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Columna destacada |

Dos caras de una misma moneda

Las obras y las críticas

Por Leonardo Borges.

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Todas las grandes obras generan casi de inmediato furibundas críticas de la oposición de turno, basándose en dos puntos clave: la funcionalidad y el presupuesto. No fue una excepción el Antel Arena, inaugurado hace algunas semanas y volvió a abrir el debate sobre las grandes obras de los gobiernos. Desde la ramplona comparación con el número de escuelas que podrían haberse construido, así como la pregunta de para qué sirve una instalación de esas características, las críticas hacia el Antel Arena arreciaron desde todas las filas, inclusive desde dentro del mismo Frente Amplio. Recordemos que es una obra que nació en las entrañas del gobierno de José Mujica, cuando Carolina Cosse era presidenta de Antel y que el presidente Tabaré Vázquez llegó a frenar su construcción en su momento. Como toda gran obra cortó más de un gobierno, en este caso del mismo partido político, pero a lo largo de la historia del Uruguay muchas obras, además de haber sufrido las mismas criticas por parte de la oposición del momento, también atravesaron varios gobiernos inclusive de diferentes partidos. Podemos recordar solo algunas.

 

Un poco de historia

En 1896 cuando se liquidó el malhadado Banco Nacional, en la ley de liquidación se encontraba ya la idea de construir un Palacio de las Leyes. Todo esto fue generando los consabidos debates parlamentarios y en la opinión pública sobre la funcionalidad de este palacio y sobre todo de la fortuna que debía gastar el Estado. Corría el gobierno del colectivista Juan Idiarte Borda, asesinado casi un año después. Su sucesor Juan Lindolfo Cuestas en 1902 fue quien llamó a concurso para diseñar el palacio sede del legislativo. En la comisión que se encargaba de estos temas se encontraban nada menos que José Batlle y Ordóñez y José Serrato, dos futuros presidentes. De hecho, Serrato fue quien escribió las bases del concurso y fue el mandatario que lo inauguró en 1925. Batlle y Ordóñez por su parte fue quien más empuje generó al proyecto de Vittorio Meano y más apuntaló la idea. Entre 1912 y 1913 se premió a Meano, se modificó el proyecto y se contrató al italiano Cayetano Moretti para la construcción. Y ¿qué discutía la oposición en aquel lejano 1913? La enorme cantidad de dinero que debía gastar el Estado en este proyecto. El resultado a todas luces enorgullece a propios y ajenos.

En otros casos menos majestuosos el tema del presupuesto y supuestos (y no tan supuestos) sobrecostos fueron encabezados de los diarios. Recordemos el Viaducto, por ejemplo. Una obra que se inició en 1960 y que culminó recién en 1971 durante la intendencia de Óscar Rachetti. Pasaron dos Consejos Departamentales, uno blanco y otro colorado, y lo terminó inaugurando un intendente que era tercer suplente y que, por las renuncias de Glauco Segovia y de Bartolomé Herrera, cortó la cinta. Hoy en día es una referencia del Paso Molino y los más jóvenes ni se preguntan sobre su funcionalidad ni sobre su costo.

El túnel de 18 de Julio y 8 de Octubre acarreó también críticas de todo tipo, muchas de ellas fundadas en realidades tangibles. Cuando se inauguró en 1961 se inundaba y no daba paso, los diarios fueron lapidarios. Pero esta obra comenzó en 1957 durante el gobierno colorado de Luis Batlle Berres, mientras Armando Malet era el intendente de la ciudad. La obra fue inaugurada durante el primer colegiado blanco, en aquel año con la titularidad de un herrerista, Eduardo Víctor Haedo. Las críticas arreciaron en un Uruguay que entraba en crisis lentamente, el modelo de sustitución de importaciones iba camino al precipicio y, con él, la sociedad toda. El costo estimado de la obra era de casi cuatro millones de pesos, pero se incrementó a casi el doble en los años de construcción.

Por aquellos años, en 1963 se planificó una obra monumental, un Palacio Judicial. En ese tiempo la ciudadanía había ratificado al partido blanco en el poder, pero en una extraña unión de los herreristas y la Unión Blanca Democrática, aquello era la Ubedoxia y Daniel Fernández Crespo era su líder. El proyecto quedó en eso, la crisis económica era indisimulable, la crisis social insuperable y la crisis política iniciaba sus momentos más álgidos. Se paró la obra. Y pasó el colegiado blanco y la elección del Gral. (Av.) Óscar Gestido y la muerte de Gestido, la asunción del vicepresidente Jorge Pacheco Areco, pasó la elección de Juan María Bordaberry y el golpe del 73 y pasó la destitución del dictador Bordaberry. Pasó Demicheli, Méndez y el Goyo Álvarez y la dictadura se fue. Pasó Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle y nuevamente Sanguinetti y pasó Jorge Batlle. Pasaron 46 años para que Presidencia lo adquiriera y en un año lo convirtiera en una Torre Ejecutiva de última generación, sede del Poder Ejecutivo. Es interesante como desde 1985 la sede del Ejecutivo era el irónico Edificio Libertad, obra monumental construida por la dictadura como sede del Ministerio de Defensa Nacional y que con el advenimiento de la democracia Sanguinetti decidiera tomarlo como sede de Presidencia.

 

Antel, siempre Antel

El Antel Arena no fue la primera construcción de este ente que genera críticas y desata polémicas. La misma discusión, funcionalidad y presupuesto. En 1997 comenzó la construcción de una torre monumental de 158 metros rodeada por otras construcciones. Presidía el país Julio María Sanguinetti y hacía lo propio en Antel el contador Ricardo Lombardo. Se ideó la torre y se escogió de forma directa al arquitecto Carlos Ott. Nadie puede negar hoy en día la monumentalidad de la torre y ya quedaron en el olvido las discusiones de aquellos años por el presupuesto. Se inauguró en 2002 durante la presidencia de Jorge Batlle, casualmente uno de los grandes detractores de la idea original. Fue justamente la lista 15 la que atacó ferozmente a Sanguinetti y a Lombardo por la construcción. Sin terminar completamente las obras, de cara a una de las crisis más grandes en la historia del Uruguay, se inauguraba este gigante que, según Carlos Gurméndez (a la postre presidente de Antel), había costado 102 millones de dólares. Esto generó un debate entre el presidente y el expresidente del ente. Mientras que Gurméndez blanqueaba los números a la opinión pública y sostenía que el presupuesto había crecido por dos, el contador Lombardo escribía en Búsqueda que el incremento había sido solamente del 18% o 20% y que la obra no había superado los 73 millones. Una discusión por momentos demasiado técnica sobre costos y precios de terrenos y costos fijos. Lombardo sostuvo que esa obra representó un porcentaje bajo de las ganancias del ente durante su gestión.

Esa torre estuvo en el ojo de la tormenta durante años, pero ya olvidada y tomada como parte del paisaje urbanístico dejó su lugar al Antel Arena y las mismas discusiones de antaño. Las obras y las críticas, dos caras de una misma moneda.