero. Esto obligó a Facebook a reaccionar.

Facebook puede beneficiarse mucho de ser el espacio donde QAnon se consolida y recluta a sus miembros. Pero si pasa a ser una vergüenza, si provoca controversia hasta el punto de que los anunciantes no quieren que se les relacione con ello, entonces Facebook tiene que actuar.

Creo que esta dinámica se ve muy claramente con la gestión de Musk en Twitter, porque Musk está abrazando abiertamente ideas reaccionarias y haciendo amigos en la extrema derecha. Y los anunciantes se están poniendo nerviosos.

Les preocupa la seguridad de las marcas, no quieren que su anuncio aparezca debajo de un tuit con una esvástica, por ejemplo. Ese pantallazo es malo para ellos. Así que, para las plataformas, es un ejercicio de equilibrismo, porque tienen una relación simbiótica con la extrema derecha que les hace ganar dinero, pero deben moderar los contenidos, porque si no, los anunciantes empiezan a sudar, que es lo que está pasando con Twitter.

La publicidad es el principal negocio de las grandes empresas de Internet, como Google y Facebook. Usan el big data para eso. Sin embargo, en su libro usted insinúa que los anuncios en Internet no son muy efectivos. ¿Por qué lo piensa?

Tim Hwang tiene un libro maravilloso que se llama Subprime Attention Crisis. Argumenta que el ecosistema de la publicidad online se ha construido, hasta cierto punto, sobre el engaño. Muchos anuncios se sirven pero no se muestran porque la gente tiene bloqueadores, o se muestran en sitios donde la gente no los ve, o simplemente son ignorados y no producen conversiones de ningún tipo.

La publicidad está sobrevalorada. Creo que es importante tenerlo en mente porque normalmente lo que escuchamos, especialmente a los críticos de la tecnología, es lo contrario. Si lees a Shoshana Zuboff, por ejemplo, te llevas la impresión de que estas empresas han desarrollado máquinas de control mental, capaces de insertar mensajes subliminales en nuestros cerebros que nos hacen comportarnos de una forma determinada y comprar ciertas cosas.

Probablemente, la verdad está en algún punto intermedio.

Pero creo que tenemos la responsabilidad de rechazar el relato según el cual están controlando nuestra mente, porque la psicología humana no funciona así, es mucho más compleja. Además hay mucho software que no funciona. Una cosa es lo que el software promete y otra cosa es lo que hace. Nunca es lo mismo. Zuckerberg quiere que pensemos que tiene una máquina de control mental porque así es como vende anuncios, pero claramente no es el caso.

Mi intención en esa parte del libro era aportar un poco de cordura al discurso, porque es fácil dejarse llevar por la propaganda. Creo que es importante intentar comprender de forma precisa cómo funcionan en realidad estas tecnologías, no como los ejecutivos dicen que funcionan.

Otra cuestión en la que me hizo pensar su libro es cómo el Internet que conocemos, en España, por ejemplo, es muy estadounidense. La tecnología fue desarrollada por una agencia gubernamental para el ejército de los Estados Unidos. Y las plataformas que más utilizamos como Google, Facebook, Netflix o Amazon son estadounidenses.

En China han construido un ecosistema totalmente chino, con grandes plataformas chinas, debido al Great Firewall. Es una cuestión de censura y también de política industrial, el equivalente a los aranceles para un país que intenta industrializarse. Así es como han creado su propia economía de Internet. Y luego hay ecosistemas más o menos regionales en la India, en América Latina o en Rusia. Pero, en general, empresas como Google y Facebook siguen siendo dominantes en el mundo y aún hay algunos mecanismos de gobierno de Internet que son estadounidenses. El DNS, que es como la agenda de direcciones de Internet, estaba controlado por el Departamento de Comercio de los Estados Unidos y ahora lo gestiona el ICANN, que es técnicamente una ONG, pero está basado en Los Ángeles, bajo jurisdicción estadounidense. La base de usuarios se ha globalizado, pero Estados Unidos aún retiene una gran cuota de soberanía, aunque no como en los 90, cuando el control era total.

Hoy en día hay muchas especulaciones sobre la fragmentación de Internet, pero no creo que llegue a fragmentarse del todo. Siempre es beneficioso mantener algún grado de interconexión. Internet significa red de redes. Esas redes pueden estar conectadas de diversas formas. Y es difícil anticipar cómo se van a desarrollar.

Ha escrito mucho sobre la organización de los trabajadores en el sector tecnológico. ¿Cuál es la situación ahora mismo en Estados Unidos?

En general, en el país, ha habido una desmovilización desde que Biden ocupó la presidencia. La energía que se generó en la época de Trump se ha agotado y hay que buscar nuevas vías para organizarse.

