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El diálogo, ese gran muerto

Por Marcia Collazo.

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Caras y Caretas Diario

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El fin de semana pasado tuve que ir a una ferretería situada casi en pleno campo, en los bordes de un tranquilo balneario de Maldonado, muy próximo a Piriápolis. Al enfilar una de las calles de ese balneario, en bicicleta, se me paralizó el alma. Era casi imposible transitar por esa calle. Autos a cada lado de una estrecha franja de tierra. Doce, catorce, tal vez dieciséis autos estacionados de cualquier manera en una media cuadra. El motivo de tal congregación (aglomeración, sin la menor duda, palabra odiosa a estas alturas pero que sigue siendo acertada) era un boliche o restaurante que se hallaba literalmente colmado de gente.

Supongo que la escena se habrá repetido a lo largo y a lo ancho del país, o por lo menos en toda la costa que va de Montevideo a Punta del Este, así como en varios puntos de la capital y de las ciudades principales. Lo primero que se nos presenta cuando hablamos de aglomeraciones es, por supuesto, nuestra vieja manía de convertirnos en jueces universales y omniscientes. Nos encanta juzgar al prójimo, como si cada uno de nosotros, considerado en sí mismo, no integrara a su vez esa constelación simbólica de projimidad. Pero como nos encanta juzgar (sin jamás ser juzgados) la boca se nos llena de una verdadera plaga de palabrotas y denostaciones de variado calibre. Alzamos los brazos y hablamos de la inconsciencia de la gente, la liviandad de las familias que no observan el menor cuidado y la menor distancia en sus desplazamientos, etcétera, y que con ello ponen en peligro al resto de la población.

Es verdad; un poco de razón tenemos, pero falta la otra mitad de la historia; la que cada uno de nosotros,  jueces implacables, vamos bordando a diario. La sociedad, usted y yo y todo el resto, somos un gran mosaico de actitudes y de voluntades, y eso también forma parte de la nación. El gobierno, por su lado, integra ese abanico de actos y de hechos. Es la ciudadanía la que ha colocado ahí al gobierno; su potestad de mando ha emanado del voto popular, y hace rato que debió haber cambiado el tema monolítico, manipulador y sesgado de la libertad responsable. La propia fórmula de libertad responsable, a la que continúa tercamente aferrado el gobierno, no pasar de constituir una nada, una idea vaga o un fantasma indeterminado, si no se acompaña de medidas y señales claras, coherentes, serias y consecuentes por parte de ese mismo gobierno.

Una de las misiones del gobierno es, entre otras, la de tender puentes de comunicación hacia y entre las personas, con la finalidad de disipar, en la medida de lo posible, las confusiones, las incertezas, las contradicciones que andan boyando en el discurso social. Sabido es que los seres humanos poseemos un lenguaje oral y un lenguaje escrito, además de incontables sistemas de signos que nos permiten comunicarnos. Eso, que los griegos denominaron logos, equivale a verbo y a razón, o sea a palabra, pensamiento, discurso y argumentación; y también a razonamiento, lógica, fundamentación y sentido. El logos es, entre sus muchas interpretaciones, la inteligencia que dirige y ordena el devenir de lo real. Y todo eso integra y conforma esa facultad principalísima que nos hace humanos.

Cuando aplicamos semejantes conceptos al acto de la comunicación estamos hablando de diálogo, esa cosa que hoy no existe entre nosotros. Nos hemos vuelto tan ranciamente intolerantes y soberbios (autoridades del gobierno incluidas), que no somos capaces de admitir ni  el más leve desafío a nuestra manera de pensar y de ver el mundo. El diálogo, o lo que algunos toman por tal, termina reducido a corrillos de unas pocas personas que de antemano están de acuerdo en algo. Felices ellos.

