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Entrevistas Daniela Lopes | Gaza | flotilla

Global Sumud Flotilla

Daniela Lopes: "La capitana del barco"

Con apenas 21 años, Daniela Lopes vivió el secuestro, la violencia y la tortura durante la interceptación israelí a la Global Sumud Flotilla, que intentaba romper el bloqueo sobre Gaza.

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Caras y Caretas Diario

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Durante los días previos al secuestro y la prisión, Daniela Lopes se preparó para llegar a Gaza con medicamentos y alimentos. Nunca se había subido a un barco y en pocos días, junto a activistas de otras tierras, tuvo que aprender algo de mecánica, a intentar reparar motores, a no responder a las provocaciones y las coordenadas básicas para resistir cuando las tropas del Ejército de Israel les secuestraran en aguas internacionales. Fue testigo y protagonista de días y noches que marcarán la historia contemporánea. Durante un trayecto del recorrido, tuvo que tomar el timón del barco en el que viajaba y se hizo cargo de sus compañeros húngaros, catalanes, vascos y de otras tierras.

En tiempos de ciudadanos Netflix y ejércitos de haters que disparan odio desde los sillones de sus privilegios, también están los otros. Y las otras. Millones que no se resignan a aceptar que la vida sea una patraña victoriosa de los cínicos. En la que los malos ganan la batalla y la poesía no para de desangrarse entre infancias rotas de todo presente y futuro y donde no se salvan ni los hospitales arrasados por misiles genocidas. Por todas partes hay millones de almas que no se resignan y no arriarán las banderas, ni siquiera las velas, pase lo que pase.

La Global Sumud Flotilla compuesta por 70 embarcaciones y más de 1.000 participantes de distintos países recorrió todo lo que pudo para intentar llevar solidaridad a la arrasada Gaza.

Y en ese inmenso gesto de humanismo y resistencia, hubo uruguayos que participaron de una travesía que no pudo llegar a Gaza pero, a su manera, rompió el cerco y el silencio y le recordó al mundo que ningún pueblo estará solo mientras haya militantes sociales dispuestos incluso a dar su vida para llevar alimentos y medicamentos a quienes les necesitan.

Daniela Lopes integra la Coordinación por Palestina y fue una de las integrantes de la delegación uruguaya que participó de la Global Sumud Flotilla. Junto al dirigente sindical portuario, Jorge Vignolo, Daniela viajó liviana de equipaje, con su sonrisa como bandera.

Minutos antes de ser capturada cuando los soldados del Ejército de Israel asaltaban su barco, alcanzó a enviarle un mensaje a su mamá. Fue un mensaje urgente y amoroso. Porque Daniela no sabe vivir de otra manera. "Mamá, estoy por ser interceptada. Te amo mucho. Nos vemos en casa".

Luego llegaron ellos y el odio feroz invadió la nave. Los soldados israelíes con sus gritos y alaridos y amenazas y risotadas y más odio y más amenazas, les capturaron.

Daniela no pensó en ella. En ese instante, pensó en su familia y también pensó en lo que estarían sufriendo niños y niñas palestinos debajo de escombros, asustados, viendo cómo sus casas eran arrasadas y sus padres asesinados. Pensó en las madres sobrevivientes buscando los cuerpos de sus hijos entre los escombros. Pensó en el horror y la muerte organizada y planificada desde oficinas y escritorios donde trabajan los dueños del mundo.

"La humanidad no debería acostumbrarse a ver el dolor ajeno y no actuar, no hacer algo".

¿Cómo les contaste a tus padres que tenías decidido ir a la Flotilla Sumud?

Yo ya venía con la idea de participar en la flotilla y un día les dije: “Mamá, papá, me voy a anotar, voy a ser parte de la flotilla. Es mi decisión y no creo poder cambiarla. Si no voy, me va a doler durante muchos años”. Así fue como se los conté. Hubo emociones mezcladas de los dos lados, de mis padres y también mías, por tener que decirles algo así. Los padres siempre se van a preocupar por su hija.

