La muestra se inaugura el sábado 16 de mayo, a las 17 horas, y estará activa hasta el 26 de junio. La entrada es gratuita.
El arte como herramienta de salvataje
En diálogo con Caras y Carretas, Victoria desmontó el relato oficial que durante décadas colocó a las niñeces y las infancias en un lugar secundario, como un daño colateral: “Fuimos un objetivo directo del terrorismo de Estado”. Pero además lanzó una fuerte advertencia sobre el presente al asegurar que la invisibilización y desprotección que sufren hoy los niños, niñas y jóvenes uruguayos es hija directa de la impunidad de ayer.
La génesis de la muestra, según detalló, radica en la necesidad de procesar realidades tan diversas como dolorosas: el exilio, e insilio (aislamiento interno), la prisión prolongada de padres y madres o la desaparición forzada. "La muestra nace de la necesidad de trabajar las distintas realidades que tuvimos en esas niñeces y adolescencias durante el terrorismo de Estado. A partir de un juguete empezamos a trabajar; algunas teníamos muñecas que guardamos desde la infancia, otras las fuimos creando".
Otro de los objetivos de la muestra, contó Victoria, es conectar con las nuevas generaciones, que es “una debilidad que preocupa al colectivo”. “Siempre nos pasa que, en los conversatorios o foros, somos todos de cabezas canosas”, dijo asegurando que “se convoca poco a los jóvenes”. "El error es nuestro. Está mal convocado. Los jóvenes quieren saber, quieren hacer cosas. Pero nosotros seguimos haciendo los conversatorios densos. Yo tengo 50 años y me aburro como loca. No nos acercamos a sus lenguajes".
La herencia de la impunidad
El mensaje de la muestra es político y urgente. No se trata solo de recordar el pasado, sino de denunciar una vulneración que no ha cesado. "El mensaje fundamental es que las niñas, niños y adolescentes fuimos víctimas directas de ese terrorismo de Estado, y seguimos siendo invisibilizados porque seguimos sin ser reconocidos por el Estado y mucho menos reparados", enfatizó la entrevistada.
Esa falta de reparación, según la integrante de Jacarandá, tiene un correlato directo en los problemas sociales que Uruguay enfrenta en 2026. En tal sentido, trazó un puente entre el "nunca más" incumplido y la situación de vulnerabilidad de las nuevas generaciones: "Lo que pasa hoy en este país con las infancias tiene que ver con la impunidad que arrastramos desde hace 50 años. La invisibilización y desprotección de niños, niñas y jóven que existe en este país no es de ahora, empieza realmente en el terrorismo de Estado, en la represión brutal a esos niños y a esas adolescencias".
Ese “manto de impunidad impresionante”, insistió Victoria, continuó operando. “Actualmente vemos que hay militares que siguen cobrando pensiones cuando están requeridos por un proceso judicial, cuando a cualquier persona en el mundo que esté en la misma situación, automáticamente, se le corta todo”.
En la misma línea de razonamiento, la activista cuestionó a un sistema político que hoy discute figuras como el Comisionado para las Infancias, que reconoció que “está bárbaro que exista”, mientras ignora el daño histórico causado a su generación. "Hablan de las infancias de hoy y está pasando lo mismo que nos hizo el terrorismo de Estado a nosotros: nos empobreció, nos robó", sentencia.
El cuerpo como archivo
El título de la exposición encierra la dualidad de quienes sobrevivieron a la catástrofe familiar, pero cargan con el vacío. Para graficar esta idea, Victoria mencionó casos concretos de otras personas que integran la muestra: Victoria Prieto, cuyo padre sigue desaparecido; o los hermanos Casariego, secuestrados en su niñez y cuya historia ha sido sistemáticamente omitida por la prensa hasta hace muy poco, refiriéndose siempre al "secuestro de Universindo Rodríguez y Lilián Celiberti" sin mencionar a los niños que estaban con ellos. "Las presencias somos nosotros, que estamos todavía en pie. Y las ausencias es todo ese vacío que nos dejó en todo sentido: social, económico, afectivo, familiar. Son esas familias que se destruyeron y hasta el día de hoy no se han podido reparar; son todas esas ausencias que nosotros sentimos en el cuerpo".
En su caso personal, Victoria relató una historia de despojo total. Hija de una familia de clase media acomodada e intelectual, vio cómo el Estado no solo le arrebataba a sus padres, sino también su patrimonio y su salud. "Nos robaron absolutamente todo. Mi madre y mi padre estuvieron presos hasta mis 8 años. Yo fui secuestrada con mi madre y con Elena Quinteros el 25 de junio de 1976".
Ese trauma temprano se tradujo en secuelas físicas y emocionales que persisten medio siglo después: "En lo personal me generó hasta problemas de salud que hasta hoy en día arrastro. Tuve raquitismo, eso generó un montón de afecciones a posteriori. Incluso me afectó a la hora de ser madre, una madre súper aprensiva por no querer que mis hijos pasaran por ninguna situación de abandono, ocuparme muchísimo de eso, más allá de que a veces no era necesario. Entonces, más allá de que tuve una familia que intelectualmente era muy abierta y atenta, que trataron de darme una vida lo más feliz posible, las secuelas están”.
La necesidad del perdón
Para integrantes del colectivo Jacarandá, el perdón no es un gesto simbólico vacío, sino una garantía de que el horror no se repetirá. Mientras tanto, la sensación de vulnerabilidad permanece. "Yo sigo sintiendo que el ejército y sus cómplices saben que pueden hacerme cualquier cosa y que no van a tener ninguna consecuencia real". Y sumó: "Si vos no reparás tu historia, no podés construir nada nuevo. Es así".
Consultada acerca de las expectativas en que el actual gobierno atienda alguno de los reclamos del colectivo, Victoria se mostró desesperanzada. "No tengo ninguna expectativa. A nosotros nunca, jamás, ni un solo gobierno del Frente Amplio nos recibió. Ni Tabaré Vázquez ni Mujica nos recibieron, ni se nos pidió perdón público. Entonces, ni siquiera recibirnos es una señal clara de que no hay ninguna actitud de reparación ni de perdón. Pienso que el Estado uruguayo cree que con la pensión irrisoria que le dieron a la gente de la generación de mis padres ya es suficiente. Pero hay un montón de víctimas que todavía están sin reconocer, sin reparar".
Esta falta de reconocimiento oficial se traduce en una revictimización constante, aseguró la entrevistada. A modo de ejemplo, señaló que, aunque existe una ley de salud para víctimas del terrorismo de Estado (N° 19.859) se les sigue tratando como "hijos de", sin autonomía en su dolor, y con deficiencias graves en la implementación de tratamientos básicos, como por ejemplo los odontológicos. "En mi caso, hace seis años que estoy intentando que un dentista me termine un trabajo. Dos compañeras le hicieron juicio al Estado, lo ganaron, se recomendó tratar diferente a esta población y se sigue sin hacer".
Al abordar los desafíos que persisten en materia de verdad y justicia, Victoria sostuvo que el camino hacia una democracia plena exige cambios estructurales que Uruguay aún no ha dado. "Encontrar a nuestros detenidos desaparecidos, primero que nada, y después que la casta militar tiene que dejar de ser lo que es", sugirió con firmeza. "Somos un país muy pequeño, no tenemos necesidad de un ejército tan voluminoso, nos hacen falta bomberos, por ejemplo, no sé por qué no pasa parte de las Fuerzas Armadas a los bomberos, que sería más práctico su trabajo".
Para la integrante de Jacarandá, la persistencia de un aparato militar sobredimensionado es una herencia directa de la dictadura que mantiene un control simbólico sobre la sociedad. "Esa relación desproporcionada que tiene el ejército es parte también del terrorismo de Estado", denuncia. Aunque reconoce que en Uruguay no existen amenazas de ruptura institucional tan explícitas como en otros países de la región, observó un fenómeno más sutil pero igualmente dañino: "Acá no amenazan con volver al poder a cada rato, como en Argentina, pero hay un cierto temor implícito en toda la población, que eso es lo que logró el terrorismo de Estado".