Hubo una gran ola de movilizaciones tras la elección de Trump. Fue un acontecimiento que impulsó a mucha gente a pensar más en la acción colectiva y de allí salieron iniciativas muy mediáticas en grandes empresas tecnológicas como los Google Walkouts [protestas contra la gestión del acoso sexual, la discriminación y el racismo en la compañía que tuvieron lugar en 2018], pero ahora el movimiento se ha centrado en empresas más pequeñas.

Con las leyes estadounidenses, es muy difícil organizar un sindicato en una gran compañía como Google. Hay centros de trabajo repartidos por diversas ciudades, hay muchas subcontratas… Hubo algunos experimentos, pero creo que el foco se ha trasladado a empresas más pequeñas donde es más sencillo organizar y ganar campañas para constituir un sindicato formal.

Probablemente, el mayor sindicato de trabajadores informáticos de cuello blanco es el de The New York Times. Ese tipo de empresas se han convertido en empresas tecnológicas por necesidad, tienen muchos ingenieros en plantilla, y están desarrollándose procesos muy interesantes de ver.

La industria tecnológica alberga grandes desigualdades. Hay ingenieros de software con sueldos muy elevados y hay moderadores de contenido en condiciones lamentables, repartidos por el mundo. Usted considera muy importante crear solidaridad entre los distintos trabajadores del sector. ¿Cree que eso está ocurriendo?

Ha habido casos inspiradores. Por ejemplo, muchos empleados de cuello blanco de Silicon Valley desempeñaron un papel importante en las campañas de sindicalización de los trabajadores de servicios como las cafeterías o la seguridad en sus centros de trabajo. La solidaridad, ciertamente, es posible. Hay obstáculos evidentes, que son fomentados por las empresas. Creo que el truco es no obviar las diferencias entre los trabajadores. No fingir que todos estos individuos pertenecen a la misma categoría, pero facilitar que se entiendan mutuamente y puedan colaborar en la acción colectiva.

Se debatió mucho sobre los peligros de las fake news en Internet cuando Trump llegó al poder. Ahora que gobiernan los demócratas, ¿se están planteando legislar en ese sentido?

La preocupación por la desinformación ha desaparecido del discurso popular, simplemente porque Trump ya no está en el cargo. Hay gente trabajando en ello, pero ya no se ve como algo urgente. Creo que es un enfoque que siempre tuvo severas limitaciones. Le daban demasiada importancia a la desinformación para intentar explicar por qué Trump había ganado, pretendían que la desinformación fuera la causa de demasiadas cosas. Ahora creo que se están dedicando muchas más energías a la cuestión antimonopolio que a la de la desinformación.

Usted no está de acuerdo con ese enfoque, no cree en las políticas antimonopolio para Internet.

Correcto. Mantengo un apoyo crítico, vamos a decir, porque estos grupos quieren reducir el poder de las grandes corporaciones y eso es bueno. Apoyo muchas de las propuestas que han hecho en Estados Unidos, como trocear las grandes corporaciones o imponer la interoperabilidad entre servicios. Pero no comparto su diagnóstico del problema. Ellos creen que el problema es que los mercados están demasiado concentrados, piensan que si se introduce más competencia en Internet, los resultados para la sociedad serán más positivos. No creo que eso sea cierto. De hecho, creo que la competencia empeoraría las cosas.

Si piensas en las redes sociales, creer que con diez Facebook la dinámica sería más sana resulta ilusorio. Está claro que sería peor, porque las empresas harían cualquier cosa por ganar cuota de mercado. Las peores prácticas de Facebook para enganchar a sus usuarios surgieron en sus inicios, cuando todavía no eran tan dominantes.

Su propuesta es la desprivatización. ¿En qué consiste?

En crear un internet para la gente, no para el lucro. Esto suena un poco abstracto. ¿Qué significa? Significa crear alternativas a las estructuras corporativas, que sean de propiedad pública o cooperativa, sobre las que se pueda ejercer un verdadero control democrático. Muchas ya existen. En el libro, por ejemplo, hablo de las redes comunitarias que hay en Estados Unidos, en Europa y por todo el mundo para gestionar la infraestructura física de internet. En cuanto a las plataformas, Mastodon es un proyecto muy interesante, tiene sus límites, pero nos da una idea de cómo podría ser una red social descentralizada de comunidades autosuficientes. Y la gente lo está utilizando para experimentar con este tipo de cuestiones.

Las innovaciones que necesitamos son tanto sociales como técnicas. Se trata de crear espacios donde podamos deliberar, actuar, pensar las cuestiones difíciles entre todos.

Podríamos decir muchas cosas sobre cómo llevar estas ideas a la práctica. Las políticas públicas tienen que jugar un rol importante, hay que usar el Estado para dirigir inversiones a las alternativas y para limitar el poder de las grandes empresas y todo eso.

Pero lo que quiero enfatizar es que estas alternativas ya existen, no hay que crearlas de cero, podemos fijarnos en los modelos existentes, que tienen sus límites, pero aun así nos dan pistas sobre el aspecto que tendría un internet de la gente.

Por Elena de Sus (vía Ctxt)

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