¿Qué te dijeron?

Se preocuparon mucho. Los dos también son militantes por Palestina y han seguido todas las flotillas a lo largo de estos años. Saben lo que pasó con la última misión. Me acuerdo de que el año pasado estábamos los cuatro en casa mirando en la pantalla cómo secuestraban a cada uno de los activistas, cómo intentaban llevar ayuda humanitaria y no los dejaban. Entonces, cuando les conté mi decisión, estaban muy preocupados por la realidad de lo que se vive en estas misiones, pero al mismo tiempo se sentían orgullosos y también me incentivaban. Me decían: “Daniela, si tomaste esta decisión, vamos para adelante y hagamos todo lo posible para que la misión sea posible, para que en Uruguay vuelva a moverse la causa palestina, se denuncie el genocidio y esta misión, que tiene representación uruguaya, pueda generar un cambio en este momento”.

Después de que supiste que ibas a ser parte de la Flotilla, ¿cómo fue el proceso? ¿Te fueron preparando?

Como delegación uruguaya, junto con los demás compañeros, no sabíamos cuándo nos iba a tocar embarcarnos ni cuándo nos íbamos a ir, pero sí veníamos hablando de las distintas situaciones que podían ocurrir. Todos teníamos claro a lo que nos enfrentábamos, y eso es clave; cada uno sabe a lo que va, aunque la misión humanitaria es mucho más grande que nosotros mismos.

En mi caso, fui primero a Barcelona antes de viajar a Italia. Jorge Vignolo fue directamente a Italia, pero yo tuve en Barcelona una semana de preparación, tanto a nivel comunicativo como físico, especialmente pensando en lo que podía ser una interceptación. Tuvimos talleres muy importantes. Nos preparaban para no reaccionar con violencia, para no responder a las provocaciones, porque eso es fundamental para nosotros como movimiento humanitario no violento. Nosotros llevamos un mensaje de paz y tenemos que sostenerlo también en la práctica.

La preparación fue extensa, pero además nos fuimos preparando entre todos. Conocimos a las otras delegaciones y a compañeros de distintas partes del mundo. También trabajamos acondicionando los barcos para que pudieran salir a misión.

¿Sabías algo de barcos?

No, nunca había navegado en mi vida. Nunca me había subido a un barco y no sabía absolutamente nada. Pero durante la misión aprendí muchísimo, descubrí lo hermoso que es navegar y también el trabajo colectivo de acondicionar un barco entre compañeros. Me vi desarmando y arreglando cosas que jamás imaginé que podía hacer. Incluso hubo momentos en que me tocó tomar el timón y navegar.

¿Vos?

Sí, yo. Y también fue importante la confianza de los compañeros y del capitán, que me decía: “Vos podés, yo te enseño”.

¿Fuiste por un lapso la capitana del barco?

Sí, fui capitana por unos minutos, no sé ni cuántos pero sí, tuve que hacerlo y todos me dieron mucha confianza.

¿Cómo se llama el barco?

«Hula», que es una ciudad palestina que hoy está en territorio ocupado, colonizada por israelíes, y de donde fueron desplazadas familias palestinas. Está en el sur del Líbano, en una zona compartida con ese país. Cada barco lleva el nombre de una ciudad palestina porque reivindicamos esas ciudades ocupadas y desplazadas. De alguna manera, son ciudades secuestradas dentro del territorio ocupado y dejan de pertenecer a Palestina, al menos para quienes vivían allí. Pero nosotros seguimos sosteniendo que son territorios palestinos, y por eso para nosotros es importante y también un orgullo llevar esos nombres, porque son ciudades que forman parte de la historia palestina.

En el barco en el que estabas había activistas de otros países.

