Apenas podía caminar sin ayuda y tenía la camisa manchada de sangre.
Sentado en el parque infantil que da al asentamiento israelí adyacente de Ancient Susya –que desde hace tiempo amenaza la existencia de la comunidad palestina– contó a los medios de comunicación reunidos lo que había padecido en las últimas veinticuatro horas.
“Anoche, a las seis de la tarde, cuando empezábamos la comida del iftar de Ramadán, los colonos atacaron la casa de mi vecino”, relató. “Fui allí corriendo para grabar lo que estaba ocurriendo, pero el ataque se volvió más agresivo. Temía por mi familia, que estaba sola en casa –mi mujer, mis tres hijos y la mujer de mi hermano–, así que corrí a casa. Cerré la puerta y me quedé fuera para protegerlos, [y asegurarme] de que no entrara ningún colono”.
Unos diez minutos después, Ballal fue atacado por un conocido colono, Shem Tov Lusky, que ya ha sido documentado anteriormente agrediendo a palestinos y activistas en las colinas del sur de Hebrón (incluido el propio Ballal). A Lusky lo acompañaban dos soldados.
“Se acercaron a mí cuando estaba de pie [fuera de la puerta]”, dijo Ballal. “Seguí grabando con mi teléfono. Los soldados empezaron a apuntarme con sus armas y a insultarme. Shem Tov Lusky se me acercó por detrás y me dio un puñetazo en la nuca”, prosiguió. “Caí al suelo y se me cayó el teléfono de la mano. Los soldados seguían diciendo cosas en hebreo que no entendía, y [uno de ellos] me apuntó con su arma y amenazó con dispararme. Shem Tov Lusky siguió golpeándome. Me golpeó y me dio más de diez patadas en la cabeza, y me pegó por todo el cuerpo”.
Según Ballal, uno de los soldados también participó en el ataque. “Creí que me iban a matar a golpes”, dijo. “El soldado no dejaba de amenazarme con dispararme y disparó dos veces al aire: la primera vez lanzó dos tiros y la segunda tres. Siguieron golpeándome. Un soldado encontró mi teléfono y se lo llevó inmediatamente”.
La agresión duró entre quince y veinte minutos, según Ballal, que parecía agotado tras la detención y el arresto.
Hablaba en voz baja y despacio; quería destacar cada detalle del maltrato sufrido a manos de los colonos y los militares.
Cuando terminó la agresión, preguntó a los soldados si podía ver a un médico. Le respondieron que había médicos en otro lugar del pueblo, sin ayudarle a llegar hasta allí. “No podía moverme, y a duras penas [conseguí] caminar hasta la casa de nuestro vecino”, dijo Ballal.
“Cuando llegué, me caí”, continuó. “No podía controlar mi cuerpo. Vino un agente de policía y me preguntó qué había pasado. Empecé a explicárselo. Entonces se me acercaron tres soldados, y uno de ellos me llevó la mano a la cara, como indicando que me estaba vigilando. Luego se fueron. Permanecí en el suelo entre diez y quince minutos. Luego, los soldados me llevaron de nuevo ante el agente de policía con el que estaba hablando, que cogió mi identificación y anotó mis datos”.
Sin embargo, en lugar de recibir una atención adecuada, Ballal fue detenido junto con otros dos vecinos del pueblo, Nasser Shreteh y Khaled Mohammad Shanran.
“Cuatro soldados me vendaron los ojos y me llevaron al jeep militar. Condujeron entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos, [antes de que] llegáramos al asentamiento de Kiryat Arba. Necesitaba un médico. Tenía la cara cubierta de sangre. Me sangraba la boca y apenas podía hablar. Seguí insistiendo en ver a un médico; rechazaron mis peticiones, y sentía que el dolor empeoraba cada vez más”.
Un agente de policía le llevó al baño, donde se lavó la cara e intentó enjuagarse la sangre de la boca. Sin embargo, al cabo de diez minutos, “los soldados vinieron de nuevo, me esposaron y me vendaron los ojos, me metieron en un jeep militar y me llevaron a una base militar”, explicó Ballal.
