La entrevista concedida por Carolina Ache a los periodistas de Búsqueda, Guillermo Draper y Santiago Sánchez, es extremadamente reveladora desde un lugar harto peculiar: la entrevistada, sometida a una suerte de simulacro de interrogatorio judicial, elige las respuestas para decir lo que no dice y que surja diáfana la verdad del conjunto de la omisiones. No sería justo afirmar que esquiva las preguntas directas, porque sin ninguna clase de rodeos hace exactamente lo contrario, con la singularidad de que la respuesta que da es notoriamente la que se reserva.
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A la exvicecanciller, que perdió el cargo cuando se conoció el contenido de las comunicaciones que mantuvo con el entonces subsecretario del Ministerio del Interior, Guillermo Maciel, sobre el narcotraficante Sebastián Marset, los periodistas le preguntan sobre los entretelones del caso, a propósito de lo que ella declarara en la indagatoria de Fiscalía y que derivó en la caída de dos ministros, el subsecretario de marras y el principalísimo asesor presidencial Roberto Lafluf.
Cuando le preguntan sobre los hechos responde lo mismo que en Fiscalía, pero cuando le preguntan sobre los detalles todavía oscuros de los hechos que surgen de la conferencia de prensa brindada por Lacalle Pou y sobre la sospecha del núcleo duro del presidente de que ella posee más grabaciones y más comprometedoras, despliega una batería de respuestas como para que el presidente y sus adláteres no duerman tranquilos por los próximos meses.
No los desmiente pero insiste en que ella no miente; no aporta más pruebas pero recuerda que puede probar todo lo que dice, incluso aquellas cosas que todavía no ha probado; no señala al presidente, pero tampoco lo rescata de las suspicacias, apenas sugiere que le pregunten a él y se encomienda a las investigaciones de la Fiscalía.
Cuando en algún momento los periodistas pudieran cometer la generosidad de exculpar al presidente, tras preguntarle directamente si el presidente estaba al tanto de la reunión en la casona del Prado del Ministerio del Interior, donde se acordó mentir en una interpelación en el Parlamento, porque se trata de hecho donde claramente no estuvo físicamente presente, la doctora Ache lo trae de nuevo con una observación milimétrica: “En la reunión en que se fijó la estrategia participó Lafluf con un protagonismo importante”.
Hay una seguidilla de respuestas que llama la atención. Son cinco preguntas consecutivas a las que Ache responde “eso hay que preguntárselo al presidente”, o bien “voy a aclarar lo que tenga que aclarar donde corresponda”. Son preguntas pertinentes y todas ellas buscan saber el grado de involucramiento de Lacalle Pou con los delitos que se planificaron en la reunión secreta del piso 11. Es alucinante cómo nunca lo exime de responsabilidad y la tranquilidad con que afirma y repite que puede aclarar, si es necesario, todos los hechos en donde corresponde (la fiscalía), pero, mientras tanto, corresponde que lo interroguen a él. Ache no deja mucho margen a la interpretación: ella sabe todo, ella puede aclarar todo, ella puede probar todo, pero lo hará ante la Justicia y, por lo pronto y antes que ese acto final se verifique, el presidente puede ser y hasta debería ser consultado, como a quien se brinda la posibilidad de la confesión antes de la exhibición de pruebas, porque todo indica que él sabe bien lo que ella sabe, y ella sabe bien lo que él hizo, valga la recursividad lúdica de la afirmación.
Esta entrevista de fin de año de Carolina Ache es casi un lanzamiento de su precandidatura. Pisa fuerte, porque en un panorama de dispersión de candidaturas débiles en el Partido Colorado, la mayoría caracterizada por una vocación de furgón de cola del Partido Nacional, ella se presenta como la que puso por encima la probidad sobre la conveniencia política, incluso cuando le costara el cargo al núcleo central del gabinete y al principal asesor del presidente y cuando, según relata, tanto miembros de Partido Colorado como del Partido Nacional le preguntan con insistencia por qué no negoció poseyendo tanta cantidad de pruebas, por qué no utilizó las grabaciones para obtener ventajas personales, “cómo no pusiste play a los audios y dijiste ‘bueno, a ver, yo de acá no me voy, ¿qué me dan?’”. Y remata, entre el heroísmo y la excepcionalidad: “Entiendo que tuve una actitud que no es a lo que uno está acostumbrado en política”.
Leída desde la Antártida, la entrevista a Ache le debe haber provocado al presidente un frío adicional recorriendo la espalda. La ve como precandidata del Partido Colorado, pero sobre todo la ve como la indagada que tiene las pruebas y la voluntad de presentarlas ante el fiscal Alejandro Machado, ni bien vuelva a ser citada luego de que culmine la feria judicial.
Ella hace notar que todos los que cayeron en desgracia por este caso ahora están de nuevo colocados en cargos políticos de importancia como asesores, como embajadores, todos premiados o comprados, o provistos de una buena excusa para el silencio. Todos menos ella que, hasta el momento, es la única que ha podido probar razonablemente su inocencia y la única depositaria de todas las pruebas.