En la primera etapa, en el recorrido Barcelona-Italia, había compañeros del País Vasco, Canadá, Hungría, Cataluña, Argentina y Uruguay. Después, en el segundo tramo, se sumaron más compañeros de Cataluña, un compañero de Francia, una compañera vasca y nosotros desde Uruguay.

¿Cómo fue el momento en que los secuestraron cuando tomaron el barco por asalto?

Es importante decir que todo ocurrió durante muchas horas, viendo cómo los demás barcos de los compañeros iban cayendo, siendo interceptados y secuestrados.

El primer barco con el que perdimos comunicación fue el barco madre, y desde el momento en que dejamos de tener contacto supimos que algo había pasado.

Porque tiraron sus teléfonos al agua…

Exactamente. Perdimos todo tipo de comunicación con el barco madre. El problema no era solamente que no podíamos comunicarnos por celular, el barco directamente dejó de aparecer en los radares. Es decir, le habían aplicado tecnología para que no pudiéramos localizarlo. Y era el barco que guiaba a toda la flotilla.

Desde ese momento empezamos a notar movimientos extraños alrededor nuestro. Al principio pensábamos que eran lanchas griegas, pero no lo eran. Después ellos mismos se identificaron a través de las radios, interceptaban nuestras comunicaciones y nos enviaban mensajes diciendo que pertenecían al ejército israelí.

La primera pérdida de comunicación con el barco madre fue alrededor de las seis de la tarde, horario UTC. Más tarde perdí contacto con Jorge Vignolo y ahí entendí que también había sido secuestrado. Durante esas horas fuimos perdiendo comunicación, poco a poco, con varios barcos.

En determinado momento empezamos a ver el buque prisión acercándose a nosotros, mientras las lanchas comenzaban a rodearnos. Todo eso fue ocurriendo lentamente durante la noche, hasta que cerca de la una y media de la madrugada nos tocó a nosotros. Vimos que el barco de la Flotilla que estaba más próximo tenía movimientos extraños y humo. Ahí entendimos que iban a interceptarnos. Nuestro capitán nos avisó: “Estamos por ser interceptados, estamos por ser secuestrados”. Y fue exactamente lo que pasó.

Abordaron nuestro barco, aunque nosotros mantuvimos la calma en todo momento. Ya estábamos preparados y sabíamos que podía suceder. Teníamos puestos los chalecos y todo lo necesario.

Cuando subieron al barco nos llamó la atención que eran todos muy jóvenes. Eran soldados jóvenes, incluso una soldado mujer de alrededor de 20 años. Nos hicieron permanecer de rodillas durante más de media hora, sin movernos, mientras nos amenazaban.

Revolvieron todo el barco, rompieron cosas, dañaron el motor y nos obligaron a bajar la vela para dejar la embarcación neutralizada. Después comenzaron a revisarnos. Nosotros les repetíamos que no teníamos nada, solamente los pasaportes, que llevábamos colgados en el pecho para poder identificarnos.

Tras aproximadamente una hora interceptados dentro del barco, nos trasladaron a una lancha rápida y desde allí al buque cárcel. Los compañeros que habían participado en flotillas anteriores nos dijeron que era el mismo barco que los había secuestrado antes, solo que esta vez lo habían convertido directamente en una prisión.

La cárcel consistía en cinco contenedores cerrados con alambre de púas, y allí permanecíamos encerrados.

En total fueron interceptados 22 barcos de los 58 que integraban la misión y secuestrados 180 activistas, entre ellos dos de nuestros portavoces más reconocidos, Thiago Ávila y Saif Abukeshek.

¿Cómo fueron las condiciones y el trato durante la detención?

Los cacheos, sobre todo a los compañeros varones, fueron bastante violentos. Los empujaban, les arrancaban las camperas. Además, estábamos en temperaturas bajo cero y todo se volvía cada vez más agresivo. Recuerdo que uno de nuestros chalecos salvavidas activó una luz porque se había mojado y ellos empezaron a gritarnos desesperados para que la apagáramos, aunque no se podía. Nos llevaban de un lado para otro, gritaban también al capitán que apagara el barco, que no lo apagara, que sacara la vela. Además, ellos hablaban en hebreo y nosotros no les entendíamos. Algunos nos daban órdenes en inglés pero algunos compañeros no entendían el idioma entonces ellos reaccionaban con más violencia.

