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Cultura y espectáculos

Maldito Levrero

Por Gabriel Peveroni.

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Por Gabriel Peveroni

Te puede pasar. Dejar un libro a medio terminar y salir a la calle sin fijarte muy bien lo que llevás puesto. El libro, para empezar a aclarar y evitar malentendidos, es un libro que se llama La mediana edad y trata de un hombre que sale a la calle en pantuflas y le pasan algunas cosas no muy satisfactorias (entre otras, advertir que su natural hipocondría pasa a un plano de dolor real, de enfermedad real y pésimo diagnóstico). El libro está firmado por el mismo autor que publicó, entre otros libros de notable calidad, uno que se llama La parte de abajo de las cosas. Siempre me impresionó ese título, como también supo impresionarme la novela Esta máquina roja, que habla de un problema del corazón (literalmente lo que falla en esa novela que transcurre en un hospital es un corazón) y que tiene -entre otras peculiaridades- una brevísima escena narrada en varias páginas. Lo único que sucede en esa escena es la rotura de un vidrio en el corredor de un hospital. Pero el tiempo narrativo se concentra, se vuelve extremadamente denso y emergen numerosas capas de sentido, de relatos tangenciales, de desvíos; en fin, estamos ante la presencia -como bien aseguraba su autor- de un ejemplo paradigmático de la estética del videoclip, de la fugacidad, llevada a la escritura narrativa.

Es curioso, o llegado el caso un tanto perturbador, comprobar que La mediana edad también habla de un problema del corazón y que hay toda una historia de accidentes vasculares en varias novelas de Pablo Casacuberta, y también en su vida real, específicamente en relación a la muerte de su padre y a la posterior muerte de un gran amigo de su padre, un hipocondríaco contumaz llamado Jorge Varlotta, que también escribía novelas con una exacerbada capacidad de observación y que están firmadas por Mario Levrero. También esta novela, La mediana edad, contiene pasajes de varias páginas en las que el tiempo se detiene casi por completo. Es una sensación extraña. Porque esta densidad provoca un vértigo más o menos paradójico. Aparentemente no pasa nada, pero en definitiva lo que están pasando son demasiadas cosas, que incluso llegan a ser inapresables, lo que indica que cuando se pretende entenderlo todo, lo más probable es que se ingrese en zonas espacio-temporales de incertidumbre máxima, que no es exactamente confusión, pero que pueden producir estados similares de desasosiego.

Te puede pasar que dejes ese mismo libro a medio terminar, por la sencilla razón de que dan ganas de reservarse la escena final para un fin de semana lluvioso. El plan deriva entonces a la lectura de otro libro, en este caso con cierto parentesco levreriano y una curiosa historia digna de ser contada. Me refiero a la historia del propio libro, no estrictamente a lo que se cuenta en sus páginas. Todo empieza a suceder cuando una pareja de turistas -un escritor holandés y una brasileña- deciden cruzar el Río de la Plata, desde Buenos Aires, con el propósito de pasar unos días en una pequeña y tranquila ciudad llamada Colonia del Sacramento. Se instalan en una posada de nombre extraño: Le Vrero. No tardan en enterarse que en esa casa vivió durante varios años el escritor Mario Levrero y que, si lo desean, pueden hojear algunos de sus libros. El hombre, el escritor holandés, pasará diez afiebrados días alternando lecturas, botellas de tannat y largas siestas. El holandés, que dice llamarse Jerome Vonk, sin oponer mayor resistencia se metió en el laberinto levreriano, se dejó llevar y se convirtió en una especie de médium que terminará pariendo un libro, escrito en portugués y traducido al español por un marino llamado Román Presno.

Me enteré de la existencia del libro ¡Maldito Levrero! en casa de Alicia Hoppe, viuda de Jorge Varlotta. Ella y su hijo Juan Ignacio supieron contarme la historia del holandés y de la posada Le Vrero mientras seleccionaban objetos de Jorge para exponer en la Feria del Libro en una serie de vitrinas. Me muestran la última caja de cigarrillos (con las pertinentes anotaciones de la hora exacta que encendía uno), dos máquinas de pensar novelas, varios pares de lentes, una estampita de San Jorge y otros objetos personales. Unos días después Juan Ignacio hablará en una actividad en la Feria de su tortuosa relación con Jorge. Entre el público estará Jerome, acompañado de su esposa brasileña y su editora uruguaya. También estarán Pablo Casacuberta y Felipe Polleri, que por más que quieran hablar de otra cosa siempre terminan contando historias levrerianas. Es a Pablo a quien se le escapa un dato que perturba un poco: ese hombre que sale a la calle en pantuflas, el de la novela La mediana edad, se parece demasiado al amigo de su padre que anotaba rigurosamente las horas que encendía los cigarrillos que fumaba. El relato se carga de emoción, también de angustia, y es Polleri que pasa a explicar sobre el duro momento en que la hipocondría pasa a ser un dolor real e inevitablemente trágico. Los buenos libros pueden hacer doler y también hacer reír. Uno de ellos es La novela luminosa. Y, por último, la única certeza de este texto: no es fácil estar en la ‘mediana edad’ y salir a la calle sin fijarte en lo que llevás puesto.

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