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La sociedad del cansancio

Por Marcia Collazo.

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Dijo hace poco un profesor de bachillerato, en Barcelona, que deberíamos lanzarnos al rescate de la filosofía para no hundirnos del todo. No sé si lo habrá dicho después de ver la serie Merlí, o por simple constatación de que, si bien la participación en las redes virtuales está hoy por hoy al alcance de cualquiera, no sucede lo mismo con el conocimiento. Cabe preguntarse qué relación puede haber entre, por ejemplo, la física cuántica y la filosofía, el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas y la filosofía, el aborto, la guerra, el desempleo y la filosofía.

La respuesta podría dar lugar a varios escenarios posibles. En uno de ellos, la gente honrada se encogería de hombros y replicaría que seguramente habrá una relación, pero que en todo caso el asunto suena muy difícil, y que lo mejor será dejar ese problema en manos de los que saben. En el segundo escenario, otros, no tan honrados, correrán a buscar citas de filósofos famosos por internet, o peor aun, las inventarán y las publicarán, y recibirán por ello numerosos “me gusta”. En el tercer escenario, la gente se reirá con algún desconcierto, o volverá a encogerse de hombros, pero después, a solas consigo mismos y con sus angustias cotidianas, se dirá que no le falta razón a la filosofía cuando se formula las preguntas primeras.

¿Y cuáles son esas preguntas primeras? Las más terribles. ¿De dónde venimos, a dónde vamos, qué sentido tiene vivir y qué sentido tiene morir? Bueno, bueno, mejor que nadie se entere de que me pasan semejantes ideas por la cabeza; que no se entere mi pareja, porque se asusta; que no se entere mi madre, porque me manda al psicólogo; que no se entere mi patrón, porque me echa. Y sin embargo, después de guardar apresuradamente las ideas en el bolsillo del pantalón o en la cartera de la dama, como si de un billete arrugado se tratara, a uno le sigue quedando aquel gusano de la inquietud, taladrándole el temporal izquierdo. Cuando mi hijo menor empezó sus estudios en la Facultad de Ingeniería, le mandé un mensaje por celular. El mensaje decía: “Pah, lo que dice Pitágoras de los números”. Me respondió en seguida: “¿Qué dice?”, y ese fue el puntapié inicial para que comenzara a descubrir la relación, no casual, que existe entre la filosofía y la matemática. Ya nuestro filósofo Carlos Vaz Ferreira ejemplificó esa conexión en su famosa parábola del témpano y el mar, que alguna vez he citado en estas páginas.

El témpano es el conocimiento humano en bloque; el mar es la filosofía de la que se nutre y se construye el témpano. Lo engañoso del asunto es que el témpano no necesariamente representa la verdad, pero esa cosa a la que llamamos conocimiento, razón, orden del mundo, sistemas de ideas y representación del universo, es la que manda en nuestras vidas; y por ese solo motivo deberíamos tomarnos la cosa un poco más en serio.

De Carlos Vaz Ferreira casi nadie se acuerda, ni siquiera los profesores de filosofía. Pero ha surgido en los últimos tiempos otra estrella en esta materia. Se trata de Byung-Chul Han, que empezó de metalúrgico en Corea del Sur y terminó estudiando filosofía en una de las mecas de Occidente: la Universidad de Friburgo. Este hombre nacido en 1959 en un mundo profundamente diferente al europeo, cosa que seguramente lo ayudó a pensar y a sacar conclusiones, estudió además literatura alemana y teología en Múnich y artes en Berlín. Lleva escritos unos cuantos libros en los que ha desarrollado una visión del mundo peculiar, fruto de su formación, de sus reflexiones, pero también de sus orígenes orientales.