Fuimos viendo que el nivel de violencia iba aumentando y eso también era preocupante. Y siempre pensamos algo que para nosotros es clave, si esto nos pasaba a nosotros, activistas que estábamos bajo cierto foco mediático, con personas siguiendo lo que ocurría a través de cámaras instaladas en los barcos, ¿qué sucede con el pueblo palestino, del que muchas veces nadie habla y que no tiene esa visibilidad? Si nosotros sentimos que esto fue violento, ¿qué harán con nuestros hermanos palestinos?

¿Cómo fue estar en esa cárcel?

Cuando llegamos al buque cárcel, nuevamente nos mantuvieron mucho tiempo en posiciones inmovilizadas. Después nos llevaron a una mesa donde anotaban nuestros datos en planillas; nos hicieron firmar, escribir nuestros nombres, nos quitaron los pasaportes y nos preguntaban de dónde éramos y por qué habíamos venido.

Luego pasábamos por otra mesa donde volvían a revisarnos. Todo era un proceso larguísimo y muy difícil de comprender. Ahí fue también cuando nos quitaron las camperas y los abrigos; quedamos únicamente con la ropa que llevábamos puesta. A algunas personas les sacaron mochilas con medicamentos y no pudieron acceder a ellos. Entre esos compañeros estaba Jorge Vignolo, que necesita medicación para el asma.

Después nos hicieron avanzar por un corredor hasta un contenedor con una puerta blanca. Nos decían: “Pasá por la puerta blanca y cerrala”. Esa fue la última conversación directa que tuve con uno de los soldados.

Cuando crucé esa puerta sentí un poco de alivio porque vi a mis compañeros. Venía de muchas horas de tensión. Nunca sentí miedo, pero sí una enorme preocupación por lo que podían hacernos a nosotros y, sobre todo, a los demás compañeros. Como nuestro barco había sido el último interceptado, casi todos ya estaban dentro.

La primera persona que me recibió fue Thiago Ávila. Apenas vio abrirse la puerta, se levantó, vino a abrazarme y me preguntó cómo estaba, cómo estaba Uruguay. Ya nos conocíamos de actividades anteriores. En ese momento sentí que volvía un poco a la humanidad, a la misión, a la idea de que, más allá de todo lo que estábamos viviendo, seguíamos allí por Palestina.

Después me encontré con Jorge en la prisión y eso bajó un poco la tensión, aunque enseguida comenzó nuevamente la violencia. Esa noche trajeron comida y agua, pero no alcanzaba para los 180 compañeros detenidos, y además empezaron a separarnos.

Los dejaron en cubierta, que además mojaban para que sintieran más frío…

Exacto. También separaron a seis compañeros y los llevaron a otras prisiones. No volvimos a verlos. Entre ellos estaba Saif Abukeshek. Se decía que algunos habían sido apartados porque tenían alergias y otros por temas de medicación.

En esa cárcel estuvimos unas 30 horas, aunque perdimos completamente la noción del tiempo. Entre el ingreso y el desembarco sentimos que habían pasado tres días. Yo llegué cuando todavía era de noche y, pocas horas después, ya estaba amaneciendo.

Había un solo baño químico para todos y le habían quitado el fondo, así que uno veía los desechos de la persona anterior. No teníamos dónde dormir. Había tres contenedores donde podíamos intentar cubrirnos, pero no tenían nada dentro y apenas entraban unas 45 personas en cada uno. Siempre quedaban entre 45 y 70 compañeros afuera, sobre la cubierta.

Y durante la noche mojaban la cubierta para que el frío fuera todavía peor. Estábamos a temperaturas bajo cero y sin abrigo. Los compañeros que quedaban afuera terminaban empapados y congelados.

