Desde la vanguardia contra el VIH hasta la primera línea frente al dengue, la malaria, el cólera, el zika, la influenza H1N1 y la covid-19, pasando por la preparación de los médicos que enfrentaron el temible virus del Ébola en África, el Dr. Pérez Ávila ha dedicado cada día de su existencia a sanar, educar y salvar.
Dr. Lorenzo Jorge Pérez Ávila, eminente infectólogo cubano
Meri Parrado
Bienvenido a Uruguay, doctor. Para nosotros es un honor que nos acompañe y dedique unos minutos a nuestros lectores, especialmente a quienes aman a Cuba, su historia, y reconocen su solidaridad y sus aportes a la medicina internacional. En nombre de todos, nuestro profundo agradecimiento.
Muchas gracias. Agradecido estoy yo de que me hayan recibido aquí y me brinden esta oportunidad para hablar de mi país y de lo mucho que nosotros lo amamos.
Para poner en contexto a la audiencia, me gustaría repasar su trayectoria en el IPK. Remontémonos a principios de los años 80, cuando llega a sus manos el primer caso confirmado de una enfermedad de la que no se sabía nada y ni siquiera existía literatura médica. ¿Cómo recuerda ese momento específico?
Fue un paciente remitido a mi oficina desde otro hospital. Nos decían que tenía un cuadro extraño y no sabían cómo clasificarlo. Como nosotros atendíamos las enfermedades infecciosas —fueran conocidas o no, desde malaria hasta fiebres de origen incierto—, nos lo enviaron.
El paciente presentaba anemia, plaquetopenia (plaquetas bajas) y leucopenia (glóbulos blancos bajos). Eso podía responder a un problema medular o a otra causa; pero para entender el contexto de ese momento, hay que ir un poco más atrás.
En 1983, el comandante en jefe Fidel Castro visitó el Instituto de Medicina Tropical por primera vez en sus sedes intermedias de Siboney —entre ellas, una casa muy bonita que había sido propiedad de Bacardí y donde funcionaba la dirección del instituto—. En aquel momento, el director era el profesor Gustavo Kourí, un destacado microbiólogo y virólogo. Durante el recorrido, Kourí comenzó a exponerle la realidad de las enfermedades tropicales: «La malaria mata a más de un millón de niños al año en África», le explicaba, mientras le mencionaba la esquistosomiasis, la filariasis y otros padecimientos. De pronto, Fidel se reclinó en la silla y le preguntó: «Gustavo, ¿qué vas a hacer para que el sida no entre en Cuba?».
En 1983 apenas se conocía la enfermedad. En 1981 se habían detectado los primeros casos en San Francisco de lo que muchos llamaban «El síndrome de los homosexuales», porque afectaba principalmente a ese grupo, a hemofílicos y a usuarios de drogas inyectables. No se sabía si el agente causante era un virus, una bacteria o un hongo.
Gustavo le respondió: «Comandante, el sida es algo totalmente nuevo. No sabemos qué lo causa. Hay muy pocos casos en San Francisco y algunos en Europa». Pero Fidel le replicó: «No estoy de acuerdo contigo, Gustavo. El sida va a ser la enfermedad de este siglo y, por lo que he leído, el mundo no está preparado para recibirla. Desaparecerán pueblos enteros por no saber cómo enfrentarla. Tu responsabilidad, y la del Instituto de Medicina Tropical, es evitar que se convierta en un problema de salud en Cuba».
En aquel entonces yo acababa de entrar como médico al instituto y no tenía ningún cargo directivo, trabajaba en el Departamento de Medicina. Sin embargo, sentí la enorme responsabilidad clínica que recaía sobre nosotros, los médicos, pues no existían herramientas para combatir aquello.
Decidimos enviar un médico a París, al hospital La Pitié-Salpêtrière, para que trabajara junto a Luc Montagnier —quien descubrió el virus del sida— y con el Dr. Willy Rozenbaum, pionero en la atención de estos casos en Europa. Como no podíamos enviar personal a Estados Unidos, también mandamos a otro especialista a Brasil para que sumara experiencia sobre cómo se manifestaba la epidemia allá.
Cuba siempre ha tenido la costumbre de prepararse antes de que surjan los problemas. Por eso, además del entrenamiento clínico, enviamos a otro compañero a los laboratorios donde se evaluaban los primeros medios diagnósticos, ya que hasta ese momento el diagnóstico era puramente clínico.