En uno de ellos, titulado Psicopolítica, se ocupa de las nuevas técnicas de poder del capitalismo neoliberal, que echan mano de la psicología y la ponen al servicio de sus intereses. Byung le daría la razón a mi abuela, que se ponía a despotricar al oír aquellos anuncios radiales: “Si tu papá y tu mamá te quieren, seguro te van a regalar esto”. Salía en delantal a la vereda y rezongaba bien alto, para que la oyeran los vecinos: “Qué vergüenza. Y entonces los padres pobres, ¿no quieren a sus hijos?”. Byung-Chul Han era un niño por entonces y vivía del otro lado del mundo, pero se habría sonreído ante sus furibundos comentarios. Es que a la psicología la han convertido en la sirvienta del capitalismo; la ponen a trabajar donde no la vean, la obligan a volverse contra sí misma y a hurgar en la mente de los candidatos a consumidores, para averiguar sus más profundas ansias y secretos, y en función de ello planificar su publicidad y sus mismos productos.

En anteriores obras, como La sociedad del cansancio y La agonía del Eros, el filósofo coreano ya se había referido a la psicopolítica (y al psicomercado), que no se limita a promocionar artículos de consumo sino que va mucho más allá. Crea un sistema completo de dominación, una jaula del tamaño del mundo, y maneja a los seres humanos como fichas, peones o robots. No recurre a tanques de guerra, a fusiles o a soldados, a discursos neuróticos o a cárceles, sino a sutiles mecanismos de seducción, inteligentes y atractivos, para que todos se sometan por sí mismos al entramado de la dominación; la psicopolítica logra así que entreguen voluntariamente sus cuerpos, sus destinos, sus bolsillos y su propia familia con ganas, con felicidad y con la sensación de estar haciendo lo correcto.

Byung-Chul Han habla del paradigma neurológico, en el cual el hombre y la mujer de la calle ya no son controlados desde afuera ni se ocupan en controlar a otros, sino que se centran en sí mismos y caen en la obsesión del rendimiento y en la culpa ante el “no puedo”. La psicopolítica introduce esta nueva forma de dominación solapada para que el sujeto se lance por sí mismo a la carrera del emprendimiento, aguce sus sentidos a la caza del éxito, duerma mal, tome mucho café, compita ferozmente con sus congéneres y se devane los sesos día y noche para descubrir la fórmula mágica que le permitirá hacer dinero a baldes. Tenemos que ser el padre y la madre perfectos, el amigo y la amiga perfectos, el empleado del mes, y vayamos a donde vayamos y hagamos lo que hagamos, tenemos que obligarnos a rendir al máximo de nuestras fuerzas. Proyectos, iniciativas y motivaciones basadas en una demencial fe en el yo-puedo reemplazan a los mandatos, a las prohibiciones y a las leyes.

Este mecanismo de dominación o paradigma neurológico despierta el famoso síntoma del estrés y todas sus enfermedades derivadas, tanto las físicas como las mentales. En los bordes oscuros del sistema, ya no hay locos y delincuentes, sino depresivos y fracasados por culpa propia, porque no fueron capaces de rendir y de dar más, de mostrar una cara sonriente, de mantenerse delgados, juveniles y eficientes, de concebir ideas geniales, de ganarse el éxito a pulso, cambiar el auto cada año, enviar a sus hijos a un colegio privado, viajar a Miami, a las Bahamas y a Sudáfrica, y comprarse una casa frente al mar. “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal”. Así lo dice Byung.

Si estas ideas le resultan interesantes, lo invito a leer La sociedad del cansancio, La agonía del Eros o La topología de la violencia, de este interesante filósofo coreano. Descubrirá tal vez que las bonitas frases de autoayuda que pululan en internet esconden un contenido muy perverso: pretenden distraernos de nuestra angustia y depresión ante el sistema, convenciéndonos de que la felicidad consiste en tener pensamientos positivos y en apartarnos de las personas “tóxicas”. Pero todos hemos llegado a la toxicidad, y no saldremos de ella, ni del enjambre aturdidor en el que gritamos al unísono, a menos que podamos tomar conciencia, apagar el televisor y el celular, meditar en lo corta y dura que suele ser la vida como para desperdiciarla en pos de los dictados del mercado y leyendo, por qué no, un poco de filosofía.

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