No pude escribir nada con sentido. Lo digo hoy, casi dos años después. Hacía noches que no podía dormir y me atormentaba mirando videos y testimonios desde Gaza. Me dolía en el cuerpo. Ensayaba textos que empezaban por la clase, por el concepto, por el hecho histórico, por el poder político. Todo desaparecía del papel al ponerlo en perspectiva con el espanto de la realidad. Leí una y otra vez ese poema que dice que para escribir una poesía que no sea política debo escuchar a los pájaros, y para eso hace falta que cese el bombardeo. Y no cesa.
Concluí hace poco que no pude escribir nada porque genocidio es el final de la metáfora, es la banalidad de la teoría. Es la demostración última de que la identidad es una trampa. Esta historia, la historia de la destrucción material y simbólica, de la limpieza étnica, de las escuelas y hospitales bombardeados, es pura muerte y no necesita de tantos pensadores sino más bien periodistas (por eso los matan con intencionalidad). Periodistas que relaten lo que ven y lo que oyen para que se haga imposible dar la espalda. Periodistas que investiguen y revelen y acusen y señalen. Ayer vi en un video a un niño gazatí llorando desesperado diciendo: “Nos están matando, digan a sus gobiernos que hagan algo”.
Entendí que lo que el mundo necesita no es una judía que piense bien y limpie el nombre de los acusados de antisemitismo. De esos judíos tenemos de sobra, como Norman Briski, como Jewish Voice for Peace, como Judíxs por Palestina, como muchos de mis amigos y camaradas, como los que se subieron a la Global Sumud Flotilla, qué sé yo. Lo que el mundo necesita es detenerse. Detenerse por completo.
Detenerse para decir fuerte y claro que se ha cruzado la línea de lo que vamos a permitir como humanidad. Que se están probando armas con inteligencia artificial de exportación en niños pobres que corren por las calles para esquivar balas, y que eso no lo vamos a permitir. Que le disparan a la gente que acude a la ayuda humanitaria con una olla para que le rellenen el estómago y tener fuerzas para unos días más de supervivencia. Que se televisa el bombardeo a un centro de refugiados. Que nos proponen que la única salida para defenderse de estas nuevas potencias armamentísticas es, ¿adivinen qué?, comprarles armas para estar bien preparados. Por si somos los próximos. Por si vienen por nosotros.
Detenerse. Levantarse. Enojarse.
Es que no queremos, otra vez, llorar sobre la leche derramada. Ya habrá tiempo de pensadores cuando caminemos por las ruinas del campo de exterminio que es hoy la Franja. Ahora no.
Mi abuela decía que los polacos miraban por la ventana mientras mataban a sus vecinos a sangre fría en el gueto de Varsovia. Y no hicieron nada. Cuando visité Varsovia lo vi. Vi las paredes del gueto pegadas a los edificios colindantes desde los que sin duda se podría ver perfectamente en aquella época a los marcados para la muerte entrar y salir.
(Por: Luciana Chait, 1 de octubre)
Mirar al abismo
La gente discute si Rosalía tuiteó lo que tenía que tuitear, si la Unión Europea sancionará a Israel, si tal o cual gobierno reconocerá a Palestina como Estado. Y me da un poco de vergüenza. No porque esos temas no sean importantes –lo son, por supuesto (lo de Rosalía, no sé…)–, sino porque siento que estamos atrapados en una coreografía que repite los mismos gestos una y otra vez, como si no quisiéramos ver lo que hay detrás del telón.
Hablamos de Palestina, pero no hablamos de Palestina. Hablamos de nuestra necesidad de ubicarnos moralmente. De decir “yo estoy del lado correcto”. De exhibir nuestras certezas. Y, sobre todo, de no quedar fuera del algoritmo de la indignación. Porque hoy la ética también tiene que ser performativa. Debe tener formato de historia de Instagram. (Tranquilxs, yo también me contradigo…)
Lo que me inquieta es que parecemos estar más preocupados de quién habla, que de qué se dice. Como si el horror necesitara la validación de una celebridad para ser reconocido. Como si no bastara con el cuerpo desgarrado de un niño bajo los escombros. Tiene que venir Rosalía a ponerlo en palabras ¿en serio? Y eso, desde el psicoanálisis, habla menos del conflicto allá y más del vacío acá.
Lacan decía que el sujeto es una falta. Y que toda nuestra vida gira en torno a llenar esa falta con algo: con consumo, con amor, con sentido. Yo creo que hoy la falta se llena con posicionamientos. Tomar postura se volvió una forma de identidad. “Estoy con Gaza”, “Condeno el genocidio”, “No al silencio”. Esos gestos son necesarios, sí, pero a veces se vacían en su repetición. Se vuelven una especie de goce melancólico, donde lo único que importa es mostrar que estamos afectados.
Pero ¿qué estamos haciendo realmente con esa afectación? ¿Qué pasa cuando el dolor se vuelve contenido? Cuando la masacre se transforma en trending topic. Cuando la vida palestina depende, en términos simbólicos, del pronunciamiento de un influencer. ¿Qué dice eso de nuestra época?
Hablamos de Palestina, pero en el fondo estamos hablando de nosotros. De nuestras culpas, de nuestras impotencias, de nuestra incapacidad para pensar lo radical. Porque eso es lo que realmente asusta: que el genocidio no es una anomalía, sino una posibilidad estructural del orden mundial. Que esto no se trata solo de Netanyahu ni de Hamás. Se trata de cómo el capitalismo global necesita zonas sacrificables. Cuerpos que no duelan. Vidas que no cuenten.