Así se comenzó a trabajar. Para finales de 1985, cuando detectamos el primer caso en Cuba, un internacionalista procedente de la República de Mozambique llegó al instituto y fue remitido a mi oficina. Lo evaluó el profesor Juan Carlos Millán Marcelo —quien había estado en París— mientras yo no estaba. Al regresar, me dijo: «Mira lo que nos mandaron. ¿Qué te parece? ¿Se parece o no a lo que vimos allá?». Revisamos los síntomas y concluimos que era muy probable.
Un compañero de laboratorio había traído a Cuba un kit de diagnóstico experimental para probarlo. Le realizamos la prueba y dio positivo.
Frente a esa situación, nos preguntamos qué hacer. Lo primero era confirmar el resultado: una impresión clínica y un test preliminar no bastaban, así que repetimos la prueba. Luego entrevistamos al paciente, pero sin revelarle el diagnóstico, porque en aquel momento hablar de sida era equivalente a hablar de muerte. No sabíamos cómo iba a reaccionar. Por eso empezamos a indagar de forma indirecta sobre sus contactos, pero al principio no había por dónde entrarle. Cuando nos habló de su esposa, la llamamos de inmediato. En ese primer momento ella dio negativo.
Claro, por el periodo de ventana en el que el virus aún no se detecta en los análisis.
Exacto. Tiempo después ella también positivó.
Al profundizar en la entrevista, él nos contó que en Mozambique los atendía una mujer local que les lavaba la ropa, les cocinaba y con quien también tenía relaciones sexuales. Junto a él había unos seis cubanos más. Enviamos a un epidemiólogo a Mozambique y detectamos cuatro casos adicionales vinculados a esa misma persona.
Con esa información, el Dr. Millán y yo fuimos a ver a Gustavo Kourí. Él nos envió directamente con el viceministro de Salud Pública, el Dr. Terry, un excelente epidemiólogo y una persona muy hábil e inteligente. Le presentamos las evidencias y de inmediato se informó al ministro de Salud y a la dirección del país: el primer caso ya estaba confirmado.
Una vez confirmado este primer diagnóstico en un internacionalista procedente de África, ¿qué medidas operativas decidieron tomar?
Empezamos a hacerles pruebas a todos los que regresaban de misión. Sin embargo, con mucha visión, el Dr. Terry señaló que no bastaba con examinar a los que llegaban: debíamos ir hacia atrás, porque no sabíamos desde cuándo estaba circulando el virus.
Como en el Instituto de Medicina Tropical teníamos el registro de todas las personas que habían estado en África —ya que pasaban por allí para realizarse chequeos de malaria, sífilis, esquistosomiasis o filariasis—, comenzamos a citarlas retroactivamente.
Además, establecimos centros de control en la fuente: en Angola, Etiopía, Mozambique y Nicaragua. Se implementó un chequeo antes de que el personal embarcara hacia Cuba para saber de antemano si venían positivos, lo cual confirmábamos al llegar al país con pruebas adicionales.
A la par, comenzamos a rastrear a la amplia masa de reservistas militares que habían cumplido misión en África. Evaluamos a quienes ingresaron desde 1986 hacia atrás, primero hasta 1981, y al detectar casos en ese año, retrocedimos hasta 1975. Encontramos personas infectadas desde mediados de los 70 que, increíblemente, muchas aún siguen con vida.
Para atender a estos pacientes se instituyó el Sanatorio de Santiago de las Vegas. La razón principal era que no conocíamos la enfermedad y necesitábamos observar su evolución clínica, al tiempo que les garantizábamos una excelente alimentación y atención médica integral. Durante los primeros años casi no hubo complicaciones graves, pues eran cuadros en fases muy tempranas.
A propósito del Sanatorio de Santiago de las Vegas, ese sistema fue muy criticado internacionalmente y calificado como una forma de cuarentena forzosa. Como médico que vivió ese proceso desde adentro, ¿qué lectura hace hoy de ese momento histórico?
A mí me tocó la responsabilidad de asumir la dirección de ese sanatorio cuando llevaba cerca de un año funcionando. Recuerdo que, en una reunión previa, el viceministro hizo una broma y nos dijo: «Aquí somos como Jesucristo y los doce apóstoles: uno de ustedes me traicionará e irá a dirigir el sanatorio». Y empezó a mirarme fijamente.