Desde el principio varios teníamos claro que íbamos a iniciar una huelga de hambre como forma de protesta. Sabíamos que Saif también la haría en el momento en que lo separaran. Finalmente, unos 70 compañeros decidimos sumarnos para exigir ver a los seis detenidos apartados y también como una forma de reivindicar la lucha.

El jueves por la mañana, cuando ya estábamos los 180 detenidos, comenzaron a venir cada una o dos horas para controlarnos. Entraban, nos contaban uno por uno, nos obligaban a entrar y salir de los contenedores, nos hacían arrodillarnos durante mucho tiempo bajo un calor muy fuerte y después nos volvían a encerrar.

Cuando empezó a oscurecer realizamos una asamblea dentro de la prisión y decidimos reclamar por nuestros compañeros desaparecidos. La protesta era muy simple, sentarnos y aplaudir mientras pedíamos verlos. Gritábamos pacíficamente: “Queremos ver a nuestros compañeros”. Nada más.

Los soldados comenzaron a rodearnos desde arriba. Nos miraban, se reían y hasta bailaban mientras reclamábamos. Nosotros intentamos sostener el reclamo de manera completamente pacífica y pedíamos hablar con algún responsable, con alguien de alto rango. Pero nunca vino nadie. En cambio, golpeaban los contenedores y lanzaban bombas de estruendo. Algunos compañeros incluso perdieron el conocimiento. Estuvimos así unas dos horas reclamando y nadie quiso dialogar con nosotros.

Thiago les decía que, si no nos mostraban a nuestros compañeros, no íbamos a cooperar. Esa noche pensamos que en cualquier momento entrarían violentamente. Sabíamos lo que podía pasar. Finalmente no entraron, aunque siguieron mojando la cubierta.

¿Podían dormir?

No. Cerrabas un ojo y enseguida te despertabas. Era imposible descansar. Todo el tiempo sentíamos que podían entrar. Además había una guerra psicológica permanente: golpeaban los contenedores, gritaban cosas en hebreo por los parlantes. Era una privación total del sueño. Nadie podía dormir.

A la mañana siguiente golpearon el contenedor y nos dijeron: “Levántense, aléjense de la puerta, vamos a entrar”. Estuvimos así dos horas y nunca entraban. Después volvieron a exigirnos que cooperáramos para contarnos.

Nosotros decidimos no cooperar. Nos sentamos nuevamente en la cubierta y dentro de los contenedores y empezamos otra vez a reclamar: “Liberen a nuestros compañeros”. Nada más que eso. Cuando vieron que no íbamos a movernos voluntariamente, agarraron directamente a Thiago. Lo arrastraron y comenzaron a golpearlo con palos delante de todos nosotros. Thiago perdió el conocimiento y se lo llevaron arrastrando. No volvimos a verlo.

Después empezaron a golpear a más compañeros. Mi capitán fue baleado con balas de goma delante de nosotros. A varias compañeras jóvenes las arrastraban y les pegaban patadas en la cabeza. A un compañero le pisaron el hombro hasta dislocárselo. Realmente vimos de todo.

Cuando nos sacaban de los contenedores no podíamos ver lo que les hacían a los demás. Solo escuchábamos los gritos y los golpes.

Cuando llegó mi turno decidí no resistirme. Me sacaron con las manos en la cabeza y obligándome a mantener siempre la vista baja. Aunque no levantaras la cabeza, igual te golpeaban. Me dejaron arrodillada unas dos horas.

Después me llevaron a una mesa y, cuando levanté la vista, vi nuevamente a la soldada que había estado en el barco durante la interceptación. Entonces vi la mesa llena de sangre. Había un charco de sangre. Ahí entendí el nivel de tortura que habían sufrido mis compañeros.