Y ahí es donde la agenda mediática funciona como una pantalla: nos mantiene ocupados en la superficie. ¿Por qué no sancionan a Israel en Eurovisión? ¿Por qué Taylor Swift no dice nada? ¿Por qué el logo de Apple no tiene una banderita? Son preguntas que, aunque legítimas, a veces sirven más para administrar el conflicto que para pensarlo. Como si la indignación digital fuera una forma de calmar la ansiedad, de creer que estamos haciendo algo, cuando en realidad solo estamos desplazando el problema a lugares simbólicamente manejables.
Pero lo real –en el sentido psicoanalítico– no se deja domesticar tan fácil. Lo real irrumpe. Desgarrado, insoportable, fuera de sentido. Un niño muerto no cabe en un tuit. Una familia enterrada bajo un hospital no puede ser representada por un filtro. Y aun así, seguimos intentándolo, una y otra vez, porque no sabemos qué hacer con lo que duele de verdad.
Quizás por eso depositamos tanto en figuras públicas. Les pedimos que digan lo que no podemos decir. Que se pronuncien como si su palabra pudiera redimirnos. Y cuando no lo hacen, los castigamos. Porque proyectamos en ellos el deseo de que el mundo tenga coherencia. De que haya buenos y malos, y que alguien lo diga en voz alta.
Pero el mundo no tiene coherencia. Lo radical es admitir eso. Admitir que no sabemos qué hacer, que los marcos jurídicos no alcanzan, que la comunidad internacional no existe, y que los derechos humanos –ese invento tan bien intencionado– no tienen dientes. Que la moral es necesaria, pero insuficiente. Y que, mientras tanto, Palestina sigue cayendo.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dejamos de hablar? ¿Nos callamos por no tener soluciones? No. Pero quizás sea momento de hablar menos de nosotros cuando hablamos de Palestina. De resistir la tentación del espectáculo. De sostener el dolor sin transformarlo en mercancía emocional. De incomodarnos, incluso si no hay respuesta. Porque eso también es hacer política: negarse a que el horror se vuelva paisaje.
Hay que insistir, sí. Pero también hay que escuchar. A la historia. A lo que el poder no quiere que se escuche. Y sobre todo, hay que sostener la pregunta: ¿cómo habitamos este mundo sin anestesiar lo insoportable? Porque quizás la esperanza, si existe, no esté en una artista famosa ni en una declaración diplomática, sino en aprender a mirar el abismo sin volver la vista.
Aunque duela. Aunque no dé likes.
(Por: Verónica Aravena Vega, 30 de septiembre)
Un mar enteramente rojo que nos interpela gritando auxilio
¿Quién puede dormir tranquilo? Se escurre toda esperanza. ¿Qué proyecto de vida es imaginable para cualquier buena persona cuando el mundo que habita televisa un genocidio y quien puede hacer no hace? Muere la juventud de una generación deprimida. ¿No les cuesta mirar a la gente a los ojos en la calle? No debería escuchar música ni disfrutar un vino nunca más.
Desde el río hasta el mar corre la sangre de un pueblo al que los blancos arrebataron su futuro: pintan los colonos criminales de bárbaros a quienes rezan a su mismo Dios con otro nombre y a quienes tienen la tez color oliva. El nacionalismo de mierda de siempre deshumaniza porque sólo así su plan de guerra, expolio y muerte da escapatoria a las conciencias engañadas.
Un gobierno apoyado por las élites que nos gobiernan bombardea las colas del pan. Los Estados Unidos y Europa Occidental somos cómplices de la limpieza étnica que perpetran unos malnacidos en Palestina. Es insoportable. Reconocemos esto o lo otro, perdiéndonos en el lenguaje, pero nuestros iguales mueren de hambre ex profeso en un país vecino que hay quien osa llamar aún democracia.
Los escombros de Ciudad de Gaza son las cuchillas de nuestras propias fronteras. Críos que languidecen al morir de hambre, un espejo inenarrable de nuestras propias contradicciones. La fosa común que es el mismo Mar donde veranean los obreros de nuestra matria, donde dejábamos derramarse la sangre negra desesperada, es hoy también testigo del peor crimen visto en este siglo que nos quiso hablar de globalización.
Todas estorbamos ya. Estamos en peligro. Han muerto la paz y los Derechos Humanos, ahí, tan cerca, en el desierto, en Rafah. La vida humana pierde todo su valor mientras sigue gobernando el dólar, el crudo y la Navy. Nadie puede confiar en nadie. Porque hasta en Inglaterra nos detendrían por decir ciertas verdades: que el pueblo palestino tiene derecho a defenderse de la condena al gueto, al pogromo, al apartheid y al cautiverio. Que lo tenía en octubre de 2023, también antes, también después. Y que las Naciones Unidas tienen el deber de defender a un pueblo sometido desde hace demasiado tiempo al estado de sitio, al que le usurpan la tierra y la vida.
¡Malditas sean las naciones! ¡Malditos quienes levantan muros en santas ciudades! ¡Que quemen todas las banderas! Nunca serán olvidadas las infinitas almas perdidas en el Levante ni el honor del pueblo palestino.
(Por: Pablo, Canarias, 29 de septiembre)