Imagínate mi reacción, si yo mismo al principio tampoco entendía del todo el esquema de confinamiento. Salí corriendo a hablar con el profesor Kourí y le dije: «Mire, esto no me parece bien, no estoy convencido». Él me escuchó en silencio, pero la decisión ya estaba tomada.
Tras asumir la dirección, se me ocurrieron varias ideas. Una de ellas fue impulsar un lema: «Sea responsable con su salud y con la salud de los demás». Ser responsable con su propia salud significaba atenderse, cuidarse y cumplir con las indicaciones médicas.
Hasta el año 1996 no existió un tratamiento verdaderamente efectivo. Tuvimos la monoterapia con AZT y luego la biterapia con AZT y 3TC, pero no resolvían el problema de fondo. No fue sino hasta 1996 cuando surgieron los inhibidores de la proteasa.
Por eso, entre 1987 y 1991 —justo cuando me entregan la dirección del sanatorio un 7 de julio, el día de mi cumpleaños— empecé a revolucionar el funcionamiento interno y a transformar el trato con las personas.
La epidemia iba a crecer inevitablemente al no haber cura ni tratamiento definitivo. Además, sabíamos que muchas personas no se diagnosticaban porque no iban al médico o no se realizaban las pruebas. Ante esa realidad, el centro resultaba muy pequeño para albergar a todos los pacientes del país.
Creamos una comisión para evaluar y clasificar a los pacientes en función de si eran responsables con su salud y con la de los demás. Con la salud de los demás significaba no haber infectado a sus parejas, practicar el sexo seguro y actuar con responsabilidad ante sus familias e hijos.
En un principio, los pacientes salían de paseo acompañados por trabajadores de la salud o por los trabajadores sociales del sanatorio. Eso generaba fricciones porque salían con personas ajenas a su entorno. Entonces propuse un cambio: los garantes debían ser sus propios familiares —sus padres, sus madres, sus hermanos o sus parejas—, lo cual generaba mucha más confianza.
Por otra parte, me conmovía profundamente ver a los familiares ancianos viajar desde el extremo oriental del país para visitar a los pacientes.
Sabía que la distancia era un problema humano y logístico grave. Planteé entonces la necesidad de descentralizar la atención y crear un sanatorio en cada provincia.
Salud Pública me encomendó la tarea de recorrer el país para seleccionar las instalaciones. Una vez elegidas, se nombraba un director local que venía a Santiago de las Vegas a entrenarse en el manejo de la enfermedad. Aunque no teníamos una terapia curativa, utilizábamos tratamientos paliativos como el interferón, el factor de transferencia, la monoterapia y la biterapia. El último sanatorio en inaugurarse fue el de Camagüey, en 1992. Establecimos un proceso gradual y voluntario, mediante reuniones donde se les explicaba la reorganización. El que no deseaba trasladarse en ese momento, se quedaba hasta que se sintiera preparado.
Hubo una gran campaña de concientización, llevamos por primera vez a personas con VIH a la televisión, algo que entonces era un gran tabú porque casi nadie quería revelar su diagnóstico. Sin embargo, hubo voluntarios valientes que dijeron: «Yo me presto para esto». Eso ayudó muchísimo a humanizar y comprender la enfermedad.
Además, en el sanatorio creamos los «Grupos GPSIDA», integrados por profesionales y por personas con VIH, tanto de la salud como de otros sectores. Ellos iban a escuelas y centros de trabajo a impartir charlas de prevención. Al ser una infección asintomática en sus primeras etapas, mucha gente se negaba a hacerse el examen serológico. Por eso la labor educativa era indispensable, tal como lo es hoy, con la ventaja de que actualmente sí existe un tratamiento eficaz.
Todo este proceso de preparación y educación se consolidó en los sanatorios hasta que, finalmente, planteé la idea de que ya no había necesidad de que los pacientes vivieran encerrados.
Discutir el fin del confinamiento obligatorio en la comisión nacional no fue nada fácil. Había opiniones muy encontradas. Y ahí estaba yo, que quizás no tenía el mayor peso político, pero sí una lengua larga para defender mis argumentos. Aun así, la idea no prosperaba.
Entonces se me ocurrió escribirle una carta de una sola cuartilla al comandante Fidel Castro. Sabía que con tantos problemas de Estado no le podía enviar un texto extenso. Le expuse sintéticamente mis fundamentos. En menos de 48 horas, su secretario personal se presentó en mi oficina para decirme que la propuesta le había parecido excelente al comandante y que debía implementarse de inmediato.
