Entre las alternativas más analizadas aparecen la inyección de aerosoles en la estratósfera para imitar el efecto de grandes erupciones volcánicas, el blanqueamiento de nubes marinas mediante partículas de sal y la modificación de ciertos tipos de nubes para facilitar la liberación de calor hacia el espacio.
Ninguna de estas tecnologías se utiliza actualmente a gran escala y todas continúan en fases de investigación y simulación mediante modelos climáticos.
El interés de los organismos de inteligencia
El vínculo entre la geoingeniería y las agencias de inteligencia estadounidenses se hizo público en 2015, cuando se conoció que la Agencia Central de Inteligencia había contribuido a financiar estudios sobre estas tecnologías elaborados por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.
La participación despertó inquietud entre algunos investigadores, que se preguntaron si el interés respondía exclusivamente a la necesidad de comprender los riesgos climáticos o también a las implicancias estratégicas y militares de estas herramientas.
El climatólogo Alan Robock, uno de los principales especialistas mundiales en geoingeniería, reveló entonces que había sido consultado por asesores vinculados a la inteligencia estadounidense sobre la posibilidad de detectar si otro país intentaba modificar el clima mediante aerosoles estratosféricos u otras tecnologías similares.
Para muchos expertos, la preocupación principal no reside tanto en la capacidad actual de manipular el clima global como en las consecuencias geopolíticas que podrían surgir si algún país desarrollara esa capacidad en el futuro.
Un antecedente histórico, la guerra de Vietnam
El temor a la utilización militar del clima no es nuevo. Durante la guerra de Vietnam, Estados Unidos llevó adelante la denominada Operación Popeye, un programa secreto posteriormente desclasificado que buscó prolongar la temporada de lluvias sobre determinadas regiones para dificultar los movimientos enemigos y afectar cultivos y rutas de abastecimiento.
Ese antecedente impulsó la creación del Convenio ENMOD de Naciones Unidas, firmado en 1977, que prohíbe expresamente el uso hostil de técnicas de modificación ambiental con fines militares o bélicos.
Aunque el tratado sigue vigente, la aparición de nuevas tecnologías volvió a abrir interrogantes sobre los límites entre la investigación científica y el posible uso estratégico de estas herramientas.
Uno de los hitos recientes ocurrió en 2021, cuando la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos publicó un informe considerado de referencia mundial sobre geoingeniería solar.
El documento recomendó impulsar investigaciones controladas y bajo estricta supervisión internacional para comprender mejor los posibles beneficios y riesgos de estas tecnologías. Al mismo tiempo, los autores insistieron en que ninguna de estas alternativas puede sustituir la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.
Los investigadores advirtieron que todavía existe una enorme incertidumbre respecto a posibles efectos secundarios, especialmente sobre las precipitaciones, la agricultura y los ecosistemas regionales.
Los riesgos que preocupan a la comunidad científica
Entre las principales preocupaciones figura la posibilidad de alterar los patrones globales de lluvia. Algunos modelos climáticos sugieren que determinadas regiones podrían experimentar sequías más severas mientras otras recibirían mayores precipitaciones.
También existe temor a que el uso prolongado de aerosoles estratosféricos genere una dependencia tecnológica difícil de revertir.
Los especialistas denominan "termination shock" al escenario en el que un programa global de enfriamiento artificial se interrumpe de forma abrupta tras décadas de funcionamiento. En ese caso, las temperaturas podrían aumentar rápidamente en pocos años, provocando impactos climáticos aún más severos.
Durante 2024 varias iniciativas experimentales generaron controversia internacional. Uno de los casos más notorios ocurrió en California, donde autoridades locales suspendieron pruebas relacionadas con el blanqueamiento de nubes marinas debido a cuestionamientos sobre la transparencia del proyecto y sus posibles efectos ambientales.
Al mismo tiempo, diversos países impulsaron debates dentro del sistema de Naciones Unidas para establecer mecanismos internacionales de regulación y supervisión.
Numerosos gobiernos del sur global manifestaron preocupación por la posibilidad de que decisiones tomadas por un pequeño grupo de países afecten las lluvias, la agricultura o la disponibilidad de agua en otras regiones del planeta.