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Editorial Gobierno | Lacalle |

Padre e hijo a toda regla

La hora final del gobierno de Lacalle Pou

El fruto no cae lejos del árbol: tanto el gobierno de Lacalle padre como el del hijo, Luis, estuvieron signados por una sucesión de hechos escandalosos.

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La reacción del presidente y la de sus huestes luego de trascender el intercambio entre Iturralde y Penadés, además del puro control de daños de renunciar a Iturralde y calificar el diálogo de privado y personal, fue parecida a la de su padre cuando le llovían los escándalos: el presidente acusó a opositores e incluso a Fiscalía de una suerte de persecución con saña, mientras su padre invocaba la existencia de una embestida baguala para derrotarlo.

En los dos casos, los Lacalle obviaron el dato fundamental: los hechos no los inventa nadie, están ahí y son repugnantes: Astesiano y la asociación para delinquir en el piso 4 existe; Marset y la emisión de un pasaporte a la distancia que le permitió fugarse existe; el espionaje de senadores opositores existe; la destrucción de prueba en el piso once de la Torre Ejecutiva para incumplir una orden de la Justicia y esconder información al Senado existe; los acomodos de Albisu existen; los abusos sexuales de menores de Penadés existen; las presiones a Fiscalia existen; Gabriela Fossati existe; las acusaciones calumniosas de Romina Celeste, militante del Partido Nacional, existen; los chats de Iturralde y los de Lafluf existen; los contratos a la Fundación A Ganar existen; los jefes de policía destituidos por impresentables existen; los ministros caídos en escándalos existen; los chats de Lafluf asesorando a Penadés existen; los millones de dólares a los canales existen; todo existe, nadie ha tenido que recurrir a patrañas para enlodar a este Gobierno, porque lo que ha salido a la luz, seguramente una fracción de lo real, ha sido sido más que suficiente para demostrar la calaña de lo que nos gobierna.

Conspiradores en el PN

Lo que sí parece cierto es que hay conspiradores dentro de la coalición e incluso dentro del Partido Nacional, que deben estar ayudando a que las cosas se sepan.

¿Cómo, de otro modo, se pueden conocer públicamente los chats entre senadores de la bancada de gobierno que forman parte de un grupo de WhatsApp claramente cerrado?

No puede caber ninguna duda de la respuesta: se filtran desde adentro, quién sabe con qué propósito concreto, aunque seguramente político o un ajuste de cuentas, como gustan calificar los homicidios entre hampones.

¿Consecuencias en las urnas?

Ahora bien, algunos analistas, periodistas y políticos dudan de las consecuencias de esta interminable lista de casos sospechosos de corrupción en las urnas.

Es una duda que se puede tener y callar, se puede tener y decir o se puede no tener y mantener cualquiera de las dos conductas: son hechos independientes el pensamiento y la palabra, y lo último, en campaña, tiene arreglo.

De todos modos, los políticos nunca evitan acusar de corrupción a su adversario si tienen de qué agarrarse; algunos, por cierto, lo hacen sin ningún elemento, porque no tienen escrúpulos pero sí ambición y, más allá de lo que digan pensar, tienen clarísimo que la sospecha sobre el contrincante le favorece al proyecto propio. Por lo tanto, es evidente que todos los que dicen tener dudas saben que el daño que produce la continua aparición de casos de corrupción es tremendo y los dirigentes blancos, que son incorregibles pero no nabos, saben es muy difícil que puedan ganar las elecciones nacionales, incluso si se produce un veranillo económico de diseño electoral y se mantiene un blindaje mediático a prueba de bombas, con tanta acumulación de hechos turbios, sospechosos o inexplicables.

Cruzaron el Rubicón hacia la derrota

El caso de Iturralde es demoledor, por eso el Directorio del Partido Nacional no lo quiere ni recibir, lo están ghosteando, como dicen los adolescentes. Quieren sacárselo de encima como a un cuerpo blando, cirugía con criterio oncológico: sacar todo lo posible y hasta más allá de los alrededores. Pero esto no tiene ningún arreglo. Da la sensación de que cruzaron el Rubicón hacia la derrota.

Si la izquierda no estuviera inmersa en una pelea interna con frecuentes exabruptos algunos, por reiterados, ya inexcusables, la victoria se podría firmar ya. De todos modos, parece difícil que el tiempo le dé al Frente Amplio para cometer todos los errores que debería cometer para no ganar, pero nunca hay que subestimar la capacidad de autoboicotearse de los seres humanos. Por suerte, el pueblo militante es bastante más sabio y la enmienda de unidad se respira en la calle. Por suerte. Pero a la suerte hay que ayudarla con un poco de esfuerzo y algo de sensatez.

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