Me preguntaron quién era, de dónde venía, anotaron mis datos y me pusieron un chaleco salvavidas. En ese momento pensé que nos trasladarían a territorio palestino ocupado, aunque no sabíamos nada con certeza porque habíamos perdido completamente la noción del tiempo y del lugar. Luego me dejaron otra vez arrodillada, con las manos en alto, durante aproximadamente una hora. Si te movías, te pateaban. En una ocasión me patearon muy fuerte.

Cuando escuché el motor de una lancha acercándose al buque intenté levantarme, pero las piernas no me respondían. Un soldado me levantaba, yo me caía; me volvía a levantar y me volvía a caer. Eso pasó cuatro veces. Hasta que apareció otro soldado y entre los dos me llevaron prácticamente en el aire.

El buque era muy alto y la lancha estaba muy abajo, así que había que bajar con muchísimo cuidado. Pero cuando llegué a la puerta directamente me empujaron y quedé colgando, con la cabeza hacia el agua. Si no me sostenía con las manos, me caía. En ese momento las autoridades griegas les gritaron que me sujetaran y me bajaran correctamente.

Finalmente me subieron a la lancha y allí me reencontré con varios compañeros que habían sido separados y procesados antes que yo. Desde allí nos trasladaron al puerto en Grecia.

¿Qué sentías? ¿Pensabas en tu familia?

Todo el tiempo tenía presente que era parte de una misión humanitaria. Pero sí, pensaba muchísimo en mi familia, en mis compañeros, en lo que estarían viviendo al saber que yo estaba secuestrada y sin poder comunicarme. Yo soy muy comunicativa, me encanta hablar, contar cómo estoy, preguntar cómo están los demás. Y creo que lo más difícil era imaginar lo que estaban pasando mi madre, mi padre, mis hermanos, mis amigos.

Eran demasiadas emociones juntas y no había tiempo para procesarlas. Además, vivir en carne propia la tortura y ver cómo torturaban a otros compañeros hacía todavía más difícil entender emocionalmente todo lo que estaba ocurriendo.

Extrañaba muchísimo, pero también sentía el apoyo de las familias, de los compañeros y de los amigos. Sabía que, cuando uno es secuestrado, también se genera un caos enorme en toda la gente que lo quiere.

En la cárcel yo pensaba constantemente: “Quiero abrazar a mi madre, a mi padre, a mis hermanos. Quiero decirles cuánto los amo”. Y al mismo tiempo uno intenta transmitir tranquilidad, aunque no puede hacerlo porque ni siquiera entiende del todo lo que está viviendo. Estar incomunicada te saca completamente de la realidad. Me ponía muy nerviosa no poder llamar a mi madre.

Antes de tirar el celular al agua, dos minutos antes de la interceptación, le mandé un mensaje a mamá: “Mamá, estoy por ser interceptada. Te amo mucho. Nos vemos en casa”. Ese fue el último mensaje que envié.

¿Seguís queriendo ser presidenta de la República?

No (risas). Quiero seguir militando y creo que es algo que voy a hacer toda la vida.

¿Por qué hay tantos jóvenes fascistas, incluso de tu edad?

Es feo ver tanta crueldad y tanto fascismo en el mundo. Duele ver jóvenes de nuestra misma edad a los que no les importa la vida de los demás ni el sufrimiento de los pueblos, o incluso disfrutan del dolor ajeno.

A mí me impactó muchísimo ver jóvenes de nuestra edad formados en una cultura tan militarizada, donde ejercer violencia parece natural y ni siquiera se lo cuestionan. Eso me duele mucho. Pero también entiendo que esa es parte de la lucha que tenemos que dar.

Al mismo tiempo, me quedo con esperanza cuando veo a quienes sí se conmueven, a quienes lloran, se movilizan y dicen que no podemos seguir viviendo así. En los colectivos de los que formo parte veo cada vez más jóvenes interesados en involucrarse.