Tras dejarlo un rato sentado con las manos atadas y los ojos tapados, los soldados lo condujeron al interior de la base y le dijeron que iba a verle un médico militar. “Me preguntaron si me habían operado alguna vez o si tenía alguna enfermedad, ignorando por completo el ataque [de los colonos] y cómo me sentía en ese momento”, relató. “Uno de los médicos dijo: ‘Está herido, pero no necesitas nada, estás bien’, y eso fue todo”.
Durante el resto de la noche, le obligaron a permanecer sentado en una habitación fría con los ojos vendados y las manos esposadas.
“No podía ver [dónde estaba], pero hacía mucho, mucho frío, estaba bajo un aire acondicionado. Me impidieron moverme durante toda la noche”, dijo. “Cada vez que movía las piernas para intentar descansar, un soldado se me acercaba con un palo o algo en la mano y me golpeaba en la pierna”.
Cuando los soldados se dieron cuenta –quizá por haber leído las noticias de prensa cada vez más abundantes– de que Ballal es un director ganador de un Oscar, las cosas no hicieron más que empeorar. “Oí cómo cambiaban las voces de los soldados”, recuerda. “Siempre hablaban en hebreo, pero unas cuantas veces mencionaron ‘Hamdan el del Oscar’. No paraban de burlarse de mí, me pegaban, se reían y me ponían cosas en la cabeza”.
Tras muchas horas así, los soldados llevaron a Ballal –todavía esposado y con los ojos vendados–, junto con los otros dos palestinos detenidos con él en Susiya, a una comisaría de policía para interrogarlos. Fue entonces cuando Ballal se enteró de que el colono que le atacó había presentado una denuncia ante la policía en la que afirmaba falsamente que Hamdan le había atacado.
Tras ocho horas de espera en comisaría, Ballal fue finalmente puesto en libertad bajo fianza de 500 NIS (unos 135 dólares estadounidenses) y se le impuso la prohibición de acercarse a Shem Tov Lusky durante treinta días.
“Les dije a los policías: ‘¡Él me atacó! Yo no le ataqué. Yo no quería hablar con él’”.
Ballal fue atendido en el hospital por las contusiones que sufrió en el ataque y por deshidratación tras no haber sido alimentado ni haber recibido agua durante veinticuatro horas. Aunque no era ni mucho menos la primera agresión de este tipo en Susiya, Ballal tuvo la sensación de que se trataba de algo diferente a lo que había vivido anteriormente.
“Es la primera vez que sufro un ataque tan grave”, dijo, y añadió que tenía la sensación de que el objetivo era matarlo.
“Ahora creo firmemente que, tras el éxito de la película y el Oscar, nuestras vidas están seriamentre amenazadas”.
Basel Adra, codirector juanto a Ballal y procedente de la cercana aldea de A-Tuwani, que tradujo su testimonio del árabe al inglés para los periodistas presentes, hizo hincapié en la omnipresencia de este tipo de ataques en la región de Masafer Yatta y señaló que casi siempre van acompañados de “diversos niveles de apoyo del ejército de ocupación”. Y añadió: “Los soldados están allí para facilitar los ataques. Ha sido así durante años”.
En respuesta a las preguntas de +972, Shem Tov Lusky declaró que no golpeó a nadie: “Llegué con los soldados. Me dijeron: ven e identifica a los atacantes. Llegué a la entrada de la casa [de Ballal], me golpeó delante de los soldados. Me defendí, los soldados le inmovilizaron en el suelo y él empezó a montar un espectáculo. Nadie le atacó, ni yo ni los soldados”.
El ejército israelí no respondió a las preguntas de +972 sobre el trato que recibió Ballal bajo custodia.
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Este artículo se publicó originalmente en +972 Magazine.
Traducción de Paloma Farré para Ctxt.