Cuando salí a la radio y a la televisión a anunciarlo, muchos me llamaron loco. Argumentaban cómo íbamos a «soltar a esa gente a la calle». Pero otros lo celebraron, porque comprendían que se trataba de seres humanos. Yo siempre respondía: «Si usted tuviera un hijo en esta condición, no pensaría así».
Fueron años muy duros. Hacia 1996 ocurrió un episodio clave con la llegada de los inhibidores de la proteasa, que reducían la carga viral a niveles indetectables. Parecía algo mágico.
En ese momento, una farmacéutica estadounidense interesada en ensayar estos fármacos contactó con Cuba. Me designaron para mostrarles nuestras instalaciones y proponer un protocolo conjunto en pacientes del sanatorio. Ellos aportarían la medicación y nosotros el seguimiento clínico. Sin embargo, al regresar a Estados Unidos, la compañía fue multada con 100.000 dólares por «contactar con el enemigo». Ahí se cortó todo.
El tratamiento costaba unos 23.000 dólares por paciente al año, una cifra inaccesible para Cuba. Tras asistir a la Conferencia Internacional sobre el Sida en Vancouver y ver los resultados de esos medicamentos, saqué cuentas para calcular el costo de tratar a nuestros pacientes. La cifra total era de millones de dólares.
Al ver que no podíamos pagar tanto, pensé en priorizar únicamente a los siete niños infectados que teníamos en el país y a sus padres —21 personas en total—. Le envié una propuesta en una cuartilla al comandante. A las 72 horas, me visitó su secretario personal, el Dr. José Miyar Barrueco (Chomy), un excelente médico y amigo. Me dijo: «El comandante quiere comprar los medicamentos y le parece una idea noble, pero considera que no es justa». No entendí a qué se refería con que «no era justa».
Esa misma noche me citaron al Consejo de Estado. Fidel me hizo innumerables preguntas sobre el mecanismo de acción del fármaco y la selección de los pacientes. Luego me dijo: «No es justo, Jorge. Tú te imaginas el problema que vas a crear al tratar solo a un grupo reducido. Los demás también tienen derecho. La solución no puede ser para unos pocos; tiene que ser para todos. Si tratas solo a los niños, el resto de los pacientes te van a linchar, y con razón. Hay que buscar una solución global».
Le respondí que eso costaría una fortuna. Él me contestó: «Sí, pero te voy a poner al frente de la comisión que buscará la solución definitiva. Tú me responderás a mí; el problema ahora es tuyo».
Nos reunimos con la industria farmacéutica, el Polo Científico y las universidades. La estrategia fue clara: adquirir la materia prima e iniciar la fabricación nacional de los antivirales genéricos, aprovechando que Cuba ya producía el 80 % de sus medicamentos.
Nos tomó cerca de un año realizar los estudios de farmacocinética y bioequivalencia en voluntarios para demostrar que nuestras formulaciones tenían la misma eficacia y efectos secundarios que los fármacos de marca.
Comenzamos la producción de forma modesta entre 1999 y el año 2000. Lo primero que logramos fue frenar la mortalidad. Los pacientes salían de las infecciones oportunistas, recuperaban el peso y el apetito; volvían a nacer. Pasamos de una etapa donde el diagnóstico era una sentencia de muerte, a una era donde el VIH se convirtió en una condición tratable y controlable.
Iniciamos la producción propia de nuestros medicamentos y, hacia el año 2003, comenzó el financiamiento del Fondo Mundial de la lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria. Presentamos proyectos para el diagnóstico y tratamiento, y empezamos a recibir fondos.
Sin embargo, algo que nunca pudimos resolver de forma directa fueron los medicamentos infantiles producidos en Estados Unidos. Como no había alternativa genérica para los niños, era obligatorio comprarlos allí, pero las farmacéuticas se negaban a vendérselos a Cuba. Había que recurrir a terceros países.
Un ejemplo hipotético, un fármaco que costaba 10 dólares en el mercado internacional a nosotros nos costaba 60, es decir, seis veces más. Eso provocaba que el presupuesto se agotara rápidamente. Por suerte, el Fondo Mundial comprendió la situación y ayudó a canalizar esos medicamentos. Así fue como la mortalidad y las complicaciones comenzaron a descender drásticamente.