Durante la conferencia de prensa que hicimos el lunes me emocionó muchísimo ver a estudiantes del liceo IBO. Hablé con ellos casi llorando porque no podía creer que estuvieran allí. Me contaban cómo se están movilizando tanto por Palestina como por Cuba y también por las condiciones en las que estudian. Ver a esa juventud comprometida es lo que me mueve todos los días.

¿Por qué vale la pena creer y militar?

Por un mundo mejor. Tengo un compañero muy chiquito, de nueve años, al que conté que me iba. Él fue a despedirme al aeropuerto y también estuvo cuando regresé. Mientras yo estaba en la flotilla me mandaba fotos pintando barcos y pancartas para la marcha del 15 de mayo. Es imposible no movilizarse con cosas así.

Y en el caso de Palestina, ver a esos niños que siguen bailando y cantando, ver a las madres que siguen sosteniendo la vida en medio de todo, cuidando a sus hijos, levantando refugios entre los escombros, intentando mantener en pie los campamentos… Es imposible no sensibilizarse. Me motiva saber que todavía hay gente que cree que el mundo puede ser mejor.

¿Cómo fue el abrazo con tus padres?

Con Jorge veníamos hablando en el avión sobre si nuestros compañeros iban a estar esperándonos en el aeropuerto de Carrasco. Decíamos que era imposible que no estuvieran, porque todos ellos son muy queridos.

Cuando llegamos, las primeras personas que vi fueron mi madre -que intentaba no llorar- y mi padre, que ya estaba llorando. Ahí me quebré y me largué a llorar también. Después vinieron los abrazos con mis compañeros y mis hermanos. Fue muy emocionante ver tanta gente presente y, más allá de nosotros, ver el aeropuerto lleno de banderas palestinas y carteles hermosos. Jorge y yo llegamos agotados y aún así nos dijimos: “Mañana tenemos que juntarnos, hay que seguir”. Y al día siguiente ya estábamos reunidos con los compañeros organizando actividades para la marcha del 15 de mayo.

Hay una canción que se llama Carta a mis compañeros que resume muy bien todo esto porque dice: “Y mañana hay que seguir luchando”. Creo que eso es lo más hermoso, seguir adelante.

Perfil

Daniela nació en Montevideo, aunque poco después su familia se trasladó a El Pinar, rincón del mundo donde sigue viviendo. Desde niña imaginó futuros diversos. Quiso ser médica, maestra y hasta presidenta de la República. Con el tiempo descubrió su interés por la informática y se graduó como técnica en la Escuela Superior de Informática (UTU) del Buceo. Más adelante estudió marketing y se recibió como analista en esa área. Sin embargo, todavía está buscando su verdadero camino. Hoy proyecta estudiar periodismo y Ciencias de la Comunicación, impulsada por una vocación que define como “la pasión por saber e investigar”.

Ella dice que desde muy pequeña aprendió en su casa el valor de la solidaridad y la denuncia frente a las injusticias. Durante años, junto a su madre, participó en un refugio de animales y en campañas de adopción para perros y gatos en situación de calle. “Cuando tenía cinco o seis años le decía a mis padres que quería cambiar Uruguay y cambiar el mundo”.

Su padre, Alexander Lopes apellido de origen portugués, nacido en Brasil y radicado desde niño en Uruguay es bicicletero. Durante una década trabajó de forma ambulante reparando bicicletas hasta que logró abrir un local en El Pinar, hoy reconocido en la zona por su vínculo cercano con el barrio y su disposición solidaria. Su madre, Selene Esteves, oriunda de Treinta y Tres, trabajó durante años en el cuidado de personas mayores y niños con discapacidad. Daniela tiene dos hermanos: Ignacio, de 30 años, que trabaja en informática, y Maxi, de 18, estudiante.

Desde 2023 milita en la Coordinación por Palestina y actualmente también integra el capítulo uruguayo de la Global Sumud Flotilla. Paralelamente, participa de ollas populares, colectivos barriales y distintos movimientos sociales.