Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Like duelo | cadáver |

Insólito

¿Cuál fue el funeral más largo de la historia? El de un rey que murió joven... y cuya esposa no quiso dejarlo ir

La insólita historia del cadáver que protagonizó el funeral más largo y extraño, guiado por Juana "La Loca".

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

La historia tiene momentos tan insólitos que parecen sacados de una obra de teatro macabra. Uno de ellos es, sin dudas, el del funeral de Felipe I de Castilla, más conocido como Felipe El Hermoso. Su muerte temprana y repentina en 1506 sembró sospechas de envenenamiento y propició un entierro que podría considerarse el más largo –y extravagante– de todos los tiempos.

Felipe había conseguido, tras arduas negociaciones, convertirse en rey consorte junto a su esposa, Juana de Castilla. Estaban en Burgos celebrando su ascenso al trono cuando, tras una jornada de deporte y un supuesto vaso de agua fría, el monarca enfermó gravemente. El tratamiento médico de la época –sangrías incluidas– no hizo más que empeorar la situación. Falleció con solo 28 años. La muerte causó conmoción, pero lo que vino después fue todavía más impactante, su esposa, Juana I, decidió cumplir al pie de la letra los deseos funerarios de su marido, iniciando una procesión fúnebre que se extendió por más de dos años, atravesando caminos, pueblos y obstáculos políticos.

Un ataúd, cuatro caballos flamencos y un duelo desbordado

Felipe fue embalsamado con esmero, colocado en un ataúd de plomo forrado de terciopelo y bordados de oro, y sepultado inicialmente en la Cartuja de Miraflores. Sin embargo, Juana decidió exhumarlo apenas unas semanas después. El rey había pedido que su corazón descansara en Flandes y su cuerpo en Granada. Juana intentó cumplir esa voluntad… pero lo hizo de una manera que sorprendió a todos.

La reina –embarazada de su sexta hija– encabezó un cortejo fúnebre que solo avanzaba de noche, para que el sol no dañara los restos. En cada pueblo donde se detenían, el cuerpo era velado, con coros de música permanente y cientos de velas encendidas. El gasto en candelas superó el medio millón de maravedíes. Algunas iglesias incluso llegaron a incendiarse.

Pero lo más llamativo era la actitud de la reina. Ordenaba abrir el ataúd una y otra vez para verificar que el cuerpo seguía allí, temiendo un posible cambio del cadáver. Prohibía la presencia de mujeres cerca del féretro por celos, y en una ocasión incluso obligó a toda la comitiva a dormir a la intemperie en pleno enero, por temor a que las monjas de un convento robaran el cuerpo de su amado. Esta desmesura en el duelo terminó alimentando la leyenda de Juana “La Loca”, aunque hoy historiadores y especialistas discuten cuánto de su comportamiento fue desequilibrio emocional y cuánto una construcción política impulsada por su padre, Fernando El Católico, quien tenía interés en declarar a su hija incapacitada para poder retomar el poder.

El encierro, la excusa perfecta y el destino final del cadáver

Justamente, el desenlace de esta historia fúnebre y política llegó cuando su padre decidió poner punto final al peregrinaje del cadáver y, de paso, al poder de su hija. Como relatan algunos historiadores, Fernando la convocó a Burgos bajo la presión del agotamiento generalizado, los nobles que la acompañaban estaban hartos del inverosímil recorrido y de las decisiones erráticas de la reina. El encuentro entre padre e hija se dio en una localidad cercana, donde Fernando intentó hacerla entrar en razón, le pidió que sepultara al fin a Felipe y que asumiera su lugar como soberana de Castilla.

Pero Juana, sumida en un duelo interminable y aislada de toda lógica política, decidió refugiarse aún un tiempo más en Arcos de la Llana, con el cadáver todavía a su lado. Para Fernando, esto fue la gota que faltaba. En 1509, justificando el deterioro mental de su hija y su supuesta incapacidad de gobernar, ordenó su encierro definitivo en un palacete reconvertido en prisión en Tordesillas. No era solo una decisión familiar, era una maniobra política, desde 1507 él ya ejercía como regente de Castilla, y con el encierro institucionalizó su poder.

¿Y qué fue del cuerpo de Felipe El Hermoso? Fue depositado (no enterrado) en el convento de Santa Clara de Tordesillas, donde quedó durante 16 años, al alcance de Juana, quien seguía visitándolo y rindiéndole culto. Recién en 1525 su hijo, el emperador Carlos I, trasladó finalmente los restos de su padre a la Capilla Real de Granada, cumpliendo parcialmente los deseos del difunto. Treinta años más tarde, el cuerpo de Juana se reuniría con el de Felipe, cerrando el círculo trágico de una historia marcada por la obsesión, el duelo y la instrumentalización del poder.

Juana I de Castilla pasó 46 años en cautiverio. Durante décadas, su única compañía fue su hija menor, Catalina, nacida en pleno invierno castellano mientras el cadáver de su padre seguía sin sepultar. Más tarde, Catalina fue enviada a Portugal para casarse con su rey. Juana, en cambio, permaneció encerrada. Nunca fue oficialmente depuesta, conservó el título de reina hasta su muerte, pero nunca más ejerció el poder. Su padre primero y luego su hijo reinaron en su nombre, mientras ella se apagaba en la sombra, convertida en prisionera de un duelo… y de la historia.

Temas