El verdadero diálogo no es eso. Solo cobra sentido cuando nos enfrentamos a problemas reales por un lado, y a sujetos discrepantes por el otro. A nadie le gusta tener que debatir con alguien que piensa diferente. Eso supone un esfuerzo lógico y un malestar emocional. Pero a veces no queda otra. No se trata aquí de una cuestión de gustos sino de necesidades, porque no somos los niños consentidos del siglo XXI, sino seres con vidas duras, cortas y bastante brutales. Debemos hacer frente a necesidades cívicas, sanitarias, políticas y  sociales. Y cuando las autoridades y los representantes de la ciudadanía no son capaces de construir ese diálogo, entonces tenemos la legítima sospecha de que adolecen, como mínimo, de alguna incapacidad que los torna ineficientes de cara a su labor, a su función y a las obligaciones de su cargo.

Como dice Norberto Bobbio, un gran iusfilósofo contemporáneo cuyo pensamiento analizo regularmente en mis cursos en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, es necesario tener fe en la razón. Aunque parezca paradójico. “La fe en la razón quiere decir confianza en la discusión, en los buenos argumentos, en la inteligencia que dirime las cuestiones obscuras, en contra de la pasión que las hace incluso más turbias y en contra de la violencia que elimina desde el inicio la posibilidad del diálogo”.

Vivimos en una sociedad dotada de un discurso perverso, según el cual cada uno de nosotros es gente especial, única, irrepetible y superdotada que no necesita, por lo tanto, revisar ninguna de sus ideas y actitudes. Pero nada en la trama de ese discurso nos alienta ni nos convoca al encuentro con los demás. Estoy convencida de que actualmente, las redes sociales y la excesiva exposición a las mismas, nos está tornando a todos altamente sociópatas. La interacción en las redes sociales se realiza a partir del individualismo, en la más vasta soledad. Nos estamos transformado en un montón de seres aislados que hacen como si se comunicaran. Pero no hay en ello comunicación. Lo que hay son infinitos mensajes disparados al éter, sin reales posibilidades de intercambio fructífero. Lo que hay es sordera unidireccional. Lo que hay son agravios, insultos, violencias y disparatarios de variado calibre, por aquí, o expresiones más o menos vacuas e insulsas por allá. Pues bien: exactamente a eso han quedado reducido el gobierno y el parlamento, o por lo menos los mensajes directos o indirectos que emiten a la ciudadanía.

En ese contexto donde nadie interactúa de verdad, donde nadie hace el esfuerzo sostenido, lúcido, honesto y consciente de escuchar y de hacerse escuchar, el gobierno y los representantes parlamentarios parecen haberse convertido en otros tantos personajes virtuales, que giran sin mayor sentido en el territorio de la incoherencia y del disparatario, junto con el resto de nosotros.

No se trata de poner paños tibios a ninguna discrepancia. No se trata de claudicar ni de someterse. Por el contrario. Creo en la necesidad de un diálogo porfiado y peleador, pero encaminado al rescate de la coexistencia pacífica. Un diálogo testarudo, pero orientado a la construcción y mediación. Un diálogo no dispuesto a ceder en tanto y en cuanto no se esté apelando a argumentos racionales. Un diálogo lleno de humanidad como justicia, como equidad y como virtud ciudadana. En definitiva, un diálogo de veras y no de mentira, que persiga el acuerdo o el pacto, para avanzar en la edificación de las metas comunes.

Una cultura política es democrática cuando las relaciones entre gobernantes y gobernados, ciudadanos, organizaciones y Estado se sustentan en valores como la igualdad política, la libertad, la tolerancia, el pluralismo, la legalidad y la participación. Fortalecer la cultura política democrática implica, entre otras tareas, consolidar el ejercicio del diálogo como forma de hacer política.

Ahí, recién ahí empezaremos a ver resultados sanadores en todos los terrenos. Es cuestión de razón pero también es cuestión de fe, como dice Bobbio. La vida es miserablemente corta y el momento es ahora. Todos, de una u otra manera, estamos jugados. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo va a hacer en nuestro lugar?

 

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