Doctor, ¿qué reto implica dirigir una institución de referencia internacional como el IPK bajo las severas restricciones del bloqueo estadounidense sobre insumos, reactivos y tecnología médica?
Asumí formalmente la dirección del instituto en 2011, aunque desde los años 2000 ya me correspondía dirigirlo de manera interina por problemas de salud del profesor Gustavo Kourí.
Gustavo había sufrido dos edemas pulmonares y me pidió que asumiera. Él había sido mi profesor en los primeros años de la carrera y fue quien me estimuló a realizar mi maestría en la Universidad McGill, en Montreal, Canadá, entre 1974 y 1978. Cuando acepté dirigir el IPK les puse una sola condición a él y al ministro: no podía abandonar la atención clínica ni a mis pacientes. Así que, siendo director, continuaba pasando visita, haciendo consultas y cumpliendo guardias médicas.
El bloqueo nos obligaba a buscar alternativas constantes para adquirir reactivos e insumos básicos. Muchas veces nos acercábamos a stands de compañías estadounidenses en congresos internacionales y nos decían francamente: «No puedo venderte nada ni puedo darte información técnica porque la ley me lo prohíbe».
Teníamos que triangular compras a través de empresas europeas pequeñas pero con estándares de calidad, de modo que los reactivos pudieran llegar al país para no paralizar las investigaciones. Con los medicamentos infantiles, sin embargo, la negativa fue absoluta durante años.
Pasando a otro tema de relevancia internacional, Cuba es reconocida por su cooperación médica en situaciones de emergencia. Durante la epidemia de ébola en África occidental, el país envió brigadas especializadas. ¿Qué rol desempeñó usted en la preparación de esos médicos y qué le enseñó esa experiencia?
Formé parte de la comisión creada por el ministro de Salud Pública para estructurar la respuesta de Cuba ante la solicitud de la Organización Mundial de la Salud.
Lo primero que establecimos fue que la participación de nuestros médicos sería estrictamente voluntaria y que Cuba no cobraría un solo dólar por esos servicios. Cada profesional recibiría su salario y estipendio completo, sin retenciones del Estado.
En el IPK propuse crear un centro de entrenamiento a escala real para simular exactamente las condiciones de trabajo en África: rutas de entrada, protocolos de vestimenta y desvestido, y manejo de áreas de riesgo. Se construyó una instalación donde los médicos practicaban desde la recepción y clasificación de pacientes, hasta las áreas de aislamiento, manejo de desechos y la zona de fallecidos, pues se trataba de un virus con altísima letalidad.
Cuando la OMS envió expertos a evaluar el entrenamiento —entre ellos un especialista brasileño—, al principio nos decían que el ébola era letal, que no tenía tratamiento y que los pacientes prácticamente no debían tocarse porque de todas formas iban a morir. Sin embargo, logramos demostrar que con la preparación adecuada y las medidas de bioseguridad estrictas se podía brindar una atención médica con sentido humano y salvar vidas.
Frente a esa postura de no tocar a los enfermos, la filosofía de la medicina cubana fue rotunda: no podíamos aceptar ese enfoque. Los pocos que se salvaban en países desarrollados lo lograban porque los hidrataban, los reponían con soluciones y los atendían de forma intensiva. Nosotros teníamos que hacer exactamente lo mismo.
Les inculcamos a nuestros médicos que lo primero era cumplir estrictamente la bioseguridad para no contagiarse, pero que había que tocar, atender y sostener al paciente si queríamos salvarle la vida.
Nuestras brigadas comenzaron a aplicar esa atención médica estrecha y la mortalidad en sus centros cayó notablemente. La gente en las comunidades pedía ser trasladada a los hospitales atendidos por los cubanos. Fue una labor titánica de profesionales que vencieron el miedo.
Otro factor clave fue la educación comunitaria. El contagio masivo ocurría porque, al fallecer una persona, los familiares la desenterraban para lavarla y realizar sus rituales funerarios. Nosotros nos enfocamos en enseñar de forma masiva cómo prevenir la transmisión respetando la dignidad humana.
Además, en Cuba se creó un centro en la provincia de Matanzas, adscrito al IPK, para recibir a los colaboradores a su regreso. Allí se cumplía la cuarentena y se realizaba la verificación médica para descartar cualquier contagio antes de su reincorporación. Todo concluyó con un éxito rotundo.
En esa misión se produjo un hecho que conmovió a Cuba y al mundo: el contagio del Dr. Félix Báez. ¿Cómo vivió usted esa emergencia desde el punto de vista médico y humano?
Félix Báez se infectó al asistir a una niña en estado crítico. En los primeros días, conmovido por la gravedad de la pequeña, la tomó en brazos y se le abrió la protección; desgraciadamente se rompió el protocolo y se contagió.
Yo integraba la comisión nacional que evaluaba todos los casos clínicos y diseñaba los protocolos de entrenamiento. Cuando Félix enfermó, se decidió trasladarlo de Sierra Leona al Hospital Universitario de Ginebra, en Suiza. Yo viajé allá para atenderlo directamente y permanecí a su lado durante 17 días.
Llegó a Ginebra muy desorientado, con fiebre alta, rubicundez extrema y los ojos inyectados en sangre. Iniciamos de inmediato una terapia intensiva con hidratación profunda y antivirales como el Favipiravir.
A los cuatro días comenzó a dar señales de mejoría. De pronto se me quedó mirando y me dijo: «Profesor, ¿usted está aquí? Yo me voy a curar y voy a regresar a Sierra Leona a terminar la misión con los muchachos».
Al escucharlo se me aguaron los ojos. Aquel hombre aún no era del todo consciente de que había estado al borde de la muerte y su primer pensamiento era volver al frente. Enseguida llamé al ministro para informarle sobre su evolución. El embajador me vio emocionado y me preguntó qué me pasaba; le respondí que no podía evitar la conmoción ante una muestra tan grande de entrega y sensibilidad humana.
Años después, durante la pandemia de covid-19, Cuba desarrolló sus propias vacunas: Abdala y Soberana. ¿Qué rol desempeñó el IPK en ese hito y qué significó para el país?
El Instituto de Medicina Tropical es la entidad nacional encargada de estudiar, evaluar y certificar la eficacia de las vacunas contra agentes infecciosos. Nuestros investigadores monitorearon minuciosamente cada fase del proceso de ensayo clínico.
Destaco el liderazgo de investigadoras de primer nivel del IPK como la Dra. Sonia Resik, encargada de la evaluación biotecnológica, y la Dra. María Eugenia Toledo, quien dirigió con brillantez la fase de ensayos clínicos en el terreno.
Fue un trabajo multidisciplinario extraordinario que garantizó la autosuficiencia científica y sanitaria de Cuba en el momento más crítico.
Para concluir esta conversación, Dr. Pérez, ¿qué mensaje le transmite hoy al joven médico cubano en medio del contexto tan complejo que vive el país?
Atravesamos un momento sumamente difícil. Enfrentamos un éxodo masivo de profesionales de la salud y de otros sectores.
Muchos jóvenes no ven un futuro claro debido a los apagones, la escasez de combustible y la falta de recursos básicos. Para un médico es profundamente doloroso estar frente a un paciente y no disponer de los insumos o medicamentos necesarios para tratarlo, y por eso muchos toman la dura decisión de emigrar.
Nosotros conversamos mucho con ellos. Tratamos de hacerles ver que abandonar el país no siempre es la solución, aunque comprendemos perfectamente su frustración: se han formado durante años con dedicación y, de pronto, se encuentran en un escenario desprovisto de todo y se asustan.
Buscamos que entiendan la trascendencia de la salud para un pueblo y la importancia de quedarse a defender la vida frente a las enfermedades. En algunos casos logramos convencerlos; en otros no, porque la labor persuasiva de un centro o de un profesor tiene sus límites frente a la realidad cotidiana. Aun así, hemos conseguido preservar una masa de jóvenes comprometidos y dispuestos a trabajar.
Para un médico representa un dilema ético desgarrador atender a un paciente que requiere una cirugía urgente y no contar con los insumos para operarlo, o saber exactamente qué antibiótico necesita y no disponer de él. Tener que decirle al familiar que debe salir a buscar el medicamento por sus propios medios es una carga muy pesada sobre la conciencia.
Frente a esa impotencia, siempre les enseñamos que hay que resistir, asumir la responsabilidad profesional y actuar con empatía y creatividad. Siempre hay una alternativa médica; a veces está en el último escalón terapéutico, pero está ahí y hay que salir a buscarla para salvar al paciente.