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Política Bottinelli | gobierno | Yamandú Orsi

Análisis

Eduardo Bottinelli: "El Gobierno está tomando previsiones para negociar el Presupuesto"

El sociólogo Eduardo Bottinelli evaluó los primeros meses del gobierno, el rechazo al diálogo social de blancos y colorados y la disputa en filas del Partido Nacional.

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Caras y Caretas Diario

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A poco más de cuatro meses de iniciado el gobierno de Yamandú Orsi, el escenario político se mueve entre la cautela oficialista, la fragmentación parlamentaria y las primeras tensiones con la oposición. En este contexto, el sociólogo Eduardo Bottinelli dialogó con Caras y Caretas sobre el accionar del nuevo Gobierno, el impacto de no contar con mayorías propias, la negativa del Partido Nacional y el Partido Colorado a participar del diálogo social convocado por el Ejecutivo y los conflictos internos que atraviesan a los blancos tras la decisión del presidente del Partido Nacional, Álvaro Delgado, de no renunciar a su banca en el Senado.

¿Cómo evalúa estos primeros meses de gobierno?

Hay que tener en cuenta algunas consideraciones. Uno de los tantos problemas que tiene el sistema electoral uruguayo es que, a los 70 días de asumido un nuevo gobierno, hay elecciones departamentales y municipales. Eso acorta o modifica el arranque de una administración, porque si un gobierno asume y enseguida entra en una campaña electoral, no está completamente libre para comenzar a ejecutar su programa. Este es un tema de fondo, vinculado al diseño del calendario electoral.

Lo segundo es cuándo empieza efectivamente el gobierno. El actual ha tenido un comienzo que seguramente no ha conformado a la parte de su electorado más proclive a los cambios. Claramente, las modificaciones implementadas hasta ahora no son sustantivas ni en cantidad ni en calidad. Es decir, no hay grandes cambios ni en el país ni en la política, ni en las decisiones centrales. De hecho, la lógica de la campaña fue precisamente no promover grandes transformaciones. Uno de sus eslóganes era “la revolución de las pequeñas cosas”, lo cual apuntaba más a lo micro que a lo estructural.

El gobierno arranca entonces de forma más lenta y sin grandes transformaciones, pero también en un contexto inédito —al menos para el Frente Amplio—: no tener mayoría en Diputados y tener que negociar. Lo logró con éxito en la Rendición de Cuentas, pero ahora enfrenta una jugada más importante, como lo es la aprobación del Presupuesto. Probablemente eso esté condicionando algunas acciones del gobierno, que busca no generar conflictos con la oposición, especialmente con Cabildo Abierto, pero también con otros partidos, para garantizar un mejor clima de negociación.

Creo que el gobierno arranca a paso tranquilo y sin generar grandes olas por varias razones. Una es que no estaba en la agenda un cambio radical, como lo fue en 2005 o 2020. En 2005, por ejemplo, se aplicó un plan de emergencia, se tomaron decisiones de cambio desde el MIDES, y luego vino la reforma tributaria. La de salud demoró tres años desde que asumió el Gobierno; el Plan Ceibal arrancó en 2006 o 2007. Más allá de su implementación paulatina, hubo señales claras de hacia dónde se iba. En 2020, más allá de la pandemia, hubo líneas trazadas desde el inicio con la Ley de Urgente Consideración.

En este caso, el gobierno no va por ese camino y, además, está tomando previsiones para negociar el Presupuesto, que es donde se juega gran parte de su gestión.

Por estos días el tema del diálogo social convocado por el Gobierno ha generado polémica entre los partidos. ¿Qué lectura hace de la decisión del Partido Nacional y el Partido Colorado de no participar en esta instancia?

Hay cuestiones que tienen que ver con las lógicas que han predominado históricamente —o al menos en el último tiempo— respecto a cómo se entienden algunas discusiones, tanto en los diálogos sociales como en los políticos. Ahí creo que hay una diferencia importante.

En los últimos años no siempre fue así, porque, por ejemplo, el Partido Colorado —en su tradición batllista— tiene un historial mucho más proclive a la incorporación de otros colectivos: la participación docente, las integraciones tripartitas, la conducción del BPS, el Instituto de Colonización con representantes de organizaciones sociales. Todo eso fue impulsado por el Partido Colorado, es decir, una política con las organizaciones actuando conjuntamente.

En el caso del Partido Nacional, la corriente wilsonista tenía esa mirada, pero otras visiones dentro del partido han ido mutando. Hoy, claramente no es el wilsonismo lo que predomina. Se tiene una concepción distinta sobre este tipo de decisiones, que pasan más por la discusión política. De hecho, Pedro Bordaberry hizo una mención en ese sentido, diferenciándose un poco de la resolución del Partido Colorado, pero remarcando que la discusión es política.

Creo que se superponen varios elementos. Por un lado, tanto el Partido Nacional como el Partido Colorado sienten que el diálogo social cuestiona, directa o indirectamente, la reforma jubilatoria del gobierno anterior. Más allá de que la convocatoria sea más amplia, hay una crítica implícita o explícita a esa reforma.

Por otro lado, hay tensiones sobre el lugar que ocupan los partidos en ese diálogo, en términos de cantidad y calidad de su representación. Por ejemplo, el Frente Amplio tenía solo tres representantes, y luego había uno del Partido Nacional, uno del Partido Independiente, uno de Cabildo Abierto y uno de Identidad Soberana. El Frente quedaba en minoría, pero en realidad del Gobierno hay seis, entonces el oficialismo sumaba 9 representantes contra cinco, suponiendo la participación de todos. A eso se sumaban los representantes sociales.

La forma en que se conformó la convocatoria generó resistencia en el Partido Colorado primero y luego en el Partido Nacional. Quizás también faltó una negociación previa entre los partidos para acordar mínimamente la integración.

El dirigente sindical Sergio Sommaruga cuestionó que los partidos de derecha están anteponiendo la elección de 2030 a una agenda de temas importantes para el país. ¿Comparte esa visión?

Creo que el vínculo entre el Gobierno y la oposición, en los últimos 10 o 15 años, ha sido muy cortoplacista, en el sentido de tomar decisiones en función de la próxima elección. El Partido Nacional lo dijo con todas las letras en su convención: su meta está en 2029. Creo que sí hay un componente electoralista permanente, pero no se lo puede achacar únicamente al Partido Nacional o al Partido Colorado. Ya sucedió en el período pasado, en parte con el Frente Amplio como oposición, y antes con el Partido Nacional. No es algo novedoso. Lo que sí llama la atención es que, quizás, no sea el momento. Antes, el posicionamiento electoralista se daba más hacia el tercer año de gobierno; ahora parece demasiado temprano.

¿Qué impacto puede tener en la ciudadanía que no se discutan los temas más profundos y se piense solo en lo electoral?

No lo tengo claro. Tiendo a pensar que hay mucha gente que ni se entera, que observa la política desde muy lejos. No necesariamente genera un impacto directo en la población, aunque sí tiene consecuencias desde el punto de vista político.

¿Cree que este tipo de convocatorias puede incidir en la construcción de políticas públicas o tiene un valor más bien simbólico?

En el último tiempo, estas instancias no han logrado grandes consensos. Más bien, ocurrió lo contrario: algunos actores decidieron no participar o se retiraron. Pasó con el Frente Amplio en la reforma militar o en la mesa de seguridad ciudadana. La comisión de expertos tenía otro perfil, menos político y más técnico. Y aunque la reforma de la seguridad social tomó insumos de esa comisión, no los adoptó todos, y algunos eran incluso contradictorios entre sí.

¿Cómo evalúa la interna del Partido Nacional respecto a las posturas controversiales en torno a la decisión de Álvaro Delgado de no querer renunciar al Senado, por lo que ha recibido críticas de referentes de la coalición? ¿Qué lectura hace de esta situación?

Creo que el partido no está manejando bien su interna. No es fácil, y tampoco es algo novedoso. Hay distintas cuestiones: una es cómo fue el proceso de la campaña electoral, otra cómo se está dando ahora la convención y la elección del Directorio, y otra es la decisión de Delgado de no renunciar.

En cuanto a la disputa interna de poder, su resolución pasa por la elección del Directorio. El presidente electo ya asume con cierto grado de debilidad: su sector logró cinco cargos. La alianza con D Centro le da siete, pero el Directorio tiene quince integrantes, por lo que ni siquiera esa alianza tiene mayoría. Necesita buscarla con otros, y eso lo debilita.

Otro punto es el grado de formalidad de la resolución partidaria sobre la dedicación exclusiva a la presidencia del Directorio y su incompatibilidad con ejercer el rol de senador. Ese es un tema que el Partido Nacional debe resolver.

Y el tercero es: ¿qué hay detrás de la decisión de Delgado de mantener su banca? ¿Existió un acuerdo previo? Delgado ya había renunciado a su banca en el período pasado, cuando asumió como secretario de Presidencia. Puede haber una cuestión de peso político en renunciar por segunda vez porque en definitiva “la gente me votó”.

Además, si bien la presidencia del Directorio se extiende hasta el final del período, podría haber un motivo —o él mismo podría tener la intención— de dejar ese cargo, volver al Senado y no perder esa posibilidad.

También hay una disputa interna dentro de Aire Fresco. Si Delgado se retira del Senado y queda solo como presidente del Partido Nacional, su influencia dependerá del rol que se le otorgue al Directorio porque existe una gran duda de si va a ser un lugar de decisión política o solo una cuestión más administrativa y organizativa. No es lo mismo un Directorio que toma decisiones políticas y, de alguna forma, mandata a las bancadas, a que la decisión se tome en la bancada y el directorio solamente ratifique o haga cuestiones organizativas o conmemorativas, como el aniversario de tal cosa u organizar a los grupos políticos.

Otro argumento que podría considerarse es el de los fueros parlamentarios: ¿por qué perderlos si no hay ninguna razón para hacerlo? En el período anterior renunció para ocupar un cargo de gobierno. Esta vez no es el caso.

En cualquier caso, la discusión está siendo bastante desprolija y la figura de Delgado cuestionada dentro de su propio partido y de su propio sector. Dependerá de cómo se resuelva para ver cómo se reposiciona en el rol que termine asumiendo.