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Cultura | Tabaré Leyton | Sala Zitarrosa | arqueología tanguera

En Sala Zitarrosa

Tabaré Leyton, un zorzal criollo de dos orillas y su virtuosa "arqueología tanguera"

Este sábado, a las 21, Tabaré Leyton vuelve a Sala Zitarrosa para presentar el repertorio de su último disco y otras canciones en formato trío.

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Y en la cita, que será en formato trío, con Leyton en voz más Rafael Bramuglia en guitarra y Pedro Kiszkurno en bandoneón, “volveré sobre un repertorio que me encanta hacer”, explicó el artista, “con algunos títulos nuevos y un poco de arqueología tanguera”.

Anclado en dos orillas

Aunque está radicado en Buenos Aires desde hace bastante tiempo, Tabaré Leyton se asume como un cantor de dos orillas y reparte su agenda artística y la vida personal entre ambas márgenes del Plata.

Este ir y venir define una identidad. “Siempre fui un amante de la cultura tanguera y de la forma de Buenos Aires: la encuentro tan parecida y a la vez tan distinta a nosotros, en Uruguay. He vivido en varios lugares, pero esta manera de estar en el Río de la Plata, de hacer el ida y vuelta, es parte de mi identidad: el tango sucede acá, toda nuestra música está anclada en esta región, y eso tira mucho. En otros lugares quizás se viva mejor, con otras comodidades, con otros recursos, pero el lugar tiene un imán muy fuerte: soy de acá, como esta música, como estos tangos y canciones criollas que canto”.

El sonido del lugar habitado

Tanto en la capital porteña como en Montevideo, Tabaré ha hurgado en esas tradiciones cancionísticas que componen toda la densidad simbólica que sostiene la experiencia del territorio, la del lugar habitado por memorias, sonidos, lenguajes, afectos.

Allí, en esa trama, pulsan milongas, estilos, valses que construyeron el extenso repertorio de la canción criolla, la que, en la compleja transición del siglo XIX al XX, operó como una de las raíces del tango: un encuentro de lenguajes musicales, estilos de canto, formas poéticas, que pronto tuvieron cultores de referencia ineludible -como Carlos Gardel- que ensamblaron estos sonidos a una forma de ser y estar en la ciudad.

En ese paisaje que fluye por encima de las fronteras, Tabaré encontró perlas compositivas únicas que la vorágine de la modernidad confinó al olvido y sonidos -o formas de la musicalidad- que lo fascinaron.

“Fijate que yo me enamoré del sonido del barrio Saavedra, que está al norte de la ciudad de Buenos Aires. En esa forma de hacer tango encontré cosas fascinantes. Y no es extraño que de allí salieron tantos nombres fundamentales para el tango. Y por eso también en este concierto que voy a dar en la Sala Zitarrosa el sonido de Saavedra estará presente. Tanto Rafael (Bramuglia), que es el director musical del grupo de Rodrigo de la Serna, como Pedro (Kiszkurno), son de ahí. En ese lugar, que queda tan lejos de los puntos más céntricos de Buenos Aires, hay, sin duda, algo fascinante y único”.

La voz, el estilo, las tradiciones

Tabaré no dudó: el tango es algo cerrado y no tiene mucho sentido hablar de innovación. Su apuesta, entonces, está enfocada a bucear, investigar para dar forma a esa “arqueología tanguera”, y abrevar en esas raíces para también exploración la creación, pero sin la pretensión de generar un tango nuevo, diferente. Es, acaso, una forma personal de jugar, de crear, en esa frontera sinuosa -y saludablemente inestable- entre cambio y permanencia.

Y esta búsqueda, contó, transita especialmente por el trabajo interpretativo, un rasgo, una cualidad, que singulariza su proyecto artístico.

Capitalizando su registro de tenor, que fluye con virtuosa expresividad entre distintas tesituras, contrastes dinámicos, fraseos, Tabaré sigue investigando en técnicas de interpretación vocal que están bajo la amenaza del olvido. Para conocerlas no hay manuales, no hay estructuras académicas que las hayan sistematizado. Quedan, sí, algunos registros fonográficos, quizás las memorias de algunos veteranos cantores. Y a estas fuentes, tan frágiles como fascinantes, va la investigación de Tabaré con la idea de recuperarlas, potenciarlas y descubrir con ellas esa rica tensión entre viejos y nuevos sentidos.

Esto es, ya se dijo, una “arqueología tanguera”, pero sin la impostura museística que disciplina y congela. En estas músicas, en estos lenguajes de la canción criolla y tanguera, pulsa una vida que sostiene el lugar habitado: definen una identidad y, a la vez, conmueven con experiencias tan pequeñas, tan íntimas, como las que cuenta Tabaré. “Esto es lo increíble, mucha gente se ha arrimado después de los conciertos para confesar lo encantadas que quedaron al escuchar canciones que cantaban sus padres, sus hermanos, o que escuchaban en la radio, como la Clarín, cuando eran chicas”.

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