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Internacionales | Argentina |

América latina: La frustración democrática

Las derechas avanzan en Brasil y Argentina por una frustración democrática: crisis material, izquierda desorientada y política en las redes.

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Frustración democrática y reclamos inmediatos

El resultado de las elecciones brasileñas invita a repensar un problema más general que, a grandes rasgos, podría denominarse frustración democrática. Si se lee apenas entre líneas, es fácil descubrir algunos argumentos que, en todo el continente, se repiten a la hora de explicar el triunfo de las derechas.

Un primer argumento destaca que las derechas sintonizarían mejor con las frustraciones populares más inmediatas.

A la cabeza está el problema de la seguridad, que tradicionalmente representó una dificultad para el progresismo. Siempre fue más fácil proponer la inmediatez de “cárcel o bala” que el largo plazo de las mejoras sociales y valores como el respeto a los derechos humanos. Luego, el progresismo o la izquierda (que aquí usamos indistintamente, aunque no sean lo mismo) azuzan el miedo a la destrucción del Estado, cuando los sectores populares de países como Argentina y Brasil hace tiempo que no perciben mejoras en la infraestructura, ni en la educación, ni en la salud. Viajan a sus trabajos durante horas, mal y caro, en transportes deteriorados, y esperan turnos eternos en hospitales igualmente empobrecidos.

La escuela pública, salvo honrosas excepciones a las que solo acceden algunas clases medias urbanas, se volvió el lugar para quienes no pueden acceder a la educación privada. En consecuencia, cuando esta parte de la población escucha “Estado presente” como beneficio, no termina de asumirlo. Un análisis rápido permite concluir que la derecha no solo no resuelve estos problemas, sino que los agrava, pero esa conclusión supone una mediación intelectual.

El sentimiento inmediato para buena parte de la población es el de una frustración que luego se expresa en el voto de rechazo. Lo que debe notarse es que estos argumentos, que ya estuvieron presentes en la explicación del triunfo de Javier Milei, son hoy los mismos que aparecen para explicar los resultados electorales del bolsonarismo, lo que indica la existencia de factores materiales comunes que demandan ser desentrañados.

Una izquierda que perdió el rumbo

El segundo punto es la crítica ideológica a una izquierda que, tras la caída del llamado socialismo real, perdió el rumbo. Al no tener respuestas para los desafíos de las transformaciones materiales del capitalismo, se recostó sobre los reclamos identitarios, como el feminismo, la diversidad sexual, el ambientalismo, el racismo o el rechazo a la gordofobia, paradójicamente todo el discurso woke impulsado por el soft power estadounidense, al menos hasta la irrupción de Donald Trump. Aquí vale aclarar un malentendido habitual. Los derechos de todas estas minorías importan, no son cuestiones menores; lo que no debería hacerse es ubicarlos en el centro de la agenda política. O, dicho de otra manera, son todos problemas de la cúspide de la pirámide de Maslow y, por lo tanto, alejados de las necesidades más inmediatas de las mayorías. Nadie debería sorprenderse de que solo exciten a algunas clases ilustradas, pero que resulten demandas lejanas para los sectores populares, en particular en los países de desarrollo medio para abajo.

Primarización, informalidad y fin de los viejos actores

Esta crítica vuelve a poner en el centro las cuestiones materiales. Toda la región vive, en distinto grado, procesos de primarización o reprimarización productiva, una dinámica que resulta inseparable del surgimiento del este asiático como la gran fábrica del mundo y que vuelve inviable regresar a una reindustrialización vía sustitución en los términos del siglo XX. En los mercados de trabajo, estas transformaciones se expresan en el crecimiento exponencial de la informalidad, lo que, entre sus múltiples consecuencias, tiene como efecto un cambio en las formas de cooperación y representación de las clases subalternas o trabajadoras. Se pierden espacios de interacción comunes, como la empresa o la fábrica, y, en consecuencia, pierden relevancia también instituciones como los sindicatos. Recortando el caso brasileño (para no hablar de la CGT), ya forma parte de la mitología referirse a una ya inexistente gran burguesía paulista. Hasta el mundo sindical del que proviene el mismo Lula dejó de existir. Son actores de otra época. Si se amplía la mirada, estos fenómenos no son sólo destino sudamericano, sino que tienen dimensión planetaria. Es lo que llevó a Estados Unidos a su guerra arancelaria contra el resto del mundo y se expresa también en la declinación de la industria europea, que no está presionada solo por los mayores costos coyunturales de la energía.

Un nuevo ágora: la política migró a las redes

Y, finalmente, también cambió el ágora. Los partidos tradicionales perdieron centralidad en la mediación de la representación. El espacio de expresión política más poderoso dejó de ser “la calle” o “la marcha” y pasó a las redes sociales. Logra más impacto comunicacional cualquier campaña de redes que una manifestación de 10.000 personas. Dicho de manera brutal para cierto imaginario progresista local: una tapa de Clarín era muy poderosa en el siglo XX, pero en el siglo XXI Javier Milei ganó las elecciones desde TikTok, X, WhatsApp e Instagram. Para donde se mire en el espacio público, se encontrará siempre a personas de todas las clases sociales concentradas en las pantallas de sus teléfonos. Igual que en sus mundos privados. El espacio público funciona ahora en la intimidad. Y las redes polarizan, crean micromundos, posibilitan la difusión de deepfakes y llegan con mensajes segmentados y a bajo costo relativo a todos los rincones. Las derechas lo entendieron más rápido que los progresismos y, por eso, son capaces de capitalizar la insatisfacción democrática.

Algunas pocas conclusiones preliminares indican que quienes idealizan la sabiduría inmanente de clases sociales que ya no existen o están irremediablemente fragmentadas, clases que, a su vez, serían alienadas; quienes creen en aparatos de representación y comunicación que perdieron relevancia; y quienes creen que la política todavía se hace marchando, con pintadas, puerta a puerta o repartiendo panfletos, habitan en un tiempo que ya no existe. Están viejos, aunque no lo sepan y sin que importen sus edades cronológicas. Para los nuevos viejos entender el siglo XXI es cada vez más difícil.

Por Claudio Scalafetta